La guardia de Lenin

Recuerdo que en la guardería, con cinco años, el día del cumpleaños de Lenin nos hacían recitar versos y cantar canciones dedicadas al líder de todos los trabajadores. Mis padres tenían que pedir horas libres en el trabajo para honrar con su presencia esta “fiesta matinal”. Yo estaba de pie debajo del retrato de aquel señor calvo y sonriente, con cara de bueno, y cantaba con todos alguna canción patriótica. Me sentía muy orgulloso de él, de mí y de nuestra patria soviética. Los niños rusos de ahora no se imaginan quién era “el abuelo Lenin”, ni se dan cuenta de por qué hay tantas estatuas suyas por todo el país.

Sin contar a Jesucristo y a Buda, no hay en el planeta otra persona la cual se le hayan erigido tantos monumentos. Los adalides del proletariado fabricados en piedra, hormigón y bronce, llenaron medio mundo y su nombre es legión. ¡Incluso el ejército de terracota del emperador chino se retiraría aterrorizado si todas las estatuas de Lenin se reunieran en el mismo sitio! Es difícil calcular cuántas fueron producidas durante el siglo XX, pero los investigadores que estudian el tema consideran que hoy en día se conservan alrededor de 6.000 monumentos a Lenin. Hay uno incluso en la Antártida, en la estación científica “Polo de Inaccesibilidad”, actualmente en estado de conservación.

La mayoría de las esculturas apuntan con el dedo, y en direcciones muy diversas. Aquel gesto fue motivo de innumerables chistes en la URSS. A veces se veía que uno de los Lénines apuntaba con el dedo a la cárcel, en otros casos se decía que era un intento de enviar el pueblo al manicomio. También se observaba que uno de los monumentos apuntaba al otro como diciendo “ése es el culpable”. Algunos incluso llegaron a afirmar que existía un plan general, “el código Lenin”, según el cual todos los Lénines del país se apuntaban mutuamente con el dedo, formando una figura misteriosa.

Aparte del “Lenin que apunta con el dedo”, existen otras variantes. A veces el jefe de los bolcheviques se representa meditativo, con las manos metidas en los bolsillos, o caminando orgulloso hacia delante con su abrigo al viento cual capa de mosquetero, o bien sentado en un árbol talado y escribiendo algo con mucha concentración, o bien abrazando alegremente a unos niños. Habitualmente los escultores vestían a Lenin con un traje con chaqueta y chaleco y le hacían llevar en la mano una boina, porque el líder quería estar más cercano al pueblo trabajador, aunque se rumorea que mientras vivía en Europa prefería llevar un frac y sombrero de copa. En la URSS, Lenin se podía apoyar en el globo terrestre, en un obelisco egipcio, en una tuerca enorme, e incluso en un pila de libros de producción propia. A veces se le representaba dirigiéndose al pueblo desde la torre de un carro blindado. Es curioso que los políticos soviéticos que rechazaron los ideales comunistas y optaron por la desintegración de la URSS copiasen a Lenin, consciente o inconscientemente. El primer presidente ruso, Borís Yeltsin, se dirigió al pueblo desde la torre de un tanque, mientras que el exalcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, no aparecía en público sin su sempiterna boina.

En la época soviética, las estatuas del gran revolucionario fueron uno de los medios más importantes de propaganda del régimen socialista. La gente quedó desprovista de su viejo Dios, las iglesias ortodoxas quedaron convertidas en almacenes y caballerizas, pero a cambio se les proporcionó un dios nuevo. Los monumentos al fundador del Estado Soviético siempre se erigían “a petición de los trabajadores” en los lugares en los que se llevaban a cabo concentraciones masivas:  plazas centrales, parques y jardines, fábricas e instituciones públicas. Los tiempos han cambiado, pero los monumentos no han desaparecido, y la mayoría de las fiestas y las manifestaciones se desarrollan en Rusia ante la astuta mirada de Lenin. A los pies del líder bolchevique se citan los enamorados, se colocan con sus carteles los partidarios de la liberación animal, los médicos y los maestros exigen una subida de sueldo, patinan los adolescentes y hacen caja los vendedores de helados y palomitas.

Sin embargo, las estatuas de Lenin no son un mero vestigio de la época soviética o parte de la herencia cultural de Rusia. Para muchas personas son el símbolo de la catástrofe social en la que se vio sumida el país, el símbolo de la revolución y de la guerra civil que se llevaron por delante la vida de millones de rusos. Los demócratas pro occidentales exigen que se destruyan estos monumentos para borrar las huellas del período soviético de la historia de Rusia, como si de algo vergonzoso se tratara y, simultáneamente, para debilitar la influencia comunista que sigue vigente. Por su parte, los patriotas rusos también detestan estos monumentos soviéticos, al considerar que estos son los culpables de todos los males del país y contemplan las estatuas como si fueran objetos de culto demoniaco.

Desde finales de los años 80 se está librando una guerra clandestina contra las estatuas de Lenin. Algunas se rompen o se explotan, a otras se les tira pintura o se reciclan como residuos metálicos. Hay que decir que los monumentos a Stalin perdieron esta guerra hace mucho tiempo, ya en los años 60, cuando el país estaba dirigido por Jrushchov, que condenó  “el culto a la personalidad de Stalin”. Sin embargo, la “guardia de Lenin”, al ser mucho más numerosa, sigue resistiendo.

El líder del proletariado mundial, que nunca se rindió en vida, está dispuesto a defenderse también después de la muerte. En el pueblo de Kaláshnikovo, en la región de Tver, un habitante local algo borracho intentó subirse al monumento, no se sabe muy bien para qué, y la estatua se cayó justo encima del infractor, que fue trasladado al hospital gravemente herido. Una situación parecida ocurrió también en la región de Tula. Un joven intentó arrancar un brazo a Lenin. El brazo de piedra se quebró y se desmoronó encima del chico junto con la cabeza de la estatua, matando al joven.

Sin embargo, persisten los ataques a las estatuas. A veces Lenin aparece con una máscara de conejo, otras, con una peluca de mujer, y a veces incluso se le pone una bolsa de basura en la mano extendida. En los años 90, en la ciudad de Oréjovo-Zúievo, situada en la región de Moscú, el brazo de Lenin era utilizado para colgar a los delincuentes que habían pecado ante la mafia local. En Yaroslavl, el día del cumpleaños de Lenin los jóvenes locales tiraban salchichas a la estatua. Más tarde, al pie del monumento se reunían los perros callejeros y se ponían a aullar. Y en la ciudad de Najodka, el pedestal de granito fue pintado como si fuera un queso.

En los países bálticos la situación era diferente, había un enfoque mucho más pragmático. En la ciudad de Liepaja, fabricaron 500 campanillas de un Lenin de bronce que se vendía a 300 dólares cada una. Los ucranianos y suelen transformar al odiado líder bolchevique en el monumento a la Madre Ucrania o, como mínimo, en algún obispo histórico de importancia local.

Resulta curioso que casi dos tercios de la población de Rusia vea a Lenin como alguien que cumplió un papel positivo. En las ciudades de provincia, los recién casados siguen depositando flores ante la estatua del líder (en parte se debe al hecho de que no tengan otro sitio que visitar).

Hace mucho que en estado no protege la mayoría de los monumentos, y son las organizaciones locales de comunistas o los veteranos los que se ocupan de cuidarlos, restaurando incansablemente las estatuas que han sido presa del vandalismo.

Últimamente, las estatuas de Lenin se están convirtiendo en una especie de objetos artísticos. En la ciudad de Ulán-Udé, a una gigantesca cabeza de Lenin montada sobre un pedestal le pusieron un gorro con orejeras para que no pasara frío. En Krasnoyarsk, durante el día de los museos, se decidió organizar todo un espectáculo y con la ayuda de láseres, se vistió a Lenin con trajes luminosos de Batman y de las tortugas ninja. Se podría decir que se trata de una forma de profanación, como la de poner al monumento una peluca o una máscara. Pero los obreros de Sarátov seguro que mantendrán intacto su respeto por el monumento al líder, porque durante las obras de restauración encontraron dentro del pedestal de hormigón una botella de vodka olvidada por la anterior generación de restauradores. Tras haber apurado la botella, los obreros de Sarátov compraron otra y la emparedaron para las generaciones futuras, añadiendo una solemne nota.

¿Cuántas generaciones de rusos crecerán viendo constantemente la imagen de Lenin? Aunque una parte de los monumentos se destruirá con el tiempo, son tan numerosos que algunos se quedarán ahí por los siglos de los siglos, como las estatuas de los faraones. Los monumentos al gran faraón ruso Vladímir Lenin permanecerán por siempre jamás.

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