Regimiento de objetores de conciencia

Hospital de la Ciudad de Moscú, donde sirven los reclutas de la PSS. Foto de Photoxpress

Hospital de la Ciudad de Moscú, donde sirven los reclutas de la PSS. Foto de Photoxpress

La pasada primavera el ejército llamó a 218.000 jóvenes para que cumplieran el servicio militar. Este otoño se prevé que el número de reclutas ronde la misma cifra. A pesar de que en Rusia existe la posibilidad de acogerse a la prestación social sustitutoria (PSS), un derecho que contempla la Constitución de 1993, muchos jóvenes creen que en la práctica es difícil librarse de la “mili”. En 2008, la duración del servicio militar se redujo a un año y la PSS a 21 meses. Si los objetores cumplen su PSS en organizaciones de la rama militar (en compañías de construcción de obras especiales o en fábricas militares), el periodo se acorta a 18 meses. Además, funciona también el principio de la extraterritorialidad, es decir, no se tiene en cuenta el lugar de residencia. Al mismo tiempo, la retribución es equivalente al salario mínimo y el trabajo que se lleva a cabo suele exigir grandes esfuerzos físicos y carece de prestigio social.

Dadas las duras condiciones de la PSS, tras los primeros años de la entrada en vigor sólo optaron por ella jóvenes pacifistas o personas que por sus creencias religiosas tienen prohibido usar armas,  Testigos de Jehová, baptistas y  adventistas. Hoy en día la mayor parte de los que se acogen a la PSS lo siguen haciendo por motivos religiosos.
 
Un principio no válido

La PSS no garantiza, ni mucho menos, que los jóvenes puedan trabajar en algo relacionado con su educación o conocimientos. Lo que sí tienen garantizado es la aplicación del Estatuto de Trabajadores que especifica el salario, las vacaciones, los fines de semana libres y, en algunos casos, una estancia gratuita en viviendas o residencias comunitarias, aunque Ígor Nizov, jefe del Departamento de Organización y Control del Servicio Federal de Trabajo y Empleo (Rostrud)  pone en duda este último punto: “Pocas empresas disponen de residencias comunitarias, y en pocos casos se consiguen recursos adicionales para poder alquilar un piso en el que vivan los objetores”. Por eso, dice Nizov, “la gran mayoría de los objetores trabaja en su lugar de residencia”.

A efectos prácticos, no se cumple el principio de extraterritorialidad, salvo en los casos en que los jóvenes son enviados a realizar la PSS fuera de sus ciudades al no existir plazas en el lugar donde viven.
Los sueldos que reciben son bajos, aunque han aumentado en los últimos años. En 2004 cobraban unos 600 rublos (unos 14 euros) anuales, ahora su retribución es de entre 8.000 y 9.000 rublos de media (entre 190 y 210 euros). En las empresas de construcción de obras especiales, los salarios pueden alcanzar los 20.000 o 30.000 rublos (470 y 700 euros). A diferencia de los empleados ordinarios, los objetores no tienen derecho a rescindir su contrato de trabajo o a compaginar el empleo con otro para conseguir un dinero extra. Aunque no se prevé ninguna sanción si se incumple esta norma. Además, el objetor tiene derecho a estudiar a distancia o en clases nocturnas, una gran ventaja si además se tiene en cuenta que no tiene que pagar una vivienda durante 21 meses.

“¿No eres como los demás jóvenes?”

Defensores de los derechos humanos y los propios objetores denuncian que lo más complicado es que los empleados de la oficina de reclutamiento acepten las solicitudes para la PSS. “Parece mentira que gente adulta mienta a los solicitantes. Si no fuera tan grave podría parecer incluso divertido”, se indigna Serguéi Krivenko, director del grupo Ciudadano-Ejército-Derecho y miembro del Consejo presidencial para los Derechos Humanos. “Se escuchan frases como: ‘ahora no se aceptan solicitudes para la PSS; tiene que ir a otra oficina’, o ‘¿Qué es eso de la PSS? Hace tiempo que la cerraron”, explica.


“En el momento de entregar la petición, el chico trata a solas y sin testigos con funcionarios de la oficina de reclutamiento que a menudo se comportan mal”, dice Lev Levinson, experto del Instituto de Derechos Humanos y uno de los artífices de la ley. “Hay casos en los que, cuando te atienden, mienten e incluso amenazan. Te dicen que la solicitud está mal e incluso exigen un certificado de una organización religiosa y pruebas fehacientes de que el solicitante profesa esa fe”.

Ésta parece ser la manera habitual de confundir a los jóvenes. “A un chico le dijeron: ‘¿Y tú qué eres, homosexual? ¿No quieres ser un hombre? ¿No eres como todos los demás?’ Las conversaciones discurren por estos parámetros”, relata Elena Popova, coordinadora de la PSS de la organización humanitaria “Madres de soldados de San Petersburgo”, acerca de la presión psicológica que se ejerce en las oficinas de reclutamiento. Por otro lado, cada año se producen muchas muertes de soldados que no tienen que ver con la práctica militar.

Condiciones del servicio militar y de la PSS. Imagen de Niyaz Karim


Valentina Melnikova, presidenta de la “Unión del Comité de Madres de Soldados”, anunció hace poco que cada año mueren en las Fuerzas Armadas rusas alrededor de 2.000 personas, de las cuales hay entre 500 y -600 suicidios.

Los activistas de derechos humanos propusieron hace tiempo que se confeccionara una lista estatal con los lugares en los que se puede prestar la PSS, para facilitar que los objetores puedan escoger. Se eliminarían a cambio todas las prórrogas, siempre que no sea por motivos de salud.

“Probablemente esto haga más atractiva la PSS para los jóvenes”, afirma Lev Levinson. “Los militares están muy contentos con la situación actual. Su misión es reclutar y desanimarlos para que realicen la prestación social, porque de lo contrario, los objetivos de reclutamiento no se cumplirían. De momento, para ellos la objeción no constituye un problema, pero si los jóvenes empezasen a pronunciarse por esta opción, quedaría en evidencia que el sistema no está preparado para ello”, continúa Levinson.

No obstante, la popularidad de la PSS va en aumento. “Entre 2007 y 2009 solicitaron la prestación social sustitutoria unos 450 reclutas por año, entre 2010 y 2011 el número aumentó en 1,7 veces”, declaró el pasado julio Alekséi Vovchenko, jefe adjunto del Rostrud. “Nosotros mismos estamos un poco sorprendidos con estas cifras, ya que en esencia, la ley no ha cambiado, lo único que cambió fue la duración que en 2008 se redujo. Tal vez sea consecuencia de una reacción tardía o quizá que la forma de pensar de los jóvenes con respecto al servicio militar esté cambiando”, reflexionó Vovchenko.

Testimonios

“Limpiamos pabellones y cambiamos las sábanas a los enfermos”

Borís, de 22 años, cumplió en agosto pasado su PSS en una oficina de correos. “Después de graduarme en la universidad como operador de cine luché durante dos años contra la oficina de reclutamiento. Ignoré cuatro llamadas mientras intentaba obtener la autorización para la PSS”, recuerda. “Perdían constantemente los documentos y me pedían que los volviera a entregar. Decían que los habían enviado al Estado Mayor General y que allí los habían traspapelado. Al final, conseguí que me asignaran un servicio a la comunidad. No me negaba a ir a un hospital, estaba preparado para ello, pero por suerte me tocó trabajar de cartero”.
La única dificultad con la que se encontró fue que empezaba a trabajar a las seis y cuarto de la mañana. “Bueno, y también que tenía que trabajar los sábados. Pero aún así, no era el ejército. Hay vacaciones, baja por enfermedad remunerada... y el sueldo es el mismo que el del resto de trabajadores del servicio postal, 11.600 rublos (unos 270 euros)”, explica el joven.

Alexánder Kovalev también eligió la PSS y trabajó como conserje en un internado local para niños. Después de graduarse como mecánico, Sasha trató de conseguir la “sustitutiva” para no ir al ejército. “Me desagrada cualquier trabajo forzado y el militar más que todos”, explica. Con ayuda de la organización “Madres de Soldados de San Petersburgo” obtuvo con bastante facilidad el derecho a la PSS. Aunque el salario es escaso,7.000 rublos (unos 160 euros), Sasha valora más su tiempo libre ya que puede disfrutar de su afición a los coches. “Los fines de semana incluso puedo viajar al extranjero, a Finlandia o Estonia, con mis amigos”, dice.

El peterburgués Stanislav Vosinski, de 24 años, cumple la prestación social sustitutiva en un internado psiconeurológico en Strelna, lo que le supone cuatro horas de viaje al día. Para obtener su derecho tuvo que pleitear con la comisaría militar.

“Antes de la PSS, trabajaba como diseñador web. Quería cumplir el servicio civil en correos, pero me mandaron aquí. Fregamos los suelos de los pabellones y cambiamos las sábanas a los enfermos”.

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