Más cerca de Ania

Anna Politkovskaya. Foto de Rex Features / Fotocom

Anna Politkovskaya. Foto de Rex Features / Fotocom

Una mujer que no estaba hecha de hierro. El 7 de octubre se cumplen cinco años del asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya. La reportera de Nóvaya Gazeta recibió varios disparos en el ascensor de su propia casa. El documental dedicado a su memoria, titulado “El sabor amargo de la libertad” ganó el premio al mejor documental en el festival de Montreal, Canadá. La directora de la cinta, Marina Goldóvskaya habla de Anna y del rodaje de esta obra.

Es una pena que el estreno no haya tenido lugar en Rusia…  

Intenté proponer la película para el Festival de Cine de Moscú, pero nadie se puso en contacto conmigo. Será que presentamos la solicitud demasiado tarde. Posteriormente, Vitali Manski, que está haciendo muchísimo por el cine documental, me prometió que proyectaría la película en diciembre, en Lavra (El Festival de Cine Documental y Televisión de Moscú.)

Le tengo mucho cariño a este festival, he formado parte de su jurado e incluso una vez me concedieron un premio (fue en 2005 “Por la aportación a la crónica cinematográfica”-nota de la redacción). Después del festival, deberá ser distribuida en Rusia. 

Existen rumores de que el documental podría ser candidato a los Oscar…  

La Asociación Internacional de Cine Documental ha elegido quince obras, incluido nuestro documental, que ahora se proyectan en los cines de Nueva York y Los Ángeles. Son proyecciones de clasificación para una posible nominación al Oscar. Después, entre esas quince los miembros de la Academia decidirán cinco, que serán las nominadas. La lista definitiva se conocerá en invierno.

Una vida diferente  

Usted conocía a Anna Politkóvskaya desde hace muchos años…  

La conocí en 1990, cuando rodaba un documental llamado “El sabor de la libertad”. Me apetecía contar lo que estaba pasando en nuestro país en aquel momento. Lo más importante para mí siempre ha sido encontrar a gente interesante para poder hablar de una época a través de estas personas. Elegí a la familia Politkovski. Sasha, un antiguo alumno mío, era en aquel entonces un periodista brillante, muy popular, que trabajaba en Vzgliad, uno de los mejores programas de televisión durante la Perestroika. Anna también se licenció en la facultad de periodismo. Su tesis estaba dedicada a Marina Tsvetáieva. Cuando la conocí era una persona totalmente diferente. Era una mujer muy de su casa, una madre centrada por completo en dar la mejor educación a sus hijos. Enseñaba música a Ilyusha y Vera, los acompañaba al colegio, les corregía los deberes, se dedicaba a la casa. Fue una madre ejemplar, una esposa ejemplar. En aquel entonces era difícil imaginar que poco tiempo después se dedicaría por completo al periodismo, y que aquello pasaría a ser el centro de su vida.  

¿Por qué razón la filmó tanto en aquella época?  

Ania era el alma de la familia, sus emociones y pensamientos reflejaban la situación no sólo de su casa, sino del país en general. En aquel momento se había dado un salto hacia una vida completamente nueva. Todo el mundo estaba entusiasmado y tenía grandes esperanzas. Ania se tomaba muy a pecho todo lo que ocurría entonces. Era una mujer guapa, increíblemente carismática, sincera y tenía una capacidad asombrosa para formular sus ideas. Tratar con ella me proporcionaba un material muy valioso. Hablamos horas y horas con total sinceridad.  

No tomar nada prestado  

Posteriormente la filmó durante muchos años seguidos. ¿Ya en aquel momento decidió que iba a crear una película dedicada a ella?  

En 1990 no pensaba que mi material de rodaje se convertiría en un documental dedicado a Anna. Pero me apetecía filmarla y hablar con ella después de que comenzara a trabajar como periodista de guerra. Le pregunté muchas veces si tenía miedo. Me respondía que sí, pero que no había nada que hacer porque en una guerra todo el mundo se arriesgaba, y alguien tenía que informar a la sociedad de lo que ocurría en Chechenia.  

