Recuerdos del naufragio: veteranos

Es noviembre, y en el centro de Moscú cae la primera nevada importante de este otoño. En el Centro Español, situado cerca de la moscovita parada de metro “Kuznetsky Most” se reúnen los llamados “Niños de la Guerra”, aquellos niños y niñas, hijos de republicanos, que, durante la Guerra Civil española, fueron enviados a la Unión Soviética en espera de una victoria que nunca llegó.

Hoy es viernes, el día “de los chicos”, por eso se reúnen sólo hombres, dispuestos a pasar la tarde entre partidas de cartas, bromas y recuerdos. Las “chicas” se juntan los martes. Muchos de estos “niños de la guerra” regresaron a España, ya desde el año 1956, otros han fallecido. Este viernes, mientras charlamos sentados frente a una mesa repleta de ensaladas, embutidos y donde no falta el vodka,  llega la noticia de que una de las “chicas” falleció el día anterior.

Muchos de ellos rondan los 90 años, vivieron toda su vida en la Unión Soviética, y después en Rusia. Ahora, que se cumplen 20 años de la desintegración del imperio soviético, recuerdan esos días con desagrado.

“Eran tiempos muy malos”, asegura Enrique  Veintimilla Alonso, descendiente de “niños de la guerra”  y actual secretario del Centro Español, “el dinero no valía nada, había que comprar al precio que fuera, con los talones que nos daban”. La carestía de productos es el recuerdo más vivo de estos hombres: “Salchichón, vodka, azúcar…no había de nada” continúa Enrique.

“Aquellos años no queremos recordarlos”, afirma taxativo Manuel Pereira Alonso, “además el alcalde de Moscú, Gavrill Popov, implantó la norma de que si no eras Moscovita no podías recibir alimentos en las tiendas, y eso era un problema, por que yo tenía invitados en casa y sólo tenía talones para mi”. Manuel remarca lo importante de la falta de productos básicos: “el vodka era algo innecesario, pero el azúcar y el pan…¡aquello era peor que el anarquismo!”

Otros, como Sotero Andrés, uno de esto niños de la guerra con más de 90 años a sus espaldas y una memoria lúcida, pasaron aquellos días con relativa normalidad, y, pese a las tensiones políticas, sólo fue consciente de lo que pasaba cuando todo se vino abajo : “ yo me enteré por casualidad. Estaba recogiendo avellanas y setas en un parque cerca de mi casa, oí un ruido muy raro y fuerte, me di la vuelta y allí había una fila de tanques”. Era el golpe de estado contra Mijaíl Gorbachov, en agosto de 1991, que a la postre supuso el finiquito decisivo al gobierno comunista.

 Sotero recuerda que tras la subida al poder de Yeltsin las sensaciones eran “positivas”, pero que pronto todo se torció: “había unas colas enormes, para comprar cualquier cosa. Lo pasamos muy mal”

Sotero Andrés tenía entonces 70 años, pero como muchos hombres de su edad durante aquella época seguía trabajando. Recuerda como tras la desaparición de la Unión Soviética los pagos de los salarios se retrasaron, pero “no demasiado”. En cambio Andrés Landabaso, hijo de un “niño de la guerra” asegura que en su caso los retrasos en las nóminas se acumularon “durante seis meses”.

La política es el tema más espinoso. Enrique vio la llegada al poder de Yeltsin con buenos ojos, al menos al principio: “había más libertades que en la Unión Soviética”. En cambio Nicolás Gregorio Rodríguez, un anciano que es todo vitalidad y nervio,  le responde tajante : “yo era igual de libre antes”.

El tránsito a la democracia también supuso un cambio significativo para los exiliados españoles. Hasta 1991 los “niños de la guerra” contaban con la ayuda económica de la Cruz Roja, que era gestionada por el Partido Comunista de la Unión Soviética. Desaparecido el PCUS, fue el gobierno español, mediante acuerdos con la Federación Rusa, el que financió los gastos de este centro.

Desde entonces este centro, su “segunda casa”, como todos llaman al Centro Español, se ha mantenido “gracias a la voluntad de seguir viéndonos pese al paso del tiempo, y organizando actividades para hermanar a el pueblo ruso y español” como nos cuenta Enrique, el Secretario. El dinero llega desde 1992 con  las cuotas de los miembros y las subvenciones del IMSERSO, que  han permitido al centro pervivir pese a la desaparición del sistema soviético.  Al menos hasta ahora, ya que la crisis amenaza con dejar sin fondos a este centro, que podría verse obligado a echar el cierre el próximo enero.

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