Guerra espacial

Foto de NASA

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El Departamento de Defensa de EE UU ha anunciado su intención de desplegar una telaraña de satélites alrededor de la Tierra capaces de destruir otros dispositivos espaciales. Rusia también ha declarado que pretende desarrollar un sistema similar. La defensa de los satélites puede suponer la militarización del espacio. ¿Es conveniente esta nueva carrera militar?

El Departamento de Defensa de EE UU anunció el inicio de un nuevo y ambicioso programa espacial que prevé desplegar una auténtica telaraña de satélites con órbitas alrededor de todo el planeta. Esta red podría crearse a partir de 288 dispositivos espaciales del sistema GPS y satélites de órbita baja de la familia Iridium. Por su parte, la sección espacial y de telecomunicaciones del programa ruso de modernización Skólkovo, se plantea un objetivo prácticamente análogo. Según Serguéi Zhúkov, “Rusia tiene que estudiar las posibilidades de unir distintos sistemas de satélites. De esta manera, se crearía una especie de camisa para la noosfera tecnológica del futuro”. Pero en la práctica, ¿cuál sería el fin y cómo se utilizará este tipo de camisa?

Sin duda alguna, los objetivos serán principalmente militares. Los satélites son la base de las fuerzas armadas de los países desarrollados, y el objetivo de las guerras del futuro no consistirá en apoderarse del territorio del adversario, sino en asestarle al enemigo golpes certeros en puntos estratégicos. Es decir, las tropas terrestres, cuya mayor fuerza se concentra en los tanques blindados, podrían dejar de jugar el papel que actualmente se les atribuye. En este nuevo escenario basado en “armas estratégicas”, el acento se desplaza de la clásica “tríada nuclear” a los medios no nucleares basados en sistemas de armamentos de alta precisión (SAAP) con distintos tipos de soporte. El uso de estos sistemas resulta imposible sin un gran número de dispositivos orbitales logísticos, es decir, medios de prospección, aviso, pronóstico, comunicación, navegación y fijación del objetivo.

Ya en 2004, el general Vladímir Slipchenko, principal especialista del Centro de Estudios Militares y Estratégicos del Estado Mayor afirmó en una entrevista concedida al autor de este artículo que: “El objetivo primordial de los Estados Unidos no consiste en crear un escudo antimisiles nacional, sino en ensayar la aplicación de la infraestructura espacial de prospección y espionaje para llevar a cabo guerras sin contacto.”

Según los cálculos del general, es de esperar que hacia 2020 el número de sistemas de armamento de alta precisión en poder de las principales potencias del mundo llegue a los 70.000-90.000. Podemos imaginarnos la gran cantidad de sistemas de satélites necesarios para darles apoyo logístico. Por lo tanto, cientos de aparatos aparentemente inofensivos que de por sí no son sistemas de combate, se convierten en parte inalienable de las principales armas del siglo XXI, las de alta precisión.

Guerra de las galaxias

Sin embargo, los propios satélites podrían convertirse en un objetivo fácil y constituyen el talón de Aquiles de dichos sistemas. Esto provoca la tentación de buscar métodos asimétricos para influir sobre el potencial de los sistemas de alta precisión, a través de la desactivación de las constelaciones de satélites. Todavía en pleno auge de la Guerra Fría, Estados Unidos y la URSS llevaron a cabo experimentos para derribar objetivos más allá de la atmósfera. Sin embargo, hacia finales de los años 80, los ensayos fueron suspendidos por miedo a que los fragmentos resultantes pudieran impedir el trabajo de los satélites militares, entre otros. Hoy en día, parece que se está volviendo a la idea de una guerra espacial.

El 11 de enero de 2007, los chinos llegaron a abatir con éxito su propio satélite meteorológico. Un año más tarde, el 21 de febrero de 2008, EE UU derribó un satélite espía descontrolado que se había salido de órbita. Oficialmente, el lanzamiento de un misil interceptor desde el crucero Lake Erie localizado en el Océano Pacífico se explicó como una maniobra destinada a la seguridad de los habitantes del planeta, ya que los restos del aparato que no se hubieran quemado al atravesar las capas densas de la atmósfera podrían caer sobre la Tierra. Hay que señalar que el satélite fue abatido a una altura de 247 km por un misil SM-3 especialmente actualizado para tal fin, el mismo que ahora forma parte de los sistemas que garantizan el despliegue del futuro escudo antimisiles europeo.

Por lo tanto, existe una posibilidad real de abatir satélites, por lo que tarde o temprano surgirá la necesidad de defenderlos, algo que podría llevar al despliegue de todo tipo de armamentos en la órbita terrestre. Los estadounidenses, a través del anterior secretario de defensa, Robert Gates, ya declararon que la defensa de sus dispositivos espaciales sería prioritaria.

Los militares y los políticos rusos están preocupados desde hace mucho tiempo por la posible militarización del espacio. En particular, el comandante de las tropas espaciales (un cuerpo aparte dentro de las fuerzas armadas de Rusia) y general de ejército Vladímir Popovkin, actual  director de la Agencia Estatal Espacial Roskosmos, afirmó: “Si alguien tomase la decisión de desplegar armas en el espacio, nosotros nos veríamos obligados a tomar las medidas oportunas para no jugárnosla,  como se suele decir vulgarmente.”

¿Implica esto que la militarización del espacio, provocada por la necesidad de defender las constelaciones y los grupos de satélites es tan sólo cuestión de tiempo? Si entendemos como militarización el despliegue en el espacio de sistemas capaces de abatir objetivos en la atmósfera, entonces la respuesta es afirmativa. En este caso, el espacio se convierte en una especie de torre de artillería desde la que se apunta hacia la Tierra en su conjunto.

Sin embargo, hay que señalar que la defensa de los satélites se podría alcanzar perfectamente desde medios situados en la Tierra. En 2007, el primer viceministro ruso Serguéi Ivanov planteó ante la industria armamentística del país la tarea estratégica de crear un sistema único de medios de defensa antiaérea, antimisil y antiespacial. La principal empresa encargada en llevar a cabo este proyecto es el grupo de defensa antiaérea Almaz Antéi. Ya se han fijado los plazos para su desarrollo dentro del marco del programa armamentístico hasta 2015.

Según la definición de Ivanov, “se combinarán sistemas de combate, de información y otros ya existentes que, en conjunto, tendrán que garantizar, por así decirlo, tres tipos de defensa: antiaérea, antimisil y antiespacial.”

Es difícil decir qué camino seguirán los estadounidenses para defender sus más de 500 satélites actuales. Sin embargo, todos nos sentiremos más seguros si las plataformas militares de lanzamiento se quedan en la superficie terrestre, más previsible y mucho mejor estudiada, y si dejamos los aparatos destinados a servir a los intereses de la “noosfera del futuro” funcionar en el espacio.

Andréi Kisliakov, observador político-militar de RIA Novosti

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