Revuelo con el canon

Foto de Itar Tass

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En el teatro Mijáilovski de San Petersburgo acaba de tener lugar uno de los estrenos más esperados del año: la versión de Nacho Duato del ballet “La Bella Durmiente” de Tchaikovski.

El estreno de "La Bella Durmiente" de Nacho Duato era esperado con especial impaciencia. En las entrevistas concedidas, el coreógrafo declaraba que el principio básico de su versión consistiría en “no coger ni un solo paso de Petipa”.  El artista español se refiere a la  coreografía de Marius Petipa, que era la canónica y se adaptaba a la moda y gustos de cada época. Aquello prometía convertirse en todo un acontecimiento; en los 120 años de existencia de este ballet en Rusia (y en la URSS), sólo una vez, en los revolucionarios años 20, el director Nikolái Vinográdov puso en escena "La Bella Durmiente" olvidando por completo el original. Para él, Aurora era el alba de la revolución que despierta por el beso de Desiré, el líder de las masas populares.

En cualquier caso, Nacho Duato no tenía intenciones de organizar una revolución. Según confesó, hubiera preferido “crear un ballet corto.” Sin embargo, el teatro le encargó "La Bella Durmiente", de tres actos, y el coreógrafo consideró que su deber era montar “un gran ballet” con un vocabulario clásico y un ambiente típico de cuento de hadas. La diseñadora Anguelina Atlaguich vistió a las bailarinas con bonitos y tradicionales tutus, a las damas de la corte con largos vestidos hasta el suelo, ligeros y vaporosos y a los caballeros, con chaquetas del estilo de Luis XV y de la época de la Ilustración. Sólo las decoraciones se salieron del marco de lo habitual. En el primer acto, en vez del palacio se veía una balaustrada con una naturaleza exuberante detrás de baranda. En el segundo, un panorama de árboles se superponía a un lago, casi el lago de los cisnes. Al final, los protagonistas se casaron literalmente en el cielo, todo el fondo era de un azul muy inetenso con una enorme alianza  en el medio.

En el propio ballet hay aún menos momentos inesperados: el libreto repite literalmente el original de Petipa-Vsevólozhski y la coreografía le sigue paso a paso. Aunque la pantomima ha sido reducida al mínimo, el rey y la reina bailan un poco en vez de andar y estar sentados en sus sillones. Los cortesanos se han movido más activamente, pero la vida de Aurora se ha vuelto más fácil, al prescindir de las variaciones del primer acto. El Pájaro Azul y la princesa Florina tampoco bailan el paso a dos sino que saltan directamente a la coda después del adagio. “El Oro” cambió de sexo; ahora es un papel masculino. El baile clásico ha adquirido acentos occidentales, eso significa que prevalece la posición effacé (en Rusia se prefiere croisé), se exige que los saltos sea impetuosos como si hubiera un trampolín, que el tronco tiene que tener la capacidad de girar ágilmente y el cuerpo está obligado a correr mucho y rápido, mientras que los solistas giran ya no con la espalda hacia el centro del escenario sino con la cara. Todos estos “extranjerismos” implican una cierta dificultad para los bailarines. Además, tras sentar a los monarcas en la parte trasera y hacer que los cortesanos bailen delante de ellos, el coreógrafo impuso a los artistas ángulos poco ventajosos por lo que tenían que bailar parte de las variaciones dando la espalda al público.

Aunque todo aquello sería un mal menor si la coreografía fuera original. Lamentablemente, el viejo Petipa se impuso a Nacho Duato, que no pudo prescindir de sus pasos. Pero los utilizó avergonzándose de ello, como el administrador del hospicio de ancianos Alchen, en la novela “Doce sillas”. Por ejemplo, el coreógrafo coge el paso principal del hada de la Valentía y se lo da al hada de la Ternura. O bien empieza el adagio de Aurora con cuatro caballeros en la posición canónica à la seconde y lo termina con algún arabesco innecesario. De vez en cuando, Duato cae en citas directas: los conocidos contorneos en attitude, dentro del adagio del primer acto, la diagonal de las piruetas y los fragmentos de la coda en el paso a dos de Aurora y Desiré, las batteries del Pájaro Azul, todo esto ocurre exactamente en los mismos instantes que en el ballet de Petipa. Aparte del clásico del siglo XIX, se citan los del siglo ХХ: Frederick Ashton, Kenneth McMillan, incluso el joven Christopher Weeldon. En cualquier caso, es comprensible ya que el español no dispone de un gran repertorio personal de pasos clásicos, mientras que el ballet es largo y hay que llenar la música.

Hablando de música, Nacho Duato tiene la reputación de ser uno de los coreógrafos más musicales. En sus obras originales los cuerpos de los bailarines reflejan cada matiz sonoro. Sin embargo, en "La Bella Durmiente", intentando quitarse de encima el canon de Petipa a toda costa, comete incoherencias impensables. En los grandiosos crescendos (por ejemplo, en la culminación del adagio mencionado con cuatro caballeros), los bailarines hacen algo “dulce y gracioso”, las repeticiones temáticas musicales no se acompañan de combinaciones análogas en el baile, los ritmos no coinciden con la envergadura de los pasos, la selección de movimientos en sí parece bastante arbitraria y no se corresponde con la música, tan altamente estructurada.

El papel de Aurora ha perdido mucho en comparación con el original. Svetlana Zajárova, que interpretó este papel en la segunda representación, al principio no se sentía muy segura: se bajó de puntillas a la hora de hacer el contorneo en attitude, se tambaleó en las piruetas de degagé. Sin embargo, hacia el episodio de la boda la bailarina llegó a controlarse del todo, así que sus siete vueltas en el paso a dos durante la diagonal, que ya hemos mencionado, han sido excelentes. Aunque también hay que hacer justicia a su pareja, el delgado Leonid Sarafánov resultó ser un caballero magnífico. Además, ha sido inmejorable en lo que se refiere a su papel en sí, que se hizo más complicado por el adagio y los numerosos saltos en el segundo acto.

En esta obra de dos horas destacan por su naturalidad la farandola y los bailes de los cortesanos en la escena de caza. El hada Canario ha sido muy divertida. El papel de la belleza infernal, la bruja Carabosse, ha sido inventado (e interpretado por Rishat Yulbarísov) de una manera soberbia. Iba rodeada de un séquito de seis cucarachitas brillantes, sorprendentemente movedizas, que saltaban y se arrastraban. Cada aparición suya llenaba el escenario de energía y confería a la acción un grado de tensión totalmente diferente. En otras palabras, Nacho Duato sólo se ha sentido libre ahí donde Petipa no tenía una coreografía elaborada. Ahí ha tenido mucho éxito.

Más información en: http://kommersant.ru/doc/1841886?isSearch=True  (en ruso)

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