Silencio al live music

Actuación en directo en el Music Town de Moscú

Actuación en directo en el Music Town de Moscú

No podemos hablar de una fecha exacta pero sí de una década. Los míticos años 60 marcaron un antes y un después en el concepto de la música en directo. Los cafés, bares y clubes se llenaban de cantautores, de sonidos de blues y melodías en conexión directa con un público, íntimo y desconocido. No había tarimas, la música se tocaba a ras de suelo. Sin embargo, medio siglo después, el concepto “live music” parece estar en decadencia en España, mientras que en Rusia la música en directo adquiere un carácter más renovado y no tan “perjudicial” para sus ciudadanos. Los decibelios de guitarras y baterías cierran las salas españolas que se atreven a activar el micro para lanzar un mensaje. En la otra cara de la moneda están las autoridades. Para ellos, la música en vivo es una cuestión problemática afincada puramente en el “ruido”.

 “El único arma que posee un artista es la actuación en directo”. Kiko Veneno, cantautor español, realizó estas declaraciones cuando la música en vivo nacía en los bares de su ciudad, Sevilla, hace más de cuarenta años.  Gracias a sus actuaciones, Kiko logró alcanzar una gran popularidad entre los “garitos” musicales que frecuentaba. El humo de su cigarrillo impregnaba sus canciones y las de los oyentes que sin quitar ojo podían ver en directo cómo un nuevo cantante iba creciendo hasta consolidarse. No hacía falta acudir a un reality show, como Operación Triunfo o al mejor productor del país para ser escuchado. Ser cantante de rock o guitarrista te daba el pasaporte para una actuación, rodeada de un público dispuesto a escuchar tus melodías. La realidad actual se torna bien distinta y los espacios de conciertos se ven perjudicados por un serio problema de ordenanzas municipales, que afectan a su horario de cierre y al nivel de decibelios, lo que provoca una importante reducción de encuentros entre músicos y aficionados.

La Sala Malandar ha vivido en estos días una seria amenaza de supervivencia. Desde hace más de una década este local de Sevilla, ofrece actuaciones en directo de bandas alternativas y otras más consolidadas, en el centro histórico de la ciudad. Esto le ha permitido en 2011 obtener el premio UFI a la mejor sala de conciertos de España. La noche del pasado nueve de diciembre, Malandar quedaba precintada de forma permanente. En plena actuación de Los Escarabajos, grupo que retrata fielmente el espíritu de la banda de Liverpool, The Beatles.  Enrique Sánchez, guitarrista y fundador de la agrupación señala que “entraron unos policías para desalojar la sala sin pedirnos previamente que dejáramos de tocar. No tienen ningún respeto por la música”. Solo un golpe de batería de Benjamín Serrano, que reencarna fielmente a Ringo Star,  puede alcanzar 100 decibelios, ocho más de los permitidos por la normativa acústica municipal que limita a 92 las actuaciones que se realicen en el local. Su propietario Julio Moreno ha logrado que la sala abra de nuevo sus puertas, pero sin música en su interior. “No tengo muy claro que Malandar pueda sobrevivir como discoteca sin sus actuaciones”.

Actuación en la Sala Malandar de Sevilla

El equilibrio es una cuestión difícil entre los dueños de los establecimientos y las denuncias, que acaparan en ciudades como Tenerife (Canarias) el 80% de las quejas de los vecinos. La crisis hace también estragos, ya que los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística señalan que el número de bares que han tenido que echar el cierre en el último año asciende a 3.221.

 

La salvación, en las nuevas tecnologías

En Internet la plataforma “Salvemos el directo” cuenta con más de 5.000 seguidores en Facebook. Esta iniciativa, que comenzó en Cádiz en 2008, ha creado una importante conciencia sobre la situación.  El músico gaditano y dueño de la sala El Barsito, Héctor Robles destaca que “los músicos no pueden salir del conservatorio o de la sala de ensayos y enfrentarse a un escenario internacional. El rodaje es imprescindible”, señala.

