Trascender los valores

Fotos de Ana Nóvikova

Fotos de Ana Nóvikova

Desciende de aquel fiel servidor del zar que en 1327 recibió un tajo de espada en la cara combatiendo el yugo tártaro. Así fue como el primer Nastchokine se ganó para su familia el título de la nobleza. Hoy su tataranieto sigue con la tradición ancestral del servicio público… en Argentina. Sus ilustres antecesores en Rusia han sido militares y diplomáticos, destacados a lo largo de más de seis siglos por su vocación cívica y formadora. A los 65 años Demetrio Nastchokine lleva 35 dictando clases en el Colegio Militar de la Nación Argentina, dando un enfoque de reflexión histórica

Los soldaditos de papel-maché

Los Nastchokine compartieron la suerte de muchas familias de la nobleza, escapando de Rusia después de la revolución de 1917 y ansiando durante años un regreso que nunca llegó.  Antes de abandonar las costas europeas y tomar un vapor hacia Argentina, pasaron por Yugoslavia y Bélgica, donde nació Demetrio en 1946. Pasaron por el inevitable Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires, después arrendaron dos habitaciones en una antigua casona del barrio de Devoto, que con el tiempo se convirtió en su propiedad y hoy es el hogar de una gran familia con mucha memoria histórica.

Según la información, proporcionada por la página web de la Embajada de la Federación Rusa, hoy en Argentina viven aproximadamente 30 mil personas que podrían considerarse étnicamente rusas. Sin embargo, la comunidad de rusoparlantes, provenientes de la ex-URSS, o descendientes de rusos con pasaportes argentinos, es mucho más grande: según la misma fuente, este número supera un millón de personas.

La importancia del traspaso del patrimonio histórico es algo que trasciende el discurso de los Nastchokine y se plasma en acciones, convirtiéndose en un aporte real para “la patria adoptiva”. Además de las clases que dicta Demetrio en el Colegio Militar o sus ensayos sobre los grandes hombres de la historia argentina, es necesario mencionar la empresa que armó su padre – Vladímir – al instalarse de este lado del Atlántico: la fábrica “Magnífico”. Fue fundada en 1953 y compitió con los tradicionales soldaditos de plomo, produciendo juguetes y piezas coleccionables según el esquema que trajeron desde Bélgica, de donde arribaron en 1948. Se hizo famosa con sus figuras de papel-maché y posteriormente de plástico, cuya elaboración cuidaba rigurosamente las vestimentas, regidas por el “Reglamento de Uniformes del Ejército R.R.M.44” (1947). Se fabricaban soldaditos  provistos de uniformes históricos de granaderos, de Gendarmería Nacional e Infantería de Montaña, entre otros. Había piezas que reproducían a Manuel Belgrano o a José de San Martín, indios y gauchos, permitiendo de esta manera la realización de representaciones educativas y enriqueciendo un entretenimiento para chicos con un toque de enseñanza. Así fue como las figuritas llamaron la atención de la Fundación “Eva Perón”. La entidad, creada por Eva Perón a fines de los años 50 como un instrumento de justicia social, se empeñó en comprarle a Nastchokine grandes partidas de juguetes para hogares, escuelas y jardines de infantes.

… El pequeño Demetrio –para entonces, estudiante de un colegio inglés– contribuyó a la causa, ayudando a pintar las banderas que los soldaditos ostentaban. Coincidencia interesante: en la lista de modelos ofrecidos por “Magnífico” había cadetes luciendo el uniforme del Colegio Militar.

Argentina es nuestra patria adoptiva, - dice Demetrio, - nos dio paz y educación, acá vivimos muy bien.” Sin embargo se emociona, hablando de su Patria rusa, la que recién pudo conocer hace seis años. Una patria gloriosa, a la que sirvieron tantas generaciones de sus antepasados y que les fue vedada a su padre, Vladímir, y a su abuelo Sergio. Esta patria, que en la opinión de los Nastchokine, todavía les debe un reconocimiento formal.

La familia de Nastchokine. Foto de Ana Nóvikova

En el centro histórico de Moscú hay una calle, que lleva el nombre de nuestra familia, - cuenta Demetrio, - y todavía está la casa, que fue patrimonio del famoso Pável Nastchokine, el íntimo amigo del gran poeta Púshkin. Así mismo se llama: La Casa Nastchokine. Hoy es un museo del Estado.”

Las ironías del destino

Lo que no saben los Nastchokine es que la misma Casa-Museo que lleva el nombre de su familia en cierta ocasión albergó recuerdos de un argentino, que bien podría ser considerado su “enemigo de clase”. Se trata de la exposición dedicada a la memoria del Che Guevara que se celebró en Moscú en 2009, – el año en que se cumplió el 50° aniversario de la revolución cubana.

Tampoco les haría gracia enterarse de que en el 1961 en la Unión Soviética se filmó “Dos vidas” – un drama seudo-histórico, cuyo director seguramente se había inspirado en la figura del abuelo de Demetrio, para crear a uno de los protagonistas: el malvado aristócrata Sergio Nastchokine. La película trata la historia de un altanero oficial zarista que desprecia y maltrata al soldado de origen plebeyo, que se atrevió a enamorarse de su hermana…

La película está impregnada por la ideología de la época, por lo tanto el soldado es, sin duda, una persona de sentimientos nobles y un mártir. En eso llega la revolución de 1917 y los papeles se invierten. Los aristócratas y burgueses escapan del país, mientras el soldado pasa a ser héroe y hasta se casa con la enamorada de su enemigo. Pasan muchos años, sucede que el ex-soldado viaja a Francia en calidad de turista y casualmente encuentra al aristócrata, que ya no es aristócrata sino miserable camarero en el restaurante donde los turístas soviéticos entran para comer algo…

El verdadero Nastchokine efectivamente fue oficial del regimiento Izmáilovski y vivió en San Petersburgo… Pero a partir de ahí los parecidos terminan. A diferencia de su “doble”, no participó nunca en la guerra civil, no emigró a Francia, sino a Yugoslavia y tampoco trabajó de camarero para ganarse la vida. Hoy su biznieto, también llamado Sergio, habla de la necesidad de un reconocimiento oficial por parte del Estado ruso a los méritos de sus antepasados: “Fueron más de 600 años del servicio al país. No somos el único caso. Acá hay otras familias cuyos apellidos tienen un significado especial para los que conocen la historia de Rusia”.

Sergio es ingeniero industrial, trabaja para las automotrices Peugeot y Citröen en Argentina y en cuanto a su identidad tiene una visión globalizadora: “Los rusos no son solamente los que han nacido en Rusia o viven allá. Nosotros también podríamos ser un aporte, contribuyendo a la riqueza de nuestra patria histórica desde afuera.”

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