Más allá del problema iraní

Imagen de Niyaz Karim

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Rusia ha declarado que no va a apoyar las nuevas sanciones de Naciones Unidas contra Irán propuestas por Estados Unidos y las principales potencias europeas. El motivo de estas propuestas ha sido el informe del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), en el que los expertos confirman que el régimen de Teherán está intentando producir armas nucleares. El columnista de Kommersant FM, Konstantín Eggert, considera que esta decisión de Moscú es, en cierto modo, bastante significativa.

El llamado “deshielo de Medvédev” en política exterior se ha terminado. Rusia, tras un breve lapso de tiempo en los años 1990, ha vuelto a su posición inicial, es decir, a una postura de estricta defensa de los regímenes políticos no alineados. Moscú sigue insistiendo en el papel primordial de Naciones Unidas en los asuntos internacionales y, sin embargo, critica duramente el informe de la OIEA (que pertenece a la propia ONU Naciones Unidas) por la sencilla razón de que no le gusta.


 
Tuve la ocasión de leer el informe y no me parece que en este documento haya ningún tipo de politización o intento de manipular los hechos, aunque esa sea la impresión de los representantes del ministerio de asuntos exteriores ruso. Lo que ocurre es que resulta imposible hacer la vista gorda ante algo que todo el mundo sabe desde hace muchos años, es decir, ante el hecho de que Irán desea convertirse en una potencia nuclear. Es así y resulta imposible, incluso desde la perspectiva de los especialistas de la OIEA, tradicionalmente muy cautelosos. Moscú afirma que las nuevas sanciones contra el régimen de Teherán complicarían las relaciones políticas y diplomáticas en relación al tema iraní. Pero hay que recordar que los iraníes han tenido cantidad de oportunidades para cerrar esta cuestión desde hace ya muchos años. Bastaba con dejar de mentir sobre los reactores y la centrifugación del uranio.


 
En realidad, Teherán no se esfuerza mucho en esconder su objetivo final. La dictadura religiosa de Teherán se siente desde hace mucho tiempo horrorizada ante el riesgo de correr la misma suerte que Saddam Hussein, Gadafi y Mubarak. Para evitarlo, necesita la bomba atómica y misiles balísticos. Además, también son necesarios para que el régimen de los ayatolas pueda controlar políticamente el Irak chiíta, así como para chantajear, en caso de necesidad, a los estados del Golfo Pérsico e incluso a Turquía, Azerbayán y Asia Central. Aunque Irán no reconozca el derecho a existir de Israel, es poco probable que llegue a atacar a este país, porque la reacción de los israelíes sería devastadora. Pero, ¿por qué no ayudar a Hamás y Hezbolá a crear la una llamada “bomba atómica sucia”?


 
Moscú afirma que las nuevas sanciones podrían provocar un cambio de régimen en Irán. Y yo me pregunto: “¿Es eso tan tan malo? ¿Alguien, aparte de los militares sirios, los radicales libaneses y palestinos, así como China, que le compra petróleo a Irán, ¿se sentiría mal si los herederos de Jomeini pasaran a la historia?"


 
La cuestión es que no se trata de Irán en sí, mejor dicho, no sólo se trata de Irán. Parece que la administración rusa tiene miedo a que Occidente vuelva a ganar la batalla, porque de esta manera volvería a demostrar, por enésima vez, que en el ámbito de la política exterior nuestro país se encuentra en un callejón sin salida en compañía de Ahmadineyad, Lukashenko y Assad. Pero, desgraciadamente, estos ni tan siquiera son nuestros aliados. En el mejor de los casos, sólo son compañeros de viaje.

Publicado originalmente en: http://kommersant.ru/doc/1812866  (en ruso)

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