Juventud esperanzada

Las protestas en Chístye prudy. Foto de AP/Photostock

Las protestas en Chístye prudy. Foto de AP/Photostock

Las protestas de los últimos días no han sido más que un fenómeno regional, es decir, se han desarrollado sólo en la capital. Sin embargo, demuestran que una generación de jóvenes, que antes no se interesaba por la política, puede empezar a hacerlo. Es difícil predecir lo que va a pasar, pero sí parece que estos jóvenes no van a seguir mirándose solo y exclusivamente a sí mismos.

Las elecciones han pasado y las emociones postelectorales también pasarán. Con todos los respetos a los participantes en las manifestaciones en la plaza Triunfálnaya, tengo que decir que estos fogonazos de actividad son estrictamente locales. Dentro de una semana el país se habrá olvidado de la política, mientras se prepara para el Año Nuevo. Quizá sea ahora el momento de entender lo que ha sucedido y pensar qué es lo que puede venir.

Lo más probable es que los que han salido a protestar vuelvan a caer en un estado de hibernación, ya que una parte está muy satisfecha con el mero hecho de protestar y otra se ha convencido rápidamente de que no va a romper una lanza por nadie. Y es el LDPR y Rusia Justa van a formar una coalición con Rusia Unida o, hablando claramente, van conseguir unos muy buenos puestos en el parlamento; con eso estarán más que satisfechos. Por su parte, los comunistas vuelven a quedar como los “eternos segundones”, los críticos ofendidos. Así que, por lo que respecta al parlamento, no ha cambiado nada, y el electorado descontento se convencerá de esto rápidamente. Y es precisamente por esta razón por lo que es tan relevante el buen resultado de “Yábloko” (partido liberal). Es posible que nada haya cambiado en las estructuras de poder, pero la intelligentsia democrática puede volver a sentirse importante y retomar la actividad tras diez años de silencio. Este hecho puede cambiar la distribución de fuerzas en la sociedad de modo que estos grupos liberales tengan perspectivas de convertirse en elementos de contención del poder. Sin embargo “Yábloko” ha cumpido su objetivo solo en parte: aunque figura en el espectro de fuerzas políticas, no ha conseguido entrar en el parlamento, que, a partir de ahora, no será monopolio de cuatro partidos, sino un “4+1”.

Sobre las elecciones presidenciales que se celebrarán el próximo marzo todo está claro. Sí, seguramente sean mucho más movidas que en 2004 y 2008, pero todo el mundo sabe que todavía no hay una figura capaz de competir con Putin. El problema para el poder es lograr que su imagen no se siga degradando una vez ganadas las elecciones. Hay indicios que hacen pensar en que los tecnócratas del Kremlin están algo desconcertados. Todavía no han resuelto qué hacer con Rusia Unida y están estudiando la posibilidad de volver a incluir la papeleta “contra todos” como opción de voto.

Lo que ocurre es que los problemas a los que se enfrenta la oposición son mucho más difíciles que los que tiene Putin. No es posible conseguir una victoria política en la Rusia actual, que cuenta con una amplia experiencia en procesos revolucionarios, sin un objetivo positivo y sin una alternativa clara. La oposición no puede ofrecerlos; el único sentimiento generalizado es el de protesta. Las autoridades pueden permitirse que se haga cada vez más fuerte, hasta el punto de amenazar con la desestabilización; en ese momento, perderá inmediatamente el apoyo de la mayoría.

Sin embargo, no sólo se trata de política. Las pasadas elecciones confirman que en Rusia existen tres zonas, con poblaciones y mentalidades muy diferentes. La primera corresponde a las dos capitales, donde el aire de descontento se ha dejado sentir con más fuerza y donde es popular la idea de democracia al estilo occidental. La segunda zona está compuesta por gran cantidad de regiones en las que también se respira un ambiente de indignación, pero que carecen de cualquier matiz democrático. Y la tercera, una zona completamente controlada en la que la única ley es la voluntad del khan del lugar.

Surge entonces la pregunta, ¿es posible realizar una reformas profundas en un país dividido en zonas que no comparten una misma mentalidad? Durante la época de Gorbachov se planteó la misma pregunta y la respuesta fue negativa. Desde entonces, en las antiguas repúblicas soviéticas existen diferentes sistemas políticos. ¿Acaso significa esto que los intentos reales de cambio, y no sólo las reformas decorativas, a escala de la Federación de Rusia suponen una amenaza para la integridad territorial? La respuesta es que no. Y las reformas tampoco. ¿Qué ocurre entonces? Nos espera un estancamiento desastroso para el país, un mantenimiento de la situación sin salida? Podría decirse que así es, aunque parece que ha habido dos tendencias positivas.

La primera de ellas tiene que ver con la politización de la juventud. Durante mucho tiempo la “generación Pepsi” no se ha interesado por nada que no fuera ella misma, pero durante las elecciones el poder la ha despertado con su torpe presión administrativa. Los jóvenes, con ayuda de las redes sociales, llevaron a cabo una verdadera caza al “pucherazo” y ahora se muestran muy preocupados por las noticias del fraude. Evidentemente, una parte importante se calmará dentro de poco y volverá a su estado anterior, pero muchos de ellos acaban de probar lo que es la lucha política y se van acercando a los partidos de la oposición. Esto resulta significativo sobre todo para el bando democrático, que desde hace tiempo necesitaba contar con jóvenes entre sus filas.

La segunda tendencia es la misma que hemos visto este año en los países árabes; la autoorganización de la sociedad mediante las redes sociales. El término “comunidad virtual” toma fuerza hasta el punto de influir en el resto de ciudadanos, incluso para empezar a suavizar las diferencias entre las regiones. Por lo visto, este proceso se está acelerando. La cuestión es si esta comunidad está preparada solamente para protestar o si también puede defender a alguien. Y si es que sí, ¿a quién?

También en esta “Rusia virtual” hay dos fuerzas. Por un lado, los nacionalistas, a los que les une la hostilidad hacia los inmigrantes, y, por otro, el renovado movimiento democrático. Probablemente, cuando ambas tendencias pasen del espacio virtual al “real”, se enfrenten entre sí a la vez que se oponen al presidente. Es difícil decir cuáles serán las consecuencias, pero parece que no podemos contar con nadie más que con la “generación pepsi”.

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