Abril es el mes más cruel

Las películas de este director georgiano residente en Francia son alegorías que plantean dilemas actuales. La obra “Abril”, rodada en 1962, y rechazada por las autoridades soviéticas es una historia de amor y valores sociales.

El primer trabajo reseñable del director georgiano Otar Ioseliani fue el cortometraje  “Abril”, en 1962. Posteriormente emigró a Francia, donde filmó películas  como Adieu, plancher des vaches!, Lundi matin o Jardins en automne.  Ya desde la  primera obra se revelaron casi todos los problemas que seguirían atormentando al director durante toda su carrera: la oposición entre las emociones y el mundo de la codicia, la vida perdida en la vana agitación, los hombres huecos y la tierra baldía -sí, casi como los leitmotivs de T. S. Eliot,- historias de personas que se escapan de la cotidianidad asfixiante y mecanizada. Todos estos temas se reflejan de una forma metafórica, lo que producía el virulento rechazo de la autoridades soviéticas y condenaba a muchas de las cintas de Ioseliani, rodadas en Georgia, a yacer en una polvorienta estantería sin que nadie las viera.

Ioseliani rodó “Abril” como un trabajo de diploma, pero a pesar de que el tema fuera admitido (fácilmente se podía considerar como una lucha contra el materialismo), el film provocó el descontento de los dirigentes de la Universidad Panrusa Gerásimov de Cinematografía (VGIK) por su simbolismo abstracto. La obra no fue aceptada y el director se negó a rehacer su trabajo de diploma, dejando así la universidad.


A partir de ese momento, Otar Ioseliani se volvió en uno de los pocos autores con un tema propio bien perfilado. Esto era la oposición entre una cultura antigua y “reposada” como el buen vino georgiano, ante una nueva cultura “rápida”. La primera se basa en las relaciones cordiales y en las tradiciones establecidas durante siglos, mientras que la segunda se refleja en la reglamentación concreta de la actividad humana, orientada a la comodidad y al beneficio material. Ioseliani resuelve el conflicto a favor de la antigua. Sus rodajes adquieren unos matices característicos de nostálgica tristeza mezclada con una profunda ironía. Debido a este hecho, el director denominaba a sus propias películas “comedias dramáticas o más bien dramas cómicos, si se puede llamar así”.
El conflicto se manifestó por primera vez en un documental rodado durante los años en la VGIK, titulado “Saponareli”, en 1959. El film está dedicado a la labor de las personas que hacen herbarios, aunque formalmente trasciende este hecho y muestra la oposición entre las flores vivas, asociadas a los cantos tradicionales georgianos, y las   geométricas plantas secas, vinculadas a la música clásica europea, duramente estructurada. Los elementos de este conflicto también están presentes en “Abril”.   


Esta película cuenta una historia de lo difícil que es mantener el amor por encima de los “valores sociales” impuestos. Se trata de un film-pantomima, casi mudo, y las palabras que se pronuncian al final no tienen ni siquiera que ser traducidas. La historia se cuenta a través de los movimientos de los personajes, su mímica y gestos, así como   mediante en la música y los ruidos. Es importante mencionar que después de esta cinta el trabajo del cámara nunca tuvo un papel determinante en las películas de Ioseliani, hechas en un estilo semidocumental. También, de una película a otra, sigue incrementando la atención prestada a los efectos sonoros y musicales. En relación al lenguaje, tiene más sentido cómo suenan las palabras y no lo que significan.
La falta de comunicación, así como el rechazo de los conflictos directos entre los personajes y una gran atención al papel de los “objetos”, que en una película corriente juegan un papel de fondo, son características del cine del georgiano. En todo ello se aprecia una cierta influencia de Michelangelo Antonioni. Al igual que en las películas del director italiano, en las de Ioseliani parece natural que la historia contada se convierta para los personajes –inconscientemente – en una evasión de la realidad que les rodea y en una huida hacia un mundo donde los colores pertenecen a la naturaleza  y los mismos árboles y cerros adoptan una forma humana.


Como en un cuento, al principio de “Abril” sólo hay dos personajes. Están enamorados, pasean por las calles de su ciudad, disfrutan de la luz del día, pero bajo los sonidos algo poco tristes de la flauta georgiana ( parecido al “duduk” armenio). Tienen “su árbol”, al que se retiran, escapando de las multitudes y de los ojos de los curiosos. La pareja se muda a un nuevo edificio, guardando en la memoria su antigua casa de madera, que será demolida. En su nuevo apartamento todo funciona gracias a las expresiones de  amor: tras un beso, se enciende la luz; tras otro, sale agua del grifo. Sin embargo, entra un hombre en el hogar y su tirante paso se escucha desde lejos. Entonces, nos empieza a parecer que la memoria también desaparecerá bajo las grúas de demolición y que el paso del tiempo disipará las relaciones humanas.  


Según explicó en una entrevista Otar Ioseliani, sus películas son “originales alegorías, a las que se tiene que dejar crecer la 'carne', para que parezcan de verdad. Tanto los movimientos, como los modos de actuar tienen que parecer normales, aunque a mí lo que más me gusta es patinar por la superficie”, resumió. “No se puede enseñar nada a nadie a través del cine. Sólo se puede animar a alguien que piensa como tú.  Para que se sienta menos solitario. Cuando él piensa así, tú empiezas a sentir que no has trabajado en vano”, confesó el director.

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