Un paquete energético en la lista de correo

Foto de Itar Tass

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En diciembre se cumplió la profecía del presidente de Gazprom, Alexéi Miller: a pesar de todo, el precio del gas ruso en Europa se ha acercado a los 500 dólares por mil metros cúbicos. Pero Gazprom, que estuvo soñando con ello durante varios años, no pudo sacar provecho de la situación: cuanto más subía el precio, más fuerte se hacía el enfrentamiento entre el monopolio del gas y Europa, mientras iba cobrando una importancia cada vez mayor a nivel político. El “Tercer paquete energético”, que antes no era más que un asunto sectorial, ha empezado a formar parte de la política a gran escala.

Desde hace muchos años los suministros de gas ruso a Europa son un tema controvertido y politizado. Pero solo en 2011 la Unión Europea, que no está menos interesada en la estabilidad del abastecimiento que el propio Gazprom, se decidió a hacer algo hasta entonces impensable: acusó oficialmente al grupo ruso de monopolio en su mercado, y llevó a cabo una revisión de sus agencias. Gazprom ya está familiarizada con estos reproches en Rusia, donde vende gas a precio de dumping y, de vez en cuando, realiza alguna que otra obra social, pero no en Europa, donde esta empresa está acostumbrada a hacer una sola cosa: ganar dinero. Aparte de Gazprom, la Comisión Europea ha revisado las oficinas de sus principales clientes, es decir, los presuntos lobbies más importantes del monopolio ruso en la UE, que dependen de sus suministros más que otras empresas. Se ha querido dar a entender todo el mundo que las reglas del juego están cambiando. A partir de ahora, el gas ruso va a empezar a traer problemas.

 

La administración de Gazprom y el gobierno ruso estaban perplejos y, francamente (aunque esa no era la versión oficial) no entendían nada. El ministro ruso de energía Serguéi Shmatko, se quedó muy sorprendido por el hecho de que el Comisario europeo de Energía ЕС, Günther Oettinger, no lo hubiera llamado para avisarle de que Gazprom sería revisada. Sin embargo, no se podía esperar este tipo de gestos de benevolencia de un funcionario que en primavera había criticado la política de Gazprom en la UE, y que se negó a conceder a Rusia condiciones favorables para el proyecto de construcción del gaseoducto South Stream hacia Europa a través del Mar Negro.

 

Para resolver o, al menos, para paliar el problema, Moscú intentó hacer uso de sus habituales instrumentos políticos, pero, por razones desconocidas, estos están fallando. La canciller alemana Angela Merkel, una de los aliados continentales clave de Rusia en Europa, declaró que Alemania no necesitaba gas adicional, a pesar de la reducción de su producción nuclear. Entonces Vladímir Putin pidió apoyo abiertamente a su colega francés François Fillon. Pero para París los suministros de gas no resultan un problema tan acuciante, ya que el 90% de la energía eléctrica en Francia está garantizada por las centrales nucleares, de las que el país no tiene intención de prescindir. Por supuesto, queda espacio de maniobra: por ejemplo, se podría adjudicar a los franceses la construcción del tren de alta velocidad Moscú – San Petersburgo, entre otras cosas. Pero de momento no existe ninguna certidumbre respecto al apoyo francés. El Ministerio de Energía ruso intentó ponerse de acuerdo con Quatar, la mayor competencia de Gazprom en Europa, así como con otros proveedores de gas, pero ninguna de las partes ha prometido nada concreto.

 

La situación ha entrado en un callejón sin salida. No solo los funcionarios rusos especializados en este sector, sino también el primer ministro y el presidente se han vuelto ya grandes conocedores de las sutilezas de la legislación energética europea, el tan anunciado “Tercer paquete energético”, cuyo objetivo principal es la desmonopolización del mercado europeo de gas. Sin embargo, todas las grandes palabras, incluso las pronunciadas al más alto nivel, siguen sin respuesta. Al menos, sin una respuesta que le parezca satisfactoria a Moscú.

 

Parece poco probable que Gazprom y los funcionarios rusos hayan comprendido cómo tienen que actuar ante esta situación. Su única reacción hasta el momento es seguir amenazando (sin demasiada convicción, por otra parte) con reorientar sus suministros de gas de Europa a Asia. El año que viene Moscú tendrá que ensayar maniobras nuevas en sus negociaciones con la UE, teniendo en cuenta el inesperado fortalecimiento de Azerbaiyán como posible proveedor alternativo y el papel de Turquía como el futuro país clave para el tránsito del gas hacia Europa. Es posible que no solo haya que cambiar de argumentos, sino también de interlocutor.