¿Pensaba en el peligro? ¿Le habló alguna vez de ello?  

No, nunca habló de ello. Contaba que le habían amenazado varias veces y que tuvo que abandonar Moscú por un tiempo. Nóvaya Gazeta la protegía, durante un tiempo no dejaban que viajara a Chechenia, pero ella se fue allí y nadie pudo retenerla. Después de su muerte, Lena Baranósvkaya, su amiga íntima, contó que Ania nunca cogía dinero prestado. Solía decir: “¡Es por principios! Puede que luego no llegue a devolverlo”.  

Cuando habló con ella tras los sucesos de Beslán, le dijo que “no podía más”, y que dejaría la profesión en caso de que fuera atacada.  

Creo que lo dijo influida por el momento. Simplemente le fallaron los nervios. Creía que un periodista tenía que ayudar a la gente y si sentía que no podía hacerlo, no había ninguna razón por la que se tuviera que seguir dedicándose a esta profesión. Al fin y al cabo, ella podía irse al extranjero: al haber nacido en EE UU tenía pasaporte estadounidense desde su nacimiento. Pero tenía un sentido del deber muy profundo. Me decía: es imposible abandonar algo que se ha convertido en el sentido de mi vida, cuando la gente confía en mí y se dirige a mí.  

Atreverse a saber  


El asesinato de Politkóvskaya se convirtió en una noticia de primera plana para muchos medios de comunicación internacionales. Es como si la apreciaran más en el resto del mundo que en Rusia. ¿Tiene alguna explicación para esa paradoja?  

Comprendo por qué a mucha gente no le gustaban sus artículos, por qué no podían leerlos. Cada persona tiene su límite en cuanto a la percepción del dolor. Cuando uno siempre se ve obligado a ver lo negativo y lo trágico, empieza a provocarle cierto rechazo. Piensa algo así como “Dios mío, de nuevo una catástrofe, de nuevo hay mineros atrapados, otro barco se ha hundido…” Aunque en la época soviética mucha gente estaba a disgusto, desquiciada o agobiada, la vida era más tranquila, aparentemente más estable y no había que tomar decisiones en cada momento. Mientras que para leer los reportajes que Anna elaboraba en Chechenia había que ser valiente. Ella se daba cuenta de ello, pero no podía dejar de escribir ya que consideraba que la gente tenía que saber lo que estaba ocurriendo. Sus amigas contaban que les decía: “si no los podéis leer, no los leáis”. Creo que mucha gente sentía simplemente un rechazo interior ante aquella información: se decía que ella no quería a su patria y que defendía a los chechenos. Claro que los defendía, pero no a los que asesinaban, sino a los que se habían quedado sin casa, sin medios de subsistencia y perdían a sus hijos. Igual que defendía a los rusos que estaban en la misma situación. Era una reacción humana ante el sufrimiento de las personas.  

Hay muchas películas sobre Anna Politkóvskaya. ¿Qué es lo que usted quería contar?  

Quería hacer un documental sobre aquella Ania que sólo conocían sus amigos y familiares. Una mirada más íntima y personal. Al morir, ella se empezó a convertir en un mito, pero a mí me apetecía que permaneciera en la memoria de la gente no como una “mujer de hierro”, sino como era de verdad: una persona afectuosa, cálida, cordial, dispuesta a ayudar a cualquiera que lo estuviera pasando mal.  

Marina Goldóvskaya es directora de cine documental. Doctora en Historia del Arte, miembro de la Academia de Televisión de Rusia y de la Academia Americana de Cine. En la época soviética trabajó como directora de cine y fotografía en la unión creativa Ekrán y daba clases en la facultad de periodismo de la Universidad Estatal de Moscú. Es autora de varias decenas de documentales, entre los que destacan “El campesino de Arjánguelsk”, “Oleg Yefrémov”, “El poder de Solovkí”, “El sabor de la libertad” y “Los trozos de un espejo. El diario de una época turbia”. Desde 1994 vive en Estados Unidos y es catedrática en la Escuela de Cine de la Universidad de California (Los Ángeles).

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