Diághilev, ballet en dos actos

Diseño para la escenografía Le Coq d’Or. Natalia Goncharova, 1914. 65 x 97 cm. Lápiz, acuarela y gouache sobre papel. Museo Estatal Central del Teatro A.A. Bajrushin. Moscú

Diseño para la escenografía Le Coq d’Or. Natalia Goncharova, 1914. 65 x 97 cm. Lápiz, acuarela y gouache sobre papel. Museo Estatal Central del Teatro A.A. Bajrushin. Moscú

Un joven Diághilev de apenas veinte años acaba de graduarse en composición y canto en el Conservatorio de Música de San Petersburgo. Ilusionado, enseña sus partituras a su más admirado maestro, Rimski-Kórsakov. «Esto es una absoluta majadería», le dice el autor de “Scheherazade”. El empresario artístico en ciernes no se arruga y le reta: «El futuro dirá quién de los dos es más importante». Si bien Rimski-Kórsakov no iba mal encaminado sobre la suerte que correría Diághilev como compositor, sin duda no supo presagiar de lo que sería éste capaz. Ochenta y dos años después de su muerte, Serguéi Pávlovich Diághilev (1872-1929) escapa a una única etiqueta: el ruso emigrado más conocido; el fundador de los Ballets rusos; la figura catalizadora de los mayores avances en ópera, música clásica o diseño escenográfico; el gran empresario que revolucionó la iniciativa privada en el mundo del espectáculo o el más célebre homosexual desde Oscar Wilde. Además, tuvo la perspicacia de sacudir el polvo al arte ruso y llevar su expresión más genuina al corazón de la vanguardia, el París de la década de 1910 y, allí, zarandear al público con la obra total en formato ballet: 19 de mayo de 1913, Teatro de los Campos Elíseos de París. Europa está al borde de la Primera Guerra Mundial. A la conclusión de La consagración de la primavera, después de recibir los abucheos encolerizados del público, Diághilev pasa el brazo por el hombro de Stravinski, totalmente desquiciado, y le dice: «Esto es lo que quería». La mejor campaña publicitaria estaba servida. Había nacido la música y la danza del siglo XX.

Los Ballets rusos y sus actuaciones en España

En la Fundación La Caixa, primero en la ciudad condal y luego en Madrid, recala la exposición que se organizó en Londres con motivo del centenario de los Ballets Rusos (1909-2009), comisariada por Jane Pritchard y Geoffrey Marsh. La itinerancia de esta muestra por España no es baladí. Ante la imposibilidad de continuar su temporada estable en París a causa de la guerra, entre 1916 y1918, los Ballets rusos emprendieron una gira, por trece ciudades, que organizó un empresario español aprovechando las actuaciones que los Ballets ya tenían programadas en el Teatro Real y el Teatro del Liceu. Las actuaciones en los dos principales coliseos españoles movilizaron a 450 personas entre bailarines, músicos, comparsa y técnicos. La gira ibérica en tren, no obstante, aunque mucho más reducida en efectivos, resultó todo un acontecimiento por allí donde pasaba. Es más, de alguna manera contribuyeron a sentar las bases del ballet español gracias a dos montajes en los que estaba directamente implicado el genio de Diághilev: El sombrero de tres picos, con música de Manuel de Falla –su cicerone por tierras andaluzas- y Cuadro flamenco. Las ramificaciones de ese guiño a la cultura española han llegado casi hasta nuestros días. Por ejemplo, Israel Galván en Los zapatos rojos (1998) se inspiró en la figura de Félix Fernández García -el bailaor que Diághilev contrató para su compañía-, y siete años más tarde, el Ballet Nacional de España estrenó El loco sobre el mismo personaje. Por esta razón, la muestra de la Fundación la Caixa dedica una sala especial al periplo de los Ballets rusos por España supervisada por Esther Vendrell, historiadora de danza.

