Un museo vivo para un pueblo vivo

Foto de Pauline Tillmann

Foto de Pauline Tillmann

En Moscú hay más de 100 museos estatales, pero ninguno sobre la historia de los judíos. En mayo este vacío quedo cubierto gracias a la apertura de un museo privado que se ocupa de la historia del pueblo judío en Rusia.

Antiguamente vivían en Rusia numerosos judíos. Hace tan sólo cien años su población superaba los cinco millones. Entonces acaecieron una serie de acontecimientos;  dos guerras mundiales, la dictadura de Stalin y tres olas migratorias, que mermaron su número. En la actualidad  hay unos pocos cientos de miles. En Moscú la comunidad judía alcanza los 250.000, aunque nadie conoce la cifra con exactitud. Los censos de población se realizan cada diez años y no todos los judíos indican que son varios en la familia. Aunque en la actualidad no tengan que temer ningún tipo de represión. Durante la época soviética la situación era distinta; numerosas universidades e institutos no admitían judíos. Leonid Lefljand cursó la carrera de Ingeniería a pesar de la prohibición y comenta que “resulta muy fácil achacar cada fracaso al hecho de ser del pueblo semita”.  Actualmente tiene 67 años y es el director del nuevo museo judío de Moscú. El hecho de que exista algo así causa sensación. Durante años la comunidad judía discutió acerca de la ubicación y la financiación adecuada, finalmente el  proyecto cayó en saco roto. Fue entonces cuando Leonid Lefljand y el escritor Vladímir Ustinov decidieron hacerse cargo de todo el asunto. En la actualidad, en un espacio de 300 m² los visitantes pueden acercarse a diveros aspectos de la vida de los judíos en general, y a la de los judíos de Rusia en particular.

 

Hasta ahora ha tenido numerosos visitantes. En los cuatro primeros meses más de 2.500 personas se han acercado hasta el nuevo espacio, una cantidad considerable para un pequeño y apartado museo privado. La mayoría son clases de escolares, pero también algunos supervivientes. La colección está compuesta por 5.000 objetos procedentes de préstamos, donaciones y piezas de particulares. No obstante, debido a limitaciones de espacio sólo se puede mostrar una quinta parte. Aunque han encontrado la menera de sortear esta dificultad: organizan exposiciones temporales y recurren a otros lugares para exponer. Anteriormente, el edificio de la calle Petrovsko-Razumovskaya, donde está situado el museo junto al estadio del Dinamo de Moscú, albergaba oficinas, de modo que las salas parecen compactas, aunque no estrechas.

 

Una de ellas está dedicada al tema de “Los judíos y la cultura”. En un primer momento, puede que resulte sorprendente que los judíos desempeñaran un papel preponderante en el panorama cultural durante la época soviética. Sin embargo, al cabo de unos segundos uno se encuentra inmerso en un viaje a través del tiempo que le lleva a funciones teatrales y famosos títulos musicales. Y es precisamente en esta sala donde se hace patente con mayor claridad lo que hace tan especial al museo de Leonid Lefljand: la pasión por el detalle. Del techo cuelga un tambor del año 1979, y en las paredes pueden verse fotografías en blanco y negro y cartas escritas a mano. Todas las piezas son originales, lo cual es motivo de orgullo para los anfitriones.

 

Un poco más adelante se encuentra la pieza favorita del director del museo. En un pasillo cuelga un pedazo de papel amarillento, de 8 x 14 centímetros, que en su día estaba pegado sobre un paquete enviado durante la Segunda Guerra Mundial. Se puede leer en letras rojas: “Al heroico pueblo judío de la Unión Soviética, de los judíos de México”. Al ver la pieza, Lefljand rebosa alegría y comenta: “En la era de Internet y de la globalización, a nadie le sorprende que existan relaciones entre México y Rusia. Pero, durante la Segunda Guerra Mundial, resultaba sencillamente impensable que también hubiera judíos en México”. Lo cierto es que la pieza no llama especialmente la atención pero sorprende y emociona, como tantos objetos en esta colección tan cuidadosamente seleccionada.

 

Leonid Lefljand prefiere no hablar del coste de la reforma del edificio. Tampoco quiere revelar cuál es el objeto más valioso. “Cada uno lo es a su manera”, sentencia lacónico. Aunque ante la pieza más antigua de la colección, se vuelve un tanto más locuaz. Se trata de un libro de 1545 situado a la entrada. Un ejemplar que, según se ha acreditado, era utilizado por un rabino a comienzos del siglo XIX. Se descubrió por casualidad haciendo una limpieza y se envió al museo. “Todo lo que nos llega como donación personal tiene para nosotros un elevado valor simbólico, pues con ello recibimos una importante información adicional”, aclara Lefljand. Cada objeto tiene su propia historia, precisamente porque no se trata de copias ni imitaciones, sino de originales. Algunas fotos están rotas o han perdido lustre, pero eso no perjudica en absoluto a la impresión que transmiten. Más bien al contrario, la hace más auténtica.

 

Tan auténtica como el director del museo, Leonid Lefljand. Mira de arriba abajo con escepticismo a los extraños pero cuando ríe lo hace a carcajadas y de forma sincera. Se define a sí mismo como un “hombre chapado a la antigua” porque no expone ni vídeos ni documentos sonoros. Para eso se puede recurrir a la riqueza del fondo vivo. No se considera religioso, y la explicación se antoja bastante lógica: “Cuando nací, en 1944, en Moscú no se podía ni pensar en la religión”. Sin embargo, continúa, “en los últimos 20 años, desde la desintegración de la Unión Soviética, todo ha cambiado de forma repentina: hoy en día los judíos están familiarizados con la Torá o los Tefilín”. El museo no ignora la “vida religiosa”. Entre otros objetos, destaca una Torá del siglo XIX con una funda de madera guarnecida con plata y adornada con piedras preciosas, enviada desde Riga. Tampoco puede faltar la clásica filacteria de piel (“Tefilín”) con las cajitas de oración y el manto a juego.

 

Cabe destacar que la entrada al museo es gratuita. Leonid Lefljand explica que hay una razón de peso para este hecho: toda persona debe gozar de libre acceso para poder informarse sobre el judaísmo sin importar su situación económica. El objetivo para los próximos años es convertir el museo en un animado lugar de encuentro para los judíos moscovitas, según el lema: un museo vivo para un pueblo vivo. Además, está previsto organizar gran cantidad de actos culturales y fomentar la interacción entre generaciones y sobre todo, entre judíos y no judíos.

Más información en: http://www.mievr.ru/ (en ruso)

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.