Incendiario fin de semana

Fin de semana incendiario. Foto de Reuters

Fin de semana incendiario. Foto de Reuters

Posiblemente el 15 de octubre tuvo lugar la mayor acción de protesta social de la historia contemporánea. Participaron centenares de miles de personas en más de 80 países. El organizador de las manifestaciones fue el movimiento “Occupy Wall Street”, que se pronuncia contra “la avidez corporativa”, el desempleo y las actuaciones gubernamentales en EE UU y Europa a la hora de lidiar con situación económica.

Los escritores de ciencia ficción suelen describir un futuro oscuro y cercano, con frecuencia está lleno de interminables desórdenes y las calles de las capitales mundiales aparecen privadas de su antiguo brillo y esplendor, también hay masivos enfrentamientos con la policía. El pasado sábado esas fantasías se materializaron en tres megapolis diferentes: Londres, Nueva York y Roma.

Tanto en Roma como en Londres y en Nueva York las acciones de protesta se desarrollaron siguiendo el mismo guión: comenzaron como manifestaciones pacíficas y culminaron en batallas campales con la policía y con decenas de arrestados. Los desórdenes se diferenciaron sólo en la intensidad y en la escala del daño material infligido. En esta ocasión, se distinguieron los italianos.

En este sentido, los expertos no excluyen que los sucesos del último fin de semana sean una suerte de ensayo de un auténtico “triunfo de la anarquía”, que puede tener lugar el 3 y 4 de noviembre, cuando en Cannes se celebre la cumbre del “G-20”.

La prensa rusa sigue con interés las acciones del movimiento “Occupy Wall Street”.

RUSIA HOY ofrece una selección de opiniones realcionadas con el desarrollo de los acontecimientos.

A FAVOR

«El surgimiento de un movimiento como “Occupy Wall Street” es un claro testimonio de las profundas transformaciones que están teniendo lugar en la psicología de la sociedad contemporánea”

Natalia SEROVA, Utro.ru

Los ciudadanos y las ciudadanas se han percatado de la ineficacia de las instituciones democráticas. Miran a su alrededor y descubren que no defienden los intereses de los ciudadanos que los eligieron, y además se dan cuenta de que los gobiernos bailan al son de la música del capital. Aunque la situación es aún peor ya que parece que no se puede hacer nada al respecto; cualquier intento de una organización autónoma se da de bruces con el control ejercido por los poderosos del mundo. Estos disponen de recursos como para comprar a cualquier líder o poner bajo control financiero a cualquier organización.

Los miembros del movimiento no dejan de repetir que la protesta no se dirige contra la injusticia que pueden suponer las desigualdades sociales sino que va contra el orden actual existente, según el cual los banqueros y el sector finaciero dirigen el sistema y se aseguran de que nadie sea capaz de contraponer su poder. Aparentemente esta sencilla idea es la que comparte un considerable número de “indignados” estadounidenses.

Estos indignados están encantados de hablar ante las cámaras y prácticamente todos ellos, de una u otra forma, afirman que el capital ha asfixiado al Estado y sus instituciones y que la democracia representativa actual no expresa la voluntad del pueblo, es decir, que de facto no es una democracia. La conclusión parece evidente: hay que cambiar el orden existente, necesitamos una democracia más auténtica.

En caso de que la situación empeore, continuará la revisión de las ideas tradicionales. En cambio, si la crisis amaina y las clases dominantes corrigen de alguna manera su política, los indignados volverán a su vida normal y olvidarán sus pretensiones. Es normal ya que la mayoría de la gente desea una vida normal y no quiere luchar en las barricadas.

Pero me parece que serán otras personas las que así actúen; el surgimiento de un movimiento como “Occupy Wall Street”, así como las multitudinarias acciones de protesta en EE UU y Europa evidencian las profundas transformaciones que están teniendo lugar en la psicología de la sociedad contemporánea.

CONTRA

«Lo último que necesitamos son consejos de unos vagos y malcriados»

Konstantín von Eggert, КоmmersantFM

Los periodistas progres y de izquierda se han apresurado a anunciar un nuevo fenómeno global, capaz de obligar a gobiernos y corporaciones a obedecer sus órdenes. Aunque yo no veo nada novedoso. La mayoría de los que ha salido a protestar a las calles y plazas de las capitales occidentales son los mismos personajes que vemos durante cada encuentro del G-8 desde hace veinte años: el movimiento antiglobalización, ecologistas radicales, pacifistas, una serie de detractores de Estados Unidos e Israel, más los marxistas y los trotskistas. El control que, según ellos, ejerce el sector financiero sobre el Estado no es más que un pretexto para reanimar una agenda que aparentemente había sido enterrada con el derrumbe de la URSS.

Una parte significativa está compuesta por jóvenes, hijos de ricas familias con posibilidades materiales para buscar el sentido de la vida al menos hasta los cuarenta años. Se dedican a migrar de un movimiento radical de moda a otro. En general, no tienen problemas con los bancos y en caso de que surjan, mamá o papá les ayudarán a resolverlos, como de costumbre. Otra categoría de “indignados” está conformada por aquellos que, según una ejemplar expresión de John Le Carre en su novela “El espía que vino del frío”, “nunca estuvieron dentro de un banco y es muy difícil que vayan a estar alguna vez”.

Sin embargo, esta situación no es motivo de risa. No lo es cuando se refieren a las plazas de las ciudades europeas como “nuestra Tahrir”. En esa plaza de El Cairo la gente murió defendiendo el derecho a vivir dignamente. No es motivo de risa que los demagogos o los fracasados crónicos hablen en nombre del pueblo porque, por la experiencia soviética o alemana, sabemos cómo puede terminar. No es motivo de risa porque en la primera crisis de la sociedad postindustrial y globalizada nos proponen una respuesta superficial: “Tomarlo todo y dividir”.

No soy ni economista ni financiero, y no voy a proponer una solución a la actual encrucijada. Tampoco tengo una opinión tan elevada de mí mismo como la que tienen de sí los saqueadores de Roma o los izquierdistas que han ensuciado el centro de Nueva York. Pero sí que estoy seguro de una cosa: lo último que necesitamos en estos momentos son los consejos de unos vagos y mimados ansiosos de sensaciones extremas.

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