Textil para la representación de Sheherezade. Diseño de Leon Bakst. Colección de Ravenscourt Gallery

Diághilev encontró en nuestra cultura un tipo de paleta de colores que, en su naturaleza, se aproximaba a la que había querido explotar en París con la rusa: un folclore, rico y diverso, que escapaba de los cánones centroeuropeos. De hecho, una de las características que más sorprendió a los espectadores, según la investigadora de vestuario Sarah Woodcock que firma uno de los artículos del catálogo, fue el estallido de colores tanto en el vestuario como en las escenografías. Incluso la moda de alta costura francesa se contaminó del orientalismo venido del este. Coco Chanel, por ejemplo, diseñó el vestuario y financió el ballet El tren azul. Nada ni nadie escapó a la influencia del vendaval ruso.

La huella en el Art Decó


Los Ballets rusos actuaron en Salamanca la noche del 3 de abril de 1918 con Carnaval, Las sílfides, El espectro de la rosa y danzas de la ópera El príncipe Ígor. Hoy vuelven a estar presentes en la ciudad castellanoleonesa, en el Museo Casa Lis, con la exposición «Los Ballets rusos de Diághilev y su influencia en el Art Déco». Son más de 140 piezas entre diseños originales, vestuario, programas y fotografías, escenografía y esculturas criselefantinas de la Galería de Art Decó de Moscú, expuestas por primera vez en España. Tal y como declara el director del museo y comisario a ocho manos de la muestra, junto con Victoria Zubravaskaia, Ksenia Morosota y Yekaterina Ysova, el objetivo de la exposición es la voluntad de relacionar a Diághilev con el Art Déco y comprender que la semilla de todo este movimiento se encuentra en el propio Mariinsky. Vrúbel, los hermanos Vasnetsov, Roerich o Goncharova, en sus relecturas de la cultura rusa, también están presentes en las dos sedes de Santander.

Nueva luz sobre su vida

¿Cómo consiguió este visionario venido de Perm atraer a los más brillantes artistas de la época? Sjeng Scheijen, autor de la primera biografía sobre Diághilev después de la canónica de 1972 firmada por Richard Buckle, sostiene que «Diághilev decidió transformar su tiempo y consagró su vida al culto a la belleza». Lo que sabemos de este hedonista de la era moderna se ha visto enriquecido con el acceso de los estudiosos a nuevo material documental, entre ellos los archivos de personas allegadas a él como Prokófiev. La creación de la revista Mir Iskusstva [El mundo del arte] con Aleksandr Benois y Léon Bakst, la habilidad para encontrar financiación, los amoríos con los primeros bailarines, las bancarrotas, el olfato para satisfacer el apetito del público y manipular a la prensa… todo esto ya era de sobras conocido, pero quedaban en la sombra, por ejemplo, su etapa de formación y el devenir de su familia. Sin ir más lejos, tres semanas después de la muerte de Serguéi en Venecia, una vez las autoridades soviéticas ya no temieron sus conexiones diplomáticas, ordenaron la muerte de su hermano Valentín en el campo de concentración de Solovki.

Textil para la representación de  Le Pavillon d’Armide. Diseño de Alexandre Benois. Colección Ravenscourt Galleries

