San Petersburgo en los límites de la intimidad

El viaje es único e irrepetible: dos personas nunca tejen una misma experiencia ni cuando volvemos a un lugar las impresiones son las mismas. Somos incapaces de congelar la memoria y todos nuestros intentos (fotografía, escritura, vídeo…) son sólo aproximaciones, tentativas, reducciones. Daniel Blaufuks, en una armoniosa combinación de texto e imagen, cierra su personal trilogía de cuadernos de viaje con San Petersburgo, después de Londres y Móstar. La mirada extranjera y extrañada, compuesta de polaroids y esbozos de una crónica inacabada, construye «Uma viagem a São Petersburgo».

En una imagen de la exposición «Hoy es siempre ayer» de Daniel Blaufuks, en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro, se leen unos versos de “Quedarse en casa”, poema del brasileño Carlos Drummong de Andrade: «Viajar en fotografías; sentirse imagen fluctuando entre imágenes»; y el poema sigue: «la tierra domesticada en figura, que se torna familiar sin perder su esencia enigmática». Son estos versos un buen resumen de las sensaciones que deja al espectador de la edición facsímil de «Un viaje a San Petersburgo»: una serie de imágenes aparentemente anodinas, cotidianas, que «fluctúan» en el no lugar de la memoria, pero que por sus encuadres y texturas adquieren una enorme potencia lírica, la ambición proustiana de dilatar el tiempo como hacía el escritor francés con la frase, y conseguir que un lugar desconocido nos resulte a la vez «familiar» y «enigmático». Y, desde la quietud del espectador, «viajar en fotografías».

ISSUU UN VIAJE A SAN PETERSBURGO

La obra de Daniel Blaufuks se puede leer como la emoción estética e introspección fruto del viaje que, en su caso, no sabemos si no lo emprende el propio paisaje que atraviesa la geografía íntima de Blaufuks, o es éste quien de verdad se desplaza por él. El producto de la fricción entre el espacio físico y el mapa personal del artista portugués son imágenes densas en su sencillez, oníricas, polisémicas, que algunos han calificado de «prosa de la instantánea». Porque para descifrar el territorio íntimo de Daniel Blaufuks (Lisboa, 1963) es necesario remontarse a otros viajes, los que hicieron quienes le precedieron. Nieto de emigrantes judíos de ascendencia polaca y alemana que llegaron a Portugal a finales de la década de 1920, Blaufuks vivió más tarde siete años en Alemania para luego volver a Lisboa. Esta ciudad se ha convertido desde entonces, en su imaginario personal, en un lugar de acogida. Así lo aborda, por ejemplo, en su documental «Under Strange Skies» sobre la emigración judía que llegó a Lisboa durante la Segunda Guerra Mundial o en parte de la serie «Lisboa·Pessoa·Exilio·Saramago», sobre la población que llegó de las excolonias. Los viajes se sucedieron, y entre ellos uno a San Petersburgo que aquí presentamos, cuando aún no se había quitado del todo la pátina de Leningrado.

La ciudad que da la bienvenida a Daniel Blaufuks es una mezcla de las ideas asociadas al cine ruso, los libros de historia, la iconología soviética y la primera bofetada de la realidad poscomunista:

«…Un aeropuerto triste, las avenidas largas, los bloques de cemento, los monumentos de una revolución pasada, los ojos claros de los rusos que pasan a mi lado, el pasillo interminable del hotel con tantas habitaciones y tan pocas personas… parece una ciudad infinita».

 El recorrido por la ciudad de Pedro el Grande se convierte a partir de entonces en una deriva mezcla del deambular de cualquier turista extranjero [los canales, la Kunstkamera o la Avenida Nevski], los lugares donde las voces del pasado se oyen con mayor claridad [los monumentos en memoria del cerco, los rastros de los judíos enviados a Siberia, la estación donde llegó Lenin de Finlandia] y los lugares donde no hay aparentemente nada que ver, con sus objetos, luces y fragmentos [cajetillas de tabaco, habitaciones de hotel, cables que cruzan el cielo encapotado]. Al final, la ciudad a la que se había llegado se transforma. Ve Blaufuks reflejada en ella la atmósfera de las calles en Alemania, la vieja Europa y, cómo no, reconoce el paisaje anónimo de Norteamérica:

«San Petersburgo parece una mezcla de la vieja Europa, con sus palacios y canales, y América, con sus bloques de apartamentos, grandes automóviles, amplias avenidas y productos fabricados en serie».

En su viaje tiene tiempo para una escapada hacia el paisaje de la desolación, en un crucero por el lago Ládoga (que durante el cerco fue la única vía de acceso a la ciudad), en busca del archipiélago de Valaam y la isla Kijí. Una forma de poner a prueba los límites de la ciudad, los límites íntimos de un nombre, San Petersburgo.

«Fuimos de crucero por las islas del norte. Insoportable. Como visionar películas de Tarkovski durante tres días… Quería ver las iglesias de madera, con sus típicos tejados. En todas las islas donde paramos había una mujer tocando el violín… Petrozavodsk, un final de Europa».

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Por gentileza del artista, hemos ilustrado este artículo con una versión digital del cuaderno que acompañó a la exposición con motivo de los «Encontros de fotografia de Coimbra».

Daniel Blaufuks ha cursado estudios en AR.CO Lisboa, el Royal Collage of Art de Londres y el Watermill Center de Nueva York. Entre otras distinciones cuenta con el Premio Kodak Portugal, Mejor libro de fotografía internacional Photoespaña 2007, Mejor propuesta Festival Loop 2008 o el de mejor documental portugués en la IndieLisboa 2011. Destacamos uno de sus últimos libros, «Terezin», en la editorial Steidl, ganador del BES Photo Award.

www.danielblaufuks.com

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