Para los que empiezan, las nuevas tecnologías parecen ser su principal salvación. José Sánchez, contrabajista gallego de 24 años y amante de la música jazz deja sus temas en un rincón de Internet,  My Space. Un espacio que puede ser el único lugar que permita a las nuevas agrupaciones conseguir la primera oportunidad para ser escuchados. “Vivo en Santiago de Compostela y aquí los recitales ya están prácticamente reducidos a las grandes salas y teatros” afirma. La Borriquita de Belem, que cada semana ofrece actuaciones de este estilo es uno de los principales locales en los que a Jose le gustaría tocar. Su dueña Anxeles González, apostaría por una “programación más frecuente” que de paso a nuevos grupos, pero todo parece estar sujeto a las leyes antirruido. En 2005 se aprobó una ley que sólo permite este tipo de eventos en los locales cafés- conciertos y no todos cumplen ese requisito.

Sin leyes ni horarios desde los locales rusos

 

Hasta la caída del régimen socialista de la URRS, Rusia no pudo conocer de cerca la música en directo. Así lo recuerda Marina Shamajian, pianista rusa, afincada en España desde hace más de 30 años.  “Cuando yo era joven en Rusia no existía ese concepto de bar musical como se conoce hoy en España”. El clima afectaba a la hora de salir a “tomar algo por la noche” o el “respeto que hay en nuestra patria por otro tipo de música, como es la clásica”, destaca la concertista. Además el choque entre la tradicional música rusa y las actuaciones de blues o rock frenaban de forma importante la proliferación de estas salas en un país que estrenaba libertades.

Sin embargo, en aquellos inicios, la enseñanza metódica y férrea de conservatorio ruso no fue la única escuela de artistas, ya  que permitió que Serguéi Vóronov triunfara, por otros caminos, como unas de las figuras más destacadas del blues ruso. En una entrevista reciente, el músico señala que “el blues que se hace en Rusia es ruso y viene influenciado de los Estados Unidos, aunque haya sido durante muchos años nuestro principal enemigo”. Las corrientes extranjeras, permitieron que el jazz y el rock formaran parte del ideario de la gran patria rusa. El estado ya no se encargaba de controlar el ocio de sus compatriotas y la financiación artística se redujo drásticamente.  

A partir de 1991 y gracias a la tolerancia de la propiedad privada, el número de locales con actuaciones aumentó de forma considerable en la urbe más poblada de Europa, Moscú. Sin restricciones de horarios, los bares musicales de la capital se hacinan uno tras otro en la zona norte del Río Moscova. En una de sus esquinas se encuentra el Bar Gogol. Víctor, violonchelista ruso de 19 años, que vive desde hace dos meses en nuestro país, recuerda con nostalgia su ambiente bohemio. “Es un local muy amplio que guarda en su interior la cultura más underground. Puedes escuchar música hasta el amanecer durante los fines de semana”. Este espacio de música en directo ofrece también comida en su interior, un concepto de sala 24 horas que en el caso español no ha terminado de consolidarse.

Entre las importantes diferencias que se señalan entre el “live music” ruso y el español se destaca la importancia de la cultura musical que reside en el país soviético frente a la falta de atención que puede llegar a tener el público español. Shamajian afirma que “un músico sea cual sea su estilo debe escucharse en un silencio riguroso”. El Club Music Town de Moscú es un local de gran madurez en este concepto. Por su escenario pasan indistintamente grupos y solistas, como es el caso de Boris Bulkin, un cantante de blues, que es capaz de dejar a todo un público embobado por el virtuosismo de su guitarra.

La música en directo se observa desde prismas opuestos en ambos países, aunque hay un ángulo de unión que nunca podrá faltar. El gusto por un escenario, por una voz con guitarra que cuente una historia y por un público que este dispuesto a escuchar las vivencias de un cantante. Sin duda, un tándem irrompible para que la cultura “live music” y los nuevos artistas nunca lleguen a silenciarse. 

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