Si de algo no se puede acusar a Diághilev es de falta de determinación. Creció con su padre, un oficial metido en el negocio de la destilería de alcohol y una madrastra afectuosa y un tanto soñadora, que le inculcó la idea de que todo era posible en la vida. Mientras la familia nadó en la abundancia, los Diághilev llevaron un lujoso tren de vida. Su casa era la «Atenas de Perm», recuerda un amigo de la infancia. Sin reparar en gastos, a pesar de la inminente bancarrota, la familia envió de viaje al joven Diághilev por Europa, donde vio su primer ballet en París. A su retorno a Rusia y traslado a San Petersburgo para cursar estudios, el fallido estudiante de derecho tiene claro que quiere ocupar un puesto de relevancia artística en la administración zarista y «glorificar el arte ruso a ojos de Occidente». Este objetivo no debe entenderse como deslumbramiento ante lo occidental sino una manera de poner en valor el arte nacional. Pero cuando se le cierran definitivamente las puertas de la dirección de los Teatros Imperiales en 1901, no da su brazo a torcer e inicia su aventura privada buscando todo tipo de patrocinios. Gracias a ello desembarca en París con la «Gran Armada» de la música rusa (Rimski-Kórsakov, Glazúnov, Rajmáninov, Skriabin y Chaliapin, que interpretará el papel principal de Borís Godunov). Antes ya lo había hecho con la pintura, en una gran muestra de más de dos mil lienzos de pintores rusos, que tardó un año en seleccionar, a lo largo y ancho de toda la geografía rusa. En 1909, el zar dejó de apoyar las Estaciones Rusas, su temporada estable en París, y Diághilev tuvo que llamar a la puerta del capital privado. El paso de la pintura a la ópera y luego al ballet no es una cuestión tanto de gustos como de visión de oportunidades. El zar Nicolás II era un gran aficionadoy para el público francés, el ballet era un arte menos complicado que la ópera, además sin la barrera del idioma (y menos costosa).Pero el proyecto, una vez ocupado el poder, estaba llamado a despertar los recelos del aparato soviético. Primero por ser una empresa cultural ajena al gobierno, con capital occidental y diseñada para el público occidental; y segundo, porque iba totalmente en sentido opuesto a las nuevas directrices sobre el arte que debía orientarse a toda la población y no sólo servir de «postre únicamente a glotones» en palabras de Lunacharski. En un debate que tuvieron los dos, Diághilev defendía que esa élite «glotona» era la que imponía las tendencias artísticas. Ahora ya en el siglo XXI, comprobamos que el modelo de alta cultura se ajusta más a la visión de Diághilev que a la del comisario de instrucción, incluso en la Rusia actual. Pero, aun así, el retorno a la patria ya era imposible.

El ocaso de los Ballets rusos

Y así fue como el hábil empresario artístico y visionario, «infectó París, como sabemos, con una fiebre de curiosidad menos amarga, más puramente estética, pero tan intensa tal vez como la que despertó el caso Dreyfus», en palabras de Proust. Apollinaire, Chanel, Miró, Prokófiev, Satie, Picasso, Stravinski, Braque, Gris, Larionov, Fokine, Cocteau, Nijinski, Falla, Matisse, Massine, Pávlova, Sert, Benois, Bakst, Ravel, Poulenc, Auric… la nómina de colaboradores y entusiastas de Diághilev es impresionante y engloba a los grandes nombres de la cultura dorada del siglo pasado. Además, lanzó carreras como la de George Balanchine, que fundaría el New York City Ballet, la de Ninette de Valois, que haría lo propio con el Royal Ballet, y la de Serge Lifar, que resucitaría el ballet de la ópera de París. Pero el ocaso llegó a los Ballets Rusos. En 1921, se salvó de la bancarrota gracias a las conexiones con la familia real de Mónaco, que ofreció una residencia a la compañía en el Gran Teatro de Montecarlo, cuyo ballet sería el heredero natural de los Ballets rusos. Una vez desaparecido Diághilev, los Ballets rusos no volvieron a gozar de la fama que tuvieron en vida de su creador. Ya no alcanzaron la repercusión de antes, y la Segunda Guerra Mundial arrasó con todo: René Blum, el coreógrafo encargado de continuar con la empresa, murió en Auschwitz.

Vera Fokina y Michael Fokin interpretando Sheherezade. Museo Estatal Central del Teatro A.A. Bajrushin. Moscú

«Diághilev es un gigante –escribió Prokófiev-, sin duda alguna el único cuya grandeza crece a medida que su figura se pierde en la distancia». Estas dos exposiciones que coinciden ahora en España no son sino un exponente de esa grandeza.

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“Los Ballets Rusos de Diághilev, 1909-1929. Cuando el ballet baila con la música”

Caixa Forum. Barcelona. Del 5 de octubre al 15 de enero de 2012. Madrid, del 16 de febrero al 3 de junio de 2012.

“Los Ballets Rusos de Serguéi Diághilev y su influencia en el art déco”

Museo de Art Nouveau y Art Decó Casa Lis y Hospedería Fonseca (Sala de Exposiciones Universidad), de Salamanca. Del 4 de octubre al 29 de enero de 2012.

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