“Cada relato mío ha sido una bofetada al estalinismo”

El campo de concertación sovietica de Vishera. Archivo

El campo de concertación sovietica de Vishera. Archivo

En vida Varlam Shalámov publicó fundamentalmente poemas, y además no los mejores. “Relatos de Kolimá”, es la obra más destacada del escritor pero se publicó en Occidente contra la voluntad del autor. El retorno de Shalámov a la literatura rusa comenzó durante la perestroika.

Varlam Tíjonovich Shalámov nació el 18 de junio de 1907 en Vólogda. Tras finalizar la escuela en 1924 se trasladó a Moscú para ingresar en la Universidad Estatal. Aunque no finalizó sus estudios. Allí conoció al grupo de “bolcheviques-leninistas” que le convencieron de que Stalin y el Poder Soviético no eran lo mismo. Este grupo soñaba con imprimir y distribuir por todo el país la carta de Lenin al XII° Congreso del Partido, que cuestionaba la idoneidad de Stalin para ser Secretario General declarada falsa por las autoridades. Una tal Sara Gezentsvei apalabró a Shalámov para trabajar en la tipografía clandestina. Sin embargo, entre los “bolcheviques-leninistas” había un infiltrado.

El 19 de febrero de 1929 arrestaron a Shalámov. Al principio lo llevaron a la cárcel de Butyrski. La investigación fue rápida: el estudiante de la Universidad Estatal fue considerado un elemento socialmente peligroso y lo equipararon con los ladrones, condenándolo a tres años en un campo de concentración especial. El escritor cayó en Vishera, donde se le impuso a los reclusos la obligación de construir en un tiempo récord una planta productora de papel. Posteriormente Shalámov escribió en su novela autobiográfica “Vishera”: “Me tocó bajar a los infiernos como Orfeo, con la dudosa esperanza de un retorno. Tuve que actuar adivinando qué era digno y qué no. Qué me era permitido y qué no. Yo no lo sabía pero la vida planteaba ante mí un interrogante tras otro, todos requiriendo soluciones inmediatas. Por protestar contra las palizas permanecí largo tiempo desnudo parado en la nieve. ¿Era esta protesta necesaria, imprescindible o útil? Para mi fortaleza espiritual, sin duda. Es imposible no respetar esta actitud, seguramente. Pero yo entonces no lo sabía”.

Varlam Shalámov. Archivo


De alguna manera, Shalámov tuvo suerte, se mantuvo poco tiempo en los trabajos forzados. Lo liberaron anticipadamente y en 1932 volvió a Moscú, donde lo aguardaba su amada Galina Ignátievna Gudz. Se habían conocido en Vishera. Gudz había viajado allí para ver a su marido pero un encuentro casual con Shalámov lo cambio todo de golpe. Entre ellos surgió un romance apasionado. Dos años después formalizaron su matrimonio. Al año, su esposa dio a luz a Lena, su hija.

¡Cómo se alegró Shalámov cuando en 1936 fue publicado su relato policial “Las tres muertes del doctor Austino”! Por su cabeza rondaban casi otros ciento cincuenta materiales preparados. Pero no tuvieron tiempo de volcarse al papel. En la noche del 12 de enero de 1937 Shalámov fue nuevamente arrestado. Al parecer, por los viejos pecados.

En esta ocasión, lo esperaba Kolimá. Pero él todavía no sabía que las autoridades no perdonarían tampoco a su familia. Inmediatamente después del arresto del poeta los agentes se llevaron a su esposa. Es admirable que incluso en las terribles condiciones de Kolimá pudiera escribir poesía. No tenía cuadernos: todas las cosas de los recluidos en las barracas del campo se revolvían permanentemente, un pedazo de papel casualmente encontrado por alguien podía convertirse en un nuevo plazo o en otras crueles condenas.

En 1951 Shalámov cumplió el plazo de su reclusión. A los dos años por fin obtuvo el permiso para volver a las regiones centrales de Rusia. Pero la esposa temía traer a casa al esposo que tenía prohibido vivir en las grandes ciudades. Galina Gudz tenía miedo de que alguien lo viera, lo denunciara y que de paso ella se viera también privada de libertad y la separaran de su hija. Shalámov pernoctaba en casas de extraños. Muy pronto se separó de su esposa. Fue precisamente entonces cuando confió al papel sus primeros relatos de Kolimá.

Se trata de seis distintas recopilaciones escritas entre 1954 hasta principios de los 70. A medida que trabajaba en ellos, los criterios y los estados de ánimo del escritor cambiaron bruscamente. Al empezar la redacción, Shalámov suponía que esto concitaría el interés de los lectores y contribuiría a su lucha por la limpieza moral de la sociedad. En 1972, en cambio, el escritor reconoció a sus allegados que a nadie le hacía falta los relatos de Kolimá: “La gente necesita cosas banales, expuestas con lenguaje banal. Nadie quiere saber nada”. El escritor exageraba. Sin duda alguna hablaba desde la ofensa recibida. En realidad todo era mucho más complejo.

A fines de la década de los 60 y comienzos de la de los 70, algunos de los relatos de Kolimá de Shalámov aparecieron en el extranjero. Fueron publicados sin autorización del autor en la prensa de los emigrantes soviéticos. Los servicios especiales le armaron un escándalo a las autoridades literarias. El escritor tenía que mostrar arrepentimiento con toda claridad. No podía negarse ni resistirse y en 1972 escribió una carta renunciando a toda publicación en el extranjero.

Poco antes las autoridades habían insinuado que, si Shalámov accedía a revisar, cambiar, corregir o rehacer, era posible que le permitiesen imprimir algunos relatos. Pero el escritor rechazó esta oferta. En 1971 Shalámov escribía: “Cada uno de mis relatos es una bofetada al estalinismo y, como toda bofetada, se rige por leyes de carácter simplemente musculoso. Así se escribieron mis mejores relatos. En ellos no hay composturas y en cambio hay determinación. Cada uno es de una veracidad absoluta, es la veracidad del documento”.


Fragmento del relato “Osos”

El cocinero abrió la puerta y gritó:

-¡Osos!

Y todos a la vez nos lanzamos hacia la puerta. Éramos cinco y teníamos una sola escopeta, la del geólogo. No había suficientes hachas, y el cocinero agarró el cuchillo de la cocina, afilado como una navaja de afeitar. Los osos avanzaban por el monte, tras el arroyo: un macho y una hembra. Los animales sacudían, quebraban y arrancaban de raíz los jóvenes alerces y los lanzaban al agua. Estaban solos en el mundo, en aquel bosque de mayo, y los hombres se acercaron hacia ellos, con el viento en contra, muy cerca, a unos doscientos pasos. El oso, pardo, con reflejos rojizos y dos veces más grande que la osa, era viejo: se distinguían bien sus largos y amarillentos colmillos.

Filátov, que era el mejor tirador, se sentó y apoyó la escopeta sobre el tronco de un alerce caído, para disparar mejor, a tiro seguro. Movía el cañon buscando el camino para la bala por entre las hojas de los arbustos que empezaban a amarillear.

-¡Dale!- rugía el cocinero con el rostro blanco de la emoción -¡Dispara!

Los osos oyeron el murmullo. Su reacción fue instantánea, como la del futbolista en el campo de juego. La osa corrió hacia arