Las islas Solovkí

Estas gélidas islas del norte, situadas en el mar Blanco, han jugado un importante papel en la historia de Rusia. En su día, hubo aquí una cárcel no menos siniestra que la Bastilla en Francia o Alcatraz en EE UU. Desde el siglo XV, se encerraban en el monasterio local a presos políticos de alto nivel. En aquella época no había complejos carceleros como tales, y los condenados a prisión eran encerrados en las torres o en los sótanos de fortalezas inexpugnables. Las sólidas paredes de granito de Solovkí no cedieron ni ante los suecos ni ante los daneses, y ni siquiera ante la poderosa flota inglesa que asedió el monasterio durante la Guerra de Crimea en 1854.

El monasterio de Solovkí sirvió de punto de partida para la colonización rusa del Norte. Su modo de vida era casi independiente; era rico e influyente, tenía sus escuelas, fábricas, su propio ejército y  marina. Además, su biblioteca era una de las más valiosas en la Rusia de los zares. Sin embargo, tras la revolución socialista de 1917 el monasterio quedó saqueado y desolado. En los años 20 del siglo pasado, en el mismo lugar se abrió el Campo de Prisioneros Especial de Solovkí (SLON, en sus siglas en ruso), el primero de la extensa red de campos de concentración que más tarde iba a cubrir todo el territorio de Rusia. Posteriormente, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, se organizó un colegio para niños abandonados con el fin de formarlos como grumetes para la Marina del Norte.

Sin embargo, su época más triste ya es parte del pasado. Hoy en día en la isla viven monjes, y las  islas se han convertido en una de las atracciones turísticas más importantes de Rusia debido, no sólo a la bellísima naturaleza nórdica de estos parajes vírgenes, sino también a la decisión de la UNESCO de conferirles el estatus de Patrimonio de la Humanidad.

Ahora el monasterio vuelve a tener su propia flota: unas lanchas adornadas con iconos ortodoxos que transportan a los peregrinos y a los turistas. En la misma hospedería hay una huerta donde crecen flores y verduras. También hay un horno de pan en el que se hacen unas empanadas riquísimas. Por cierto, las islas conservan un arte olvidado en Rusia desde hace mucho tiempo: el de hacer melindres “esculpidos” de jengibre, denominados “kozuli”. En cualquier tienda de souvenirs se venden casitas de melindre, búhos, osos, ciervos, ángeles e incluso carrozas con cocheros, todos pintados y glaseados.

Los habitantes de las islas se desplazan en viejos todoterrenos soviéticos, los UAZ, y en nuevos quads de importación. Esto último sólo lo hacen los más adinerados. Los que tienen menos dinero  van en bicicleta. Para moverse por la nieve, los habitantes locales construyen una especie de todoterrenos con enormes ruedas hinchables llamadas “karakat”.

Casi toda la población de Solovkí trabaja o bien para el monasterio, o bien en el sector servicios desplegado para los turistas y los peregrinos. María Nikíforova es una mujer de 55 años que va  todos los días al amarradero como si tratara de un puesto de trabajo. En las manos lleva un letrero de madera que dice “habitación con comodidades”. La habitación que publicita se encuentra en una simple casa de pueblo con una estufa de leña. Dentro hay cinco camas metálicas con colchones. Es para “la temporada alta”, que aquí cae en julio y agosto. En junio todavía hace demasiado frío, y en septiembre las temperaturas bajan considerablemente. Las camas son diferentes en aspecto ya que María las ha recogido por las casas derribadas y abandonadas del pueblo. Las “comodidades” prometidas consisten en un retrete de madera con un agujero en el suelo. Hay pocos hoteles en el pueblo, y la mayoría de los turistas son mochileros poco exigentes o peregrinos cristianos. Durante la temporada alta, María se va a vivir a casa de unos parientes, también con poco espacio.

Al lado de las casas desfiguradas hay motos o camiones abandonados. Aunque la mayoría de las viviendas están habitadas. Hay ropa que se seca al viento. Tendrá que pasar mucho tiempo colgada  porque el sol se asoma poco en Solovkí, y una simple camisa húmeda puede tardar varios días en secarse.

Después del desmoronamiento de la URSS, la mayoría de los habitantes locales se marchó al continente porque en las islas no había trabajo. Sin embargo, cada vez más gente vuelve a instalarse aquí. Para muchos Solovkí es el lugar del renacimiento de la cultura y la espiritualidad tradicionales. Algunos llegan a construir en su granero barcos según los planos holandeses de la época de Pedro I. Otros intentan hacer revivir la artesanía olvidada: fabrican las tradicionales camisas con el cuello a un lado, hacen recipientes de barro o cincelan madera.

Además, las islas atraen a los amantes de lo esotérico y a los afines a la teoría de los “paleocontactos”. En las islas se conservan laberintos antiguos de piedra, cuya función todavía es desconocida. La mayoría de los investigadores consideran que se trataba de santuarios de las tribus locales de pescadores, las cuales realizaban aquí sus ritos religiosos. Pero los aficionados a la ufología están seguros de que los laberintos son de origen extraterrestre o, como mínimo, de una potente civilización antigua. Los turistas deambulan por los laberintos esperando llegar a un estado de iluminación o intentan meditar sentados en el centro de esta espiral de piedra. “¡No se puede entrar con pantalón blanco!” alecciona un experimentado aficionado al esoterismo a una chica que intenta entrar en el laberinto. “¡Tu energía no tendrá un color adecuado!”

La iglesia no ve con buenos ojos estos laberintos paganos, pero al menos no los destruye. En la visita guiada que se propone a los peregrinos se incluye un viaje en lancha y una visita a los santuarios paganos.

Cada domingo es fiesta en el pueblo. Hay una procesión alrededor del monasterio, con canciones y banderas eclesiásticas. Tañen las campanas, los feligreses llevan iconos y los curas echan agua bendita a los reunidos.

Parece que todos los habitantes de la isla participan en esta marcha. Es fácil ser creyente aquí. Todo contribuye a ello: las cúpulas del monasterio son visibles desde cualquier parte de la isla, el tañido melodioso de las campanas, la austera y severa naturaleza y la lejanía de las tentaciones mundanas. En las tiendas de las iglesias los feligreses pueden adquirir iconos, amuletos, literatura para la salvación del alma e incluso cinturones para el pantalón con oraciones escritas encima. ¡Qué cómodo! Uno se levanta por la mañana, se pone el pantalón y ya tiene una acción piadosa en la lista del día.

Una de las mayores atracciones de Solovkí es la iglesia-faro del monte Sekírnaya. En su cima, bajo la cruz, hay una enorme lámpara de un faro que sigue en funcionamiento. Todo lo que está debajo de la lámpara se considera propiedad del monasterio, mientras que ella misma pertenece al Ministerio de Defensa, por lo que no se puede subir hasta donde está debido a que representa un objeto estratégico.

La vegetación nórdica de Solovkí tiene un encanto particular. Aquí crecen árboles enanos y las piedras se cubren de musgo secular. Al lado de la costa chapotean largas algas, y da la impresión de que una sirena está a punto de salir del agua. Lamentablemente, las sirenas aparecen poco por aquí, lo más seguro es que las asuste el cementerio de barcazas pesqueras oxidadas. Pero sobre el mar vuelan gaviotas bien alimentadas que no tienen ningún miedo al hombre. Son los turistas los que las han cebado: las gaviotas mendigan descaradamente y arrancan las migas de pan de las manos. Parece que por primera vez en muchos años se ha dejado de pasar hambre en Solovkí.

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