Hacia la autosuficiencia

El los últimos años se ha producido un aumento exponencial de la inversión privada en el fútbol. Algunos clubes aparecen en las listas de los más ricos de Europa y se han conseguido éxitos deportivos. Sin embargo, los clubes son deficitarios y muestran dificultades para aumentar sus ingresos. En cualquier caso, hay potencial suficiente para encontrar vías que conduzcan a la autosuficiencia.

Obras de construcción del nuevo estadio del Zenit de San Petesburgo, que tendrá capacidad para 62.000 espectadores (fc-zenit.ru)

 

En Europa occidental estamos acostumbrados a que los presupuestos de los clubes de fútbol y de los clubes deportivos consistan en una relación más o menos equilibrada entre ingresos y gastos, como en cualquier empresa. Los gastos pueden ser tan variopintos como la imaginación alcance, mientras que los ingresos provienen de asuntos tan familiares como: la recaudación por taquilla, la publicidad, el merchandising, la venta de futbolistas, los derechos televisivos… Pues bien, esto no funciona así en Rusia.

 

Un club deportivo es, por definición, y desde hace algunos años un pozo de rublos a fondo perdido, un juguete de moda entre oligarcas. Se trata de una realidad asumida con naturalidad por las partes. Los dueños encajan las pérdidas sin pestañear, pues tan sólo suponen una gota en el océano de sus fortunas, y en cierto modo sirven para lavar su imagen ya que reviertien parte de lo que ganan en las compañías estatales en ocio. Los clubes se postran a sus caprichos y extravagancias a cambio de poder pagar las facturas y los aficionados son felices con el opio de los fichajes.


A pesar de lo ruinoso, la inversión privada en el deporte ruso ha crecido exponencialmente en el último lustro con el viento de cola de la pujanza económica, permitiendo a algunos clubes punteros (digamos Anzhi, Zenit o CSKA) asomar incluso la cabeza en los ránkings de los mayores presupuestos del continente. Por ejemplo, los 125 millones anuales que gasta el Zenit de San Petesburgo le sitúan al nivel del Atlético de Madrid o el Olympique, y por encima del Valencia. El aumento del gasto sostenido en el tiempo se traduce lógicamente en competitividad internacional y resultados. El CSKA y el Zenit ganaron la Copa de la UEFA en 2005 y 2008, respectivamente, los primeros títulos europeos en la historia del fútbol ruso.


Sin embargo, se trata de una inversión inconsistente a largo plazo, pues el capricho y la bonanza de un oligarca pueden cambiar, mientras que el club y su masa social permanecen. Por eso, en paralelo a los alardes faraónicos sin retorno, comienza a germinar en la élite del deporte ruso una conciencia sobre la necesidad de establecer modelos económicos sostenibles, la búsqueda de nuevas vías de ingresos, en definitiva, un camino hacia la autosuficiencia. “No tengo duda de que tarde o temprano los clubes rusos serán capaces de alcanzar ingresos comparables a los principales equipos de Europa”, declaró recientemente Leonid Fedun, magnate de Lukoil y dueño del Spartak de Moscú: “Nuestro club es un histórico del deporte ruso y soviético. Mi plan es que a finales de 2015 seamos autosuficientes”. Cuando Fedun adquirió el Spartak en 2004, los ingresos anuales del club eran de sólo 4,5 millones de dólares anuales. En 2010, los ingresos llegaron a los 30 millones, el 50% proveniente de la publicidad y el patrocinio. De todas formas, esos esperanzadores 30 millones no suponen todavía ni la mitad del presupuesto del club, que ronda los 75 millones, con lo que las pérdidas continúan siendo cuantiosas. Y es que el reto de la autosuficiencia es tan necesario como titánico.


Un estudio de campo


Titánico porque pese a esfuerzos puntuales, las estructuras económicas del deporte ruso son todavía un verdadero páramo. El periódico italiano, “La Gazzetta dello Sport”, publicó la semana pasada la lista de clubes europeos con mayores beneficios y no aparece ningún ruso entre los veinte primeros, pese a que sí los hay entre los veinte mayores presupuestos.


Un concepto de moda entre los grandes clubes meridionales es la venta de merchandising, un granero de ingresos con las camisetas como producto estrella. Un sencillo estudio de campo en diez establecimientos de ropa deportiva del centro de Moscú arroja resultados significativos sobre el escaso desarrollo de este mercado. Cuatro de las diez tiendas vendían la equipación de la selección nacional. Bien conocida es la fascinación rusa por lo importado: cuatro de las diez vendían camisetas de clubes occidentales, muy especialmente del Real Madrid y del Chelsea. Sin embargo, sólo en uno de los diez establecimientos se vendían camisetas de algún club ruso (de los equipos locales, CSKA y Spartak en este caso). Fuera de los canales oficiales, están los puestos de souvenirs con falsificaciones. Pese a que no generan beneficio a los clubes, toman el pulso a las preferencias de la demanda. Pero es que en este caso apenas encontramos camisetas. A lo sumo, alguna que otra bufanda del CSKA entre el típico enjambre de matrioshkas.


