Selma Ancira, pasión por la gran literatura rusa

Selma Ancira con el embajador de Rusia en México, Sr. Valeri Morózov, tras la entrega de la medalla Pushkin. Foto gentileza de Selma Ancira.

Selma Ancira con el embajador de Rusia en México, Sr. Valeri Morózov, tras la entrega de la medalla Pushkin. Foto gentileza de Selma Ancira.

Si os habéis zambullido en la lectura de obras traducidas de Tolstói, Tsvietáyeva o Bulgákov, seguramente lo hayáis hecho en versiones de Selma Ancira, una de las más importantes traductoras literarias del ruso en lengua hispana. Su currículum es apabullante. Tal vitalidad y energía a la hora de ponerse a verter a los clásicos de la literatura rusa sólo se explica por una pasión genuina. Una pasión que nació en sus años como estudiante de filología en Moscú y que, con el paso del tiempo, no ha hecho sino acrecentarse. Por su buen hacer, su rigor y sensibilidad en esta tarea -nada fácil, huelga decirlo- de erigirse como puente entre dos culturas tan ricas como la rusa y la hispana, ha recibido varios galardones, el último hace tan sólo dos semanas: el Premio Nacional de Traducción a toda una Obra del Ministerio de Cultura de España. Esta mujer mexicana, nacionalizada española y residente en Barcelona desde 1988, también dedica parte de su tiempo a organizar un seminario anual para traductores en la mítica finca de Lev Tolstói, Yásnaya Poliana.

Recién llegada a Barcelona de Buenos Aires, donde estuvo invitada a la semana que la Biblioteca Nacional dedicó a Tsvietáyeva, accedió a charlar sobre estas y otras cuestiones en la siguiente conversación para “Rusia Hoy”.

Nacida en México D. F., cursó estudios de filología rusa en la Universidad Estatal de Moscú. ¿Cómo recuerda sus años como estudiante en la capital rusa?

Con mucho amor. Fueron años difíciles, no cabe duda, pero al mismo tiempo fueron años hermosos y muy enriquecedores. Años de aprendizaje, y no me refiero sólo a la literatura o a la lengua rusa. En Rusia, entonces, aprendí muchas cosas que ahora son parte indisoluble de lo que podríamos llamar mi esencia.

Cubierta de "Correspondencia" de Tolstói, de la editorial Acantilado. Selección, edición y traducción a cargo de Selma Ancira.


Llegué sin saber una palabra de ruso… Tras un año de estudiar de manera intensiva el idioma, fui admitida en la Facultad de Filología. Nunca se me olvidará la primera conferencia a la que asistí. ¡No entendí nada! Pensé que no podría… Nosotros, los pocos extranjeros que estudiábamos en la Universidad Estatal de Moscú, seguíamos el mismo programa que los estudiantes rusos, con la dificultad añadida de tener que descifrar, para poder entender, lo que parecía imposible de desenmarañar. Me recuerdo, por las noches, pegada a mi diccionario hasta que por fin se aclaraba el sentido de las páginas que debía estudiar… Pero poco a poco las dificultades lingüísticas fueron siendo menos y cada vez era más placentero el estudio.

Acababa casi de llegar, cuando con otros estudiantes latinoamericanos formamos un grupo de música folklórica. Yo tocaba la quena y las zampoñas… A veces, si hacía mucha falta, ¡hasta cantaba! Viajamos por varios lugares de Rusia llevando nuestra música a los estudiantes de Petersburgo, de Talin, de Vilna… Era muy divertido.

Durante mis primeras vacaciones de invierno, un enero muy frío en los alrededores de Moscú, aprendí a esquiar. A esquiar y a disfrutar de los bosques nevados y también del ejercicio. Hacíamos esquí de fondo. Aún ahora, cada vez que tengo oportunidad, viajo a Rusia unos días en invierno para disfrutar, sobre un par de esquís, de la belleza del invierno en Yásnaya Poliana.

Siempre pienso que pese a todas las dificultades que pasé, si alguien me ofreciera la oportunidad de volver a vivir esos años, ¡no dudaría en aceptarla!

¿Cuál fue el primer libro que tradujo de un autor ruso y cuándo decidió convertirse en traductora literaria? ¿Imaginaba que era una profesión con la cual podría ganarse la vida?

