Érase una vez dos oligarcas rusos…

Roman Abramovich. Foto de Russianbook

Roman Abramovich. Foto de Russianbook

Érase una vez dos oligarcas rusos que vivían en Londres. Uno se llamaba Boris Berezovsky, tenía 65 años y presumía de una fortuna estimada en 600 millones de euros. El otro se llamaba Román Abramovich, tenía 44 años, una fortuna de más de 9 mil millones de euros y un club de fútbol en el que jugaban dos españoles. Durante varios años los dos se defendieron mutuamente, se hicieron regalitos, compraron juntos empresas, vodka, joyas ¿mujeres?… hasta que entramos en el nuevo siglo y Boris decidió no pasar el invierno en Rusia.

¿Sería esta una historia de Gogol o para Dickens? “Cuando los oligarcas atacan” podría llamarse… y así sigue la historia: años después Berezovsky denunció en el Tribunal comercial de Londres a su antiguo pupilo, socio, amigo y compañero de viaje. Han pasado justo 11 años desde que Borís abandonó Rusia y ahora éste le reclamaba a Roman unos 4 mil millones de euros por la supuesta apropiación de la petrolera Sibneft, la productora de aluminio RusAl y el imperio mediático ORT.

En estos momentos ambos oligarcas defienden su postura ante el juez, en sus declaraciones no parece que se trate de un asunto comercial sino de un juicio a los años 90 en Rusia. La disputa entre Berezovsky y Abramovich demuestra la fauna que emergió tras el colapso de la URSS, y ejemplifica cómo se llevó a cabo la privatización de la economía soviética: el enriquecimiento desmesurado de unos pocos a la sombra del poder político y las malas artes puestas en práctica –donde no hubieran desentonado Chuck Norris, Bruce Lee o Bud Spencer.

En dicho proceso judicial Berezovsky denuncia que Abramovich le intimidó para que vendiera su parte accionarial a un precio mucho menor al de mercado. En los 90 Berezovsky forjó un potente grupo empresarial aupado en su curiosa cercanía con la familia Yeltsin. Sin embargo, con la llegada de Putin a la presidencia el gobierno ruso intentó supeditar la actividad de los oligarcas a su interés, algo que no gustó a Berezovsky, quien decidió mantener un mediático pulso de fuerza que acabó por ser infructuoso, ya que pocos meses más tarde se exilió en España -primero, en Francia –después, y finalmente en Londres.

De acuerdo con la periodista Yulia Latynina, la denuncia de Berezovsky se debe a una brillante estrategia del mismo: ya que el acuerdo de participación empresarial sólo era verbal, primero le vendo a bajo precio las acciones a Abramovich para así tener recibos, después dejo pasar los años para poder presentarme como víctima del Kremlin y al final pongo la denuncia para recibir una indemnización millonaria.

Lo cierto es que Abramovich acabó quedándose con Sibneft por mil millones de euros y que 5 años más tarde la vendió a Gazprom por más de 8 mil millones de euros (por RusAl pagó 350 millones de euros y por ORT unos 150 millones). Así, el pago que en 2001 le hizo Abramovich fue de unos 1.500 millones de euros, que según Berezovsky está relacionado con la venta forzosa de la compañía y según el propietario del Chelsea es una “deuda de honor”, un pago de agradecimiento por la ayuda y protección de Berezovsky a la hora de levantar su propio imperio oligárquico.

Así, mientras uno dice que le chantageó para que vendiera, el otro asegura que esos 1.500 millones son uno de los muchos “detalles” que tuvo con su “padrino” empresarial, detalles como yates, cuadros o joyas para sus queridas (el divorcio costó a ambos unos 170 millones de euros).

“Aquello no era un estado de derecho. La policía era corrupta. Los procesos judiciales impredecibles, con suerte, y en los peores casos manipulados por los grupos de poder. Nadie podía hacer negocios sin tener acceso al poder político. Así, sin no tenías poder político propio necesitabas a un padrino que presionara por ti”, de esta forma inició su defensa Jonathan Sumption, abogado de Abramovich, quien basó su primera intervención en mostrar que Berezovsky fue una de las personas más poderosas de Rusia durante los noventa, que actuó como “power-broker” a favor de Abramovich y que el Estado ruso se encontraba sumido en el caos.

“Tras el fin del comunismo, Rusia volvió a unas condiciones que no habían sido vistas en este país desde el siglo XV”, concluyó el abogado de Abramovich, quien aseguró que oligarcas como Berezovsky o Badri Patarkatsishvili montaron un sistema de “krysha” (tejado), por el que “protegían” negocios ajenos a cambio de un pago regular.

“Yo no soy corrupto, ni he corrompido a nadie”, alegó el propio Berezvosky tras la exposición de Sumption, añadiendo que la influencia política no era necesaria para hacer negocios en Rusia, algo que sólo dependía “de lo listo que eras”; Berezovsky incluso llegó a poner su caso como ejemplo: “yo inicié mi propio negocio sin influencia política alguna”.

También alegó Berezovsky que la corrupción entonces era mucho menor que ahora: “en una escala del uno al diez, en los noventa tendríamos un 3 de corrupción, mientras que ahora hay un 10 de 10”.

Por su parte, el abogado del demandante, Laurence Rabinowitz, centró su exposición en explicar cómo su cliente y Abramovich se conocieron en 1994, ambos “levantaron Sibneft” y “se hicieron amigos”, “hasta que Berezovsky cayó en desgracia con las autoridades rusas… se vio obligado a empezar una nueva vida en el extranjero” y fue “traicionado” por Abramovich, “hasta el punto que ahora incluso niega que fueran amigos”.

Ambos oligarcas llegaron a los juzgados de Surrey con todo su “batallón” de guarda espaldas –el precio a pagar por su riqueza. Según la periodista Anne McElvoy del London Evening Standart, la disputa entre “estos nuevos rusos me parece un equivalente de la guerra entre Irak e Irán. Lo mejor sería que perdieran los dos”. De acuerdo con Latynina, lo más probable es que el juzgado mercantil falle a favor de Berezovsky, pero concediéndole una indemnización infinitamente menor a lo que él espera. Durante el juicio, el propio Berezovsky ha reconocido que él nunca invirtió un solo rublo en la empresa y que en su momento sólo pagó 75 millones de euros por el 51 por ciento de Sibneft.

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.