El esplendor de la seda

Fotografía del Museo Ruso de Etnografía de San Petersburgo.

Fotografía del Museo Ruso de Etnografía de San Petersburgo.

La industria sedera fue la más importante de Valencia entre los siglos XIV y XVIII. Unos 25.000 trabajadores y 3.000 telares estaban empleados en el comercio de la seda durante la segunda mitad del XVIII. La Llotja de la Seda (la Lonja de la Seda), uno de los edificios más nobles de Valencia, es hoy testimonio de este esplendor pasado. Qué mejor lugar, pues, que la capital del Turia para alojar la exposición “La Gran Ruta de la Seda. Cáucaso y Asia Central”, que puede visitarse hasta el 13 de mayo en el Museo Valenciano de Etnología.

La muestra se presenta en forma de epílogo del Año Dual España Rusia 2011, gracias a la colaboración del museo valenciano y el Museo Ruso de Etnografía de San Petersburgo, que ha cedido para la ocasión más de 400 piezas entre telares, tejidos, indumentaria de seda y diversos utensilios y ornamentos utilizados por los pueblos del Cáucaso y Asia Central, así como numerosas fotografías.

El material sirve para ilustrar la importancia de esta ruta que unió la China con Europa Occidental (con Valencia como un puerto clave) desde el siglo II antes de Cristo hasta el siglo XVI. Se trata de la primera globalización de la historia, defienden los organizadores de la exposición, puesto que, además de seda y otros productos, por esta ruta también circularon y se intercambiaron ideas filosóficas y religiosas, cultura y tecnología.

Pero la Ruta de la Seda fue sobre todo una vía de desarrollo para los pueblos y ciudades por donde pasaba. Aparecieron los mercados y, a su alrededor, todo tipo de productos, servicios y personajes como juglares, curanderos, actores o músicos. Cuando la ruta se adentraba por las montañas, los desiertos y las estepas, las tribus nómadas eran las encargadas de ofrecer guías, alojamiento o alimentos.

A través de los siglos, se consolidaron los itinerarios y mejoraron las condiciones de los lugares de paso de las míticas caravanas de camellos –aunque también había caballos o bueyes tirando carros- cargados con telas finísimas, piedras preciosas, artículos de lujo y especias, que forman parte del imaginario colectivo.

Abre la exposición una Yurta, la tradicional vivienda nómada hecha con una estructura plegable  recubierta con telas, que se heredaba de padres a hijos y que da una idea de la dureza de este tipo de vida. Unos pocos metros más allá, el visitante también puede contemplar una casa azerí, propia de un pueblo ya sedentario, hecha de arcilla o piedra y adornada con cortinas –de seda, claro- y alfombras.

Entre las piezas expuestas, cabe señalar la belleza de los diferentes tejidos y especialmente la indumentaria propia de uzbecos, turcomanos, kirguises o tayicos, acompañada de todo tipo de ornamentación. También se explica a través de fotografías y paneles la simbología de los tejidos en el ritual de las bodas -por ejemplo, la tela con que tayicos y uzbecos cubrían el lecho nupcial para apelar a la fertilidad-, entre las elites del poder o en el culto al Islam, donde la alfombra tiene un papel altamente simbólico.

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