Aunque representativa, la venta de camisetas es sólo la punta del iceberg del vasto mercado virgen del deporte ruso. Los derechos televisivos son la verdadera mina por explotar, dado que la audiencia potencial es acorde a la población del país: 142 millones, como Alemania y Francia juntas. La UEFA tomó conciencia de dicho potencial en la Eurocopa de 2008, cuando Rusia alcanzó las semifinales y disparó la audiencia televisiva del torneo respecto a ediciones anteriores. Según un estudio de TNS, el 67% de los adultos rusos siguió por televisión el partido ante Suecia (18-6-2008), marcando un nuevo récord nacional de audiencia por delante del discurso de Año Nuevo de Putin. Lógicamente, Rusia fue, en términos absolutos, el país donde más personas siguieron aquella Eurocopa. Un potencial que, sin embargo, todavía no se ha sabido capitalizar a nivel de clubes. La plataforma NTV Plus, propiedad de Gazprom, paga 45 millones de euros anuales por los derechos televisivos de la liga nacional (Premier). Migajas en comparación con los 602 millones de la liga española o los 953 de la inglesa.

 

Los estadios y la capacidad adquisitiva

 

Otro gran reto pendiente sería el de los estadios, pequeños y anticuados en su mayoría, que a duras penas cumplen las exigencias UEFA y que, muy especialmente, limitan la capacidad para generar ingresos. Por eso, los clubes importantes, como Zenit y CSKA, tienen ya en marcha proyectos de construcción de nuevos estadios, más grandes y modernos. Sin embargo, aunque el aforo de los recintos aumente, la recaudación por taquilla seguirá siendo escasa en comparación con los vecinos occidentales, debido al bajo precio de las entradas, acorde con la capacidad adquisitiva de la clase media rusa, que no crece al mismo ritmo que la de los oligarcas que rigen sus clubes deportivos. 



 Imagen del Anzhi-CSKA, el precio de las entradas oscilaba entre los 2,5 y los 7,2 euros (Foto: rfpl.org)


Otro gran reto pendiente sería el de los estadios, pequeños y anticuados en su mayoría, que a duras penas cumplen las exigencias UEFA y que, muy especialmente, limitan la capacidad para generar ingresos. Por eso, los clubes importantes, como Zenit y CSKA, tienen ya en marcha proyectos de construcción de nuevos estadios, más grandes y modernos. Sin embargo, aunque el aforo de los recintos aumente, la recaudación por taquilla seguirá siendo escasa en comparación con los vecinos occidentales, debido al bajo precio de las entradas, acorde con la capacidad adquisitiva de la clase media rusa, que no crece al mismo ritmo que la de los oligarcas que rigen sus clubes deportivos.


Por ejemplo, una entrada para un partido de Europa League del Lokomotiv de Moscú cuesta entre 6 y 24 euros. Ver un encuentro de liga del vigente campeón, el Zenit de San Petesburgo, cuesta entre 7 y 28 euros. Si nos alejamos de las dos grandes urbes del país y nos adentramos en las provincias, donde la capacidad adquisitiva media es aún menor, los precios de las entradas se tornan irrisorios. Por ejemplo, y pese a que el equipo local es uno de los nuevos ricos del fútbol mundial, ver un partido entre el Anzhi Majachkalá y el CSKA de la Premier rusa cuesta entre 2,5 y 7,2 euros. Por comparar: los abonos de temporada del Real Madrid oscilan entre los 2.300 y los 25.000 euros. Las entradas para el Camp Nou, dependiendo del interés del partido, varían entre los 19 y 89 euros las más baratas y entre 59 y 265 euros las más caras. Mientras que ver un encuentro de Champions League del Chelsea de Abramovich en Stamford Bridge (Londres) cuesta entre 65 y 102 euros. Y así podríamos seguir…


De todas formas, un estadio moderno no significa sólo mayor potencial de recaudación por taquilla, sino también de ingresos por palcos VIP, aparcamiento, publicidad estática o alquiler de locales comerciales (bares, restaurantes y tiendas dentro del estadio). Pero es que todos esos conceptos están igualmente condicionados por la capacidad adquisitiva de la masa social del club. El caso es que este incipiente proceso de modernización económica y búsqueda de modelos sostenibles en el deporte ruso debería traer consigo un proceso de selección natural. Mientras los clubes asociados a grandes ciudades, respaldados por una masa social numerosa y crecientemente acomodada poseen un potencial de ingresos con el que aspirar a la autosuficiencia, otras inversiones (tipo la del Anzhi) están necesariamente condenadas a un camino de no retorno.

 

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