Lo primero que traduje, cuando todavía estudiaba en Moscú, fue las "Cartas del verano de 1926", esa correspondencia prodigiosa que se dio entre tres grandes poetas del siglo XX: Rilke, Pasternak y Marina Tsvietáyeva. A Rilke lo había leído y me gustaba, a Pasternak lo conocía y también me gustaba, y Tsvietáyeva, a la que ni había leído ni conocía, me deslumbró. Me enamoré de ella con la primera carta que le escribe a Rilke, y al terminar de leer el epistolario sentí una necesidad muy grande de comprenderla mejor, de trasladarla a mi lengua, de compartirla con quienes no habían tenido la suerte que tuve yo de aprender ruso. Sin siquiera pensarlo, movida por esa necesidad, que era mucho más que un simple deseo, me puse a traducir el libro. Marina hizo de mí la traductora que soy.

No "decidí", pues, convertirme en traductora literaria. Gracias a Tsvietáyeva descubrí la magia de la traducción y en adelante ya no pude dedicarme a otra cosa.  Me gusta mucho lo que hago. Lo disfruto enormemente. No me imagino la vida sin mis autores, mis diccionarios, mis lecturas... Cuando por alguna razón paso unos días alejada de mi oficio, lo echo mucho de menos. Siempre es un alivio volver a mi escritorio.

Más que una traductora de títulos, ha sido una gran traductora de autores, como Tolstói y Tsvietáyeva, por ejemplo. ¿Qué autor le ha resultado más difícil verter al español y con cuál siente mayor afinidad?

Cada autor presenta sus propios problemas, sus propias dificultades a la hora de ser trasladado a otra lengua. Y cada escritor le sugiere al traductor la manera como quiere ser tratado, como le gustaría ser traducido. Para Tolstói, por ejemplo, es muy importante que el lector entienda lo que él quiere decir. Le importan las ideas, siempre, en todo momento, aun si está haciendo una descripción de la naturaleza. Mi tarea consiste, pues, en encontrar el registro correcto y las palabras adecuadas en español para que el pensamiento de Tolstói llegue hasta el lector.

Cuando traduzco a Tsvietáyeva, el cometido es otro. En ella es de vital importancia el estilo. Ella juega con el lenguaje: a veces inventa palabras, otras veces las transforma, las deforma, las transfigura. Siempre va en busca del sonido. La cadencia del verso o de la frase en su prosa es fundamental. Y yo tengo que buscar esa cadencia, tengo que encontrar la melodía, lograr los silencios, jugar con las palabras para que mi lector pueda percibir lo que es su escritura. 

Es verdad que más que traductora de títulos he sido traductora de autores. Y le voy a decir por qué. Uno sabe con qué autores tiene empatía. Con qué escritores vibra en una misma cuerda. Es algo que uno siente. Cuando uno se dice: “Si yo escribiera, diría esto”. O, “si yo escribiera, lo diría así”, es cuando se produce el milagro de la empatía entre el traductor y el autor. Y entonces la experiencia de traducir adquiere una dimensión distinta. Además, mientras más traduces a un autor, más lo conoces. Mientras más lo conoces, más lo quieres. Y en mi caso, mientras más dificultades me presenta, más me interesa traducirlo. Tanto Tolstói como Tsvietáyeva me son definitivamente afines, cada uno a su manera, cada uno con los retos que me lanza a la hora de ponerlo en español. Pero ambos me apasionan.

 ¿Cómo fue el trabajo de investigación y edición de la correspondencia y los diarios de Tolstói?

La prosa íntima de Tolstói, es decir sus diarios y sus cartas, ocupa cuarenta y cinco de los noventa volúmenes que componen la obra completa. Hacer una selección de ese extensísimo material significaba emprender una gran aventura. Me mudé a vivir a la capital rusa durante algunos meses, no veía otra manera de poder hacerlo, e iba cotidianamente a la biblioteca del Museo Tolstói a trabajar en un primer borrador. ¿Qué conservar de todas aquellas páginas? ¿Cómo conseguir crear, reduciéndolo todo a una selección de tres volúmenes, un retrato del autor sin desfigurarlo? Y es que tras la lectura de esa prosa íntima, con lo que se queda el lector, sobre todo, es con un retrato muy completo del escritor. Un retrato que va cambiando con los años. Que se va modificando. Que tiene movimiento. Y la finalidad de mi trabajo era hacer una copia fiel de ese retrato para que el lector en lengua española pudiera acercarse a la controvertida figura de Tolstói no sólo a través de sus novelas, sino también siguiendo de cerca el camino que el escritor recorrió, su desarrollo espiritual y artístico. Mi propuesta era, pues, transformar aquel mural en un camafeo.

Además del trabajo de selección, que quizá fue lo más difícil, hubo, sí, un trabajo de investigación. Había que situar al lector contemporáneo de habla hispana, en las realidades rusas del siglo XIX: la histórica, la literaria, la pedagógica... También había que acompañar el texto con notas que aclararan a mi lector quiénes eran las personas que se citan en los Diarios, y quienes los corresponsales de Tolstói. Buscar los hechos a los que sólo se alude, para esclarecer la lectura; orientar al lector en todo el entramado de revistas y periódicos del XIX… En fin, una labor minuciosa pero definitivamente interesante y entretenida.

Por otro lado, tuve oportunidad de trabajar en “la habitación de acero”, el lugar donde se guardan todos los manuscritos de Tolstói, desde sus redacciones escolares, hasta su última carta. Ahí, la textóloga del museo y yo, logramos descifrar las palabras que hasta entonces habían pasado por ilegibles, para poder traducirlas y ofrecer al lector de habla hispana, una edición sin blancos. ¡Qué momentos de júbilo vivimos cada vez que la complicadísima caligrafía de Tolstói cedía ante la lupa!

Además de traducir, desde hace varios años organiza cada verano un seminario de traducción en Yásnaia Poliana. Háblenos un poco de esos encuentros.

A finales de agosto nos reunimos en Yásnaya Poliana, en casa de Tolstói, traductores de literatura rusa del mundo entero para hablar de nuestro oficio. Hay mesas redondas, clases magistrales, ponencias, discusiones… Es muy enriquecedor. Se ha creado, además, un ambiente muy agradable. Ahora ya somos como una gran familia que se reúne una vez al año y a la que siempre se suman nuevos miembros. Al terminar los tres días de trabajo, solemos hacer alguna excursión. Hemos estado de visita en la casa de campo de Turguéniev, en la de Chéjov, en la de Prishvin, también fuimos a visitar la dacha de Pasternak en Peredélkino, donde nos hicieron un relato inolvidable dedicado al trabajo de Pasternak como traductor. Hace dos años estuvimos en el Don, en casa de Shólojov, recorriendo los lugares que describe en El Don apacible y el año pasado fuimos a visitar a Lérmontov hasta la lejana Tarjani. ¡Inolvidable! Esto, además de darnos la posibilidad de conocer mejor a los escritores, nos permite ver una Rusia apartada, verdadera, lo que finalmente resulta en bien de las traducciones que hacemos. El seminario de traductores es un proyecto que me entusiasma y espero dure todavía mucho tiempo.

Ha traducido varias obras para el teatro. ¿Qué nos puede contar de esa experiencia?

He traducido piezas de teatro y también he servido como puente entre el director (ruso) y los actores (mexicanos) durante el montaje de más de una obra. Soy hija de actor. Amo el teatro. La primera obra que traduje, a principios de los ochenta, fue Lagartija de Alexánder Volodin. Para la puesta en escena viajó a México Evgueni Lázariev. Trabajamos juntos todo el verano con los alumnos que ese año terminaban la Escuela Nacional de Teatro. El resultado fue un espectáculo que marcó un hito en el teatro mexicano.

Pero además de las obras que se han puesto en escena y que siempre es fascinante ver una vez que el director les ha dado vida, he traducido obras que nunca se han montado, como Iván Vasílievich de Bulgákov, o La tormenta de Ostrovski que, sin embargo, me ha encantado traducir. Más aún, que he traducido sólo por el placer de traducir. Traducir teatro es un capítulo aparte en este oficio.

 Por su labor como traductora, ha recibido un sinfín de reconocimientos. Entre ellos, la prestigiosa Medalla Pushkin, el máximo galardón con que se distingue a los artistas extranjeros. Y en fecha reciente, el Premio Nacional de Traducción a toda una Obra del Ministerio de Cultura de España. ¿Qué significado tiene para usted la concesión de este último premio?

La concesión de este premio, que agradezco infinitamente al Ministerio de Cultura y a los miembros del jurado, es para mí la adquisición de un compromiso aún mayor con mis lectores, por un lado, y, con mis autores, por el otro.  Es un premio que debo, sin lugar a dudas, a los autores que traduzco, ¿qué sería yo sin ellos?, pero también a mis editores, que creen en mis proyectos y se embarcan conmigo en ellos, y desde luego a mi familia, que me apoya y me entiende aun en los momentos más difíciles de esta profesión, como cuando estás a punto de entregar un libro y no tienes cabeza para nada más. A todos ellos, mi gratitud. 

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