Cebar a los soldados

Foto de Itar Tass

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En la región de Vorónezh han reunido a futuros reclutas en un sanatorio para alimentarlos y que engorden antes de ir a filas.

"¡Untamos el pan con una buena capa de mantequilla!”, ordena el comandante Artur Pálchikov de la sección Num. 6, mientras se pasea entre las mesas controlando que todos, sin excepción, cumplen sus órdenes. “¡Ivanov! ¡Te dije que untaras el pan con mantequilla! ¡Y ahora, a tragarlo todo, hasta la última caloría!” El comandante tiene en las manos el menú del desayuno. “Entrante: salami semi-ahumado. Primer plato: albóndigas de carne con trigo sarraceno. Segundo plato: copos de avena cocidos con leche.  Además hay cacao, mantequilla y pan, sin restricciones”. Alguno de los chicos intenta protestar: “¿Y si no soy capaz de comerme el trigo sarraceno y los copos de avena de una tirada?” Inmediatamente recibe una respuesta que no deja lugar a la argumentación: “Mastica”.

En el sanatorio Dzerzhinski se sigue una férrea disciplina. Cinco comidas “reforzadas” al día,  una siesta, actividades físicas en el parque acuático, masajes y cócteles de oxígeno. Aquí hay 150 jóvenes que, por su edad, dentro de poco tienen que ir a la mili. "El objetivo principal consiste en aumentar el número de reclutas sanos aptos para el servicio militar”, explica Nikolái Kolésnikov, director de la asamblea y jefe del centro regional de preparación para el reclutamiento de la región de Vorónezh. “En una palabra, los hemos reunido aquí para cebarlos. Les falta peso”.

Ninguno de ellos ha estado todavía en el ejército; son alumnos que acaban de salir del instituto, estudiantes universitarios o jóvenes graduados, todos ellos entre 18 y 26 años.

Objetivo: ganar peso

Después del desayuno van a dar un paseo, forman una fila. Los datos de cada chico se introducen en un cuaderno especialmente previsto para ello. Nikolái Ivánovich se frota las manos al examinarlos. Está contento: “¡Casi todos han ganado peso! Si pudiéramos tenerlos aquí un mes más…” Los reclutas están de acuerdo: “Sí, no estaría mal quedarnos aquí un tiempo”.

En cambio, al principio ninguno de ellos quería ir. Casi todos decían: “Los últimos días antes de ir a la mili, los paso mejor en casa”. Algunos incluso esperaban no tener que alistarse por falta de peso: ¿para qué engordar entonces, si no es por su propio bien? En los comités militares de reclutamiento se intentó convencer a  los chicos flacos de mil maneras: "¡Vais a descansar! ¡No veis que es un balneario! El periodo de estancia lo computaremos como parte del servicio militar, y si no os gusta, os podéis marchar".

Los chicos han tenido tiempo de hacerse amigos. Al principio, se hacían bromas como poner pasta de dientes a los que estaban dormidos o escondían sus zapatillas. También se escapaban a la tienda “Al lado del arce” para comprar cerveza y cigarrillos. El jefe de la asamblea fue hasta la tienda y les pidió que no se vendiera cerveza a los reclutas. Los comandantes de las secciones empezaron a organizar rondas nocturnas por las habitaciones. “Cuento la cantidad de pies que hay y luego divido entre dos”, comparte los secretos del oficio el comandante de la quinta sección, Vladímir Buzdin, veterano de la guerra afgana.

Sin embargo, los chicos también han empezado poner en práctica los conocimientos militares recién adquiridos. “Después del toque de queda ponemos un tirante”, explica Dima Fursa. “Tendemos un hilo en el pasillo y colgamos una taza metálica con una linterna dentro. Hace poco el teniente coronel cayó en una trampa de esas. Como el ruido se oyó en las tres plantas, los chicos tuvieron tiempo para esconder las cartas".

“Ahora los niños no están tan hambrientos como antes”, comenta Olga Tekútieva, una de las camareras del sanatorio. “Al principio se veía que tenían hambre, querían repetir constantemente, aunque ya ve lo grandes que son las porciones. Casi no nos daba tiempo ni a cortar más pan. Ahora tenemos que sacar cubos enteros llenos de sobras".

Vania Kozhin, al igual que la mayoría de sus compañeros, no sabe por qué estaba tan delgado cuando vivía en su casa y por qué aquí, en cambio, ha empezado a coger peso: de 56 a 60 kilos. Vasia Kolésnikov supone que la culpa la tiene el ordenador: “Antes estaba delante de él como hechizado, mi madre no podía convencerme para que me levantara y fuera a comer”. Nikita Popov supone que su delgadez se debía al intenso estudio: “Me pasaba el día entero en la facultad y podía comer sólo hamburguesa. Además, por las mañanas me limitaba a tomar un té”. Los padres tienen sus propias explicaciones: muchas madres se quejan diciendo que antes sus hijos sólo querían comida rápida y era imposible que comieran otra cosa.

Pero también hay chicos que no se alimentaban bien: los huérfanos o las personas procedentes de familias con problemas sociales. Algunos ya están casados. Los chicos cuchichean entre sí diciendo que los que tienen familia tendrían que haber buscado alguna forma para no tener que ir al ejército. Pero “librarse de la mili” cuesta  50.000  rublos (unos 1.200 euros) de media, según varias organizaciones de defensa de derechos humanos. Las familias pobres no tienen ese dinero. "Si están delgados, no es porque estén mal de salud”, dice Vladímir Mijailenko. “Aunque algunos han pasado hambre. Un chico casi se pone a llorar cuando llegó: “Estoy aquí dándome estos atracones y en mi casa no tienen qué comer”. Este chico se refiere a su mujer, a un hijo de seis meses,  a sus padres, ambos discapacitados y a sus abuelos. Entre todos juntamos algo de dinero, una caja de galletas y algo de comida. Un fin de semana se lo llevó todo a su familia."

Iván Jurigánov tiene 23 años y también es padre. Durante esta “asamblea deportivo-militar” ha engordado cuatro kilos, pasando de los 57 a 61. Incluso el tatuaje que lleva en el brazo, un cáliz médico con una serpiente, se ha ensanchado un poco. Iván va a la mili con mucho gusto y no le preocupa haber dejado sola a su mujer con su niño. Mijáilenko dice que hay muchos chicos así. "Para ellos la mili es la salvación. En primer lugar, hay una boca menos que alimentar, y, por otro, la mujer recibe una subvención porque el cabeza de familia está en el ejército”.

El texto se publica en su versión abreviada. El original ha sido publicado en ruso en la revista Ogoniok.

 

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