Irina Bogdaschevski y su embajada literaria

Tiene 84 años, fue alumna de Borges en la Escuela de Biblioteconomía y en cierta ocasión osó discutir con él. En cuanto a su identidad, se reconoce rusa (aunque visitó Rusia por primera vez en 1990), y en lo que se refiere a sus afinidades políticas se declara anarquista, admiradora de Kropotkin. Estuvo en un campo de concentración en Austria en 1944 y, también en Buenos Aires a causa de las manifestaciones populares en apoyo al socialista Alfredo Palacios. En 1999 fue galardonada por la Embajada de Rusia en Argentina con el Premio Alexánder Púshkin por su obra y traducciones.

El pasado 18 de noviembre la emoción llegó hasta las lágrimas de los asistentes a las jornadas dedicadas a la obra de la poeta Marina Tsvietáieva en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Actualmentes está traduciendo la prosa de Serguéi Dovlátov, pero ha encontrado tiempo para hablar con nosotros sobre literatura.

La carátula del libro Cazador de Ratas traducido del ruso por Irina Bogdaschevski

“Si mi alma ha nacido alada…”

Si mi alma ha nacido alada,

¡Qué le importan chozas, o ricas moradas!

¡Qué le importan Gengis Khan, o qué – el malón!

En el mundo mis dos enemigos son,

mellizos inseparables y mancomunados:

el hambre de los hambrientos y la saciedad de los saciados.

Marina Tsvietáieva escribió este poema en 1918 en Moscú, en plena revolución bolchevique, mientras el extenso imperio estaba sumido en una guerra civil y tenía lugar una profunda reestructuración de valores, justamente en torno al “hambre de los hambrientos y la saciedad de los saciados”. A la larga, estos enemigos hicieron que el alma de la poeta rusa no aguantara más.

Irina Bogdaschevski, filóloga, traductora y escritora bilingüe, también nació con un alma alada. Quizás por eso, desde el poblado argentino de Villa Elisa, su traducción de Tsvietáieva suene con tanta fuerza y autenticidad. Irina también pasó por los horrores de la guerra y del exilio, también luchó por conservar su identidad y sus principios… Y ganó. Hoy es una especie de “embajadora literaria”: gracias a su trabajo los lectores en español se han acercado a la obra de numerosos poetas rusos del llamado “Siglo de Plata”: Tsvetáieva, Blok, Mayakovski, Ajmátova… También han podido conocer a los más contemporáneos: Arseni Tarkovski, Joseph Brodski, Bella Ajmadúlina, y leer a los clásicos como Lev Tolstói o Antón Chéjov, entre otros.

Los lectores rusos también han salido beneficiados. Gracias a sus traducciones han conocido nuevos nombres de la literatura argentina. Autores como Pablo de Santis, Gabriel Báñez, Leopoldo Brizuela, Griselda Gambaro, Sara Gallardo o Paulina Juszko, cuyos relatos fueron publicados en la revista “Nieva” de San Petersburgo en 2004.

Los desafíos

Dicen que decae la demanda de literatura; que el gusto de la gente se ha vuelto mezquino, que los temas serios ya no son rentables para las editoriales. Pero Irina Bogdaschevski, respaldada por su propia experiencia, no comparte este punto de vista. No solamente lo dice por la gran cantidad de personas que han llenado los salones de la Biblioteca Nacional durante la Semana de Marina Tsvietáieva. Ni siquiera porque “Mi Pushkin” (un emotivo ensayo, escrito por la poeta rusa y traducido por Irina) lleve cuatro ediciones en Argentina. Para la traductora es más significativo la repercusión que tuvo el libro “Diez poetas rusos del Siglo de Plata”, publicado por el Centro Editor de América Latina en 1982.

“A la cabeza de CEAL estaba Borís Spivakov, un judío ruso. Creo que su aporte a la cultura en Argentina fue enorme. Creaba “colecciones de bolsillo” que fueran accesibles a los estudiantes y jóvenes. ‘Diez poetas…’ formaba parte de una serie que se llamaba ‘Biblioteca básica universal’, muy difundida en aquel entonces”, recuerda Irina.

Otro reciente éxito editorial corresponde a “Nosotros”, la obra de Evgueni Zamiatin que inspiró a George Orwell y Aldous Huxley a adentrarse en los peligros que acarrea el totalitarismo. “Existía una versión en español, pero era demasiado ‘castiza’, lejana del lenguaje rioplatense. Me pareció importante poder acercar la novela al lector latinoamericano.”

La versión de Irina fue publicada por la editorial “Miluno” el año pasado y no solamente ha tenido buenas ventas, sino también elogios por parte de los filólogos. Laura Estrín, profesora de Teoría Literaria y Literaturas Eslavas de la Universidad de Bunos Aires, afirma: “Acabo de terminar de leer rápido y como loca, literalmente, este libro que hace exactamente 21 años conocí en la facultad. No es solo una novela, una utopía, sino un diario y una novela de amor terrible, descarnada, fuertísima.”

“Borges es un Nabókov argentino”

Irina considera a Borges el principal autor de las letras argentinas. Dice que el Maestro “es mucho de todo y un poco más”. En 1949, cuando los Bogdaschevski llegaron a Buenos Aires desde Austria, Borges dirigía la Escuela de Biblioteconomía y daba clases de teoría de la traducción.

“No nos reconocían los estudios cursados en Austria y por eso, antes que nada, debíamos hacer 58 exámenes, correspondientes a la escuela secundaria. Sin embargo, pude entrar en Biblioteconomía porque Borges revisó mi ficha traída de Europa y me aceptó antes de que hiciera los exámenes exigidos por la ley”.

En cierta ocasión llegaron a discrepar: el Maestro dijo en clase que, a juzgar por las opiniones de sus amigos rusos, es mejor leer traducido a Dostoievski que en el idioma original, ya que el autor ruso peca de imperfecciones. Irina rebatió la postura del profesor, explicando que los amigos de Borges tenían una visión “demasiado decimonónica” y que seguramente tomarían partido por Tolstói en la histórica discusión entre los dos gigantes de la literatura rusa.

Muchos años después, el Maestro y la alumna se volvieron a encontrar casualmente por la calle y Borges, ya ciego, reconoció a Irina por la voz: “¡Usted es aquella exótica rusa que me retó públicamente!”

Entre la obra borgiana Irina destaca “El Aleph” y los cuentos que escribió en sus comienzos. Lo compara con Nabókov, y se enorgullece de haberlo conocido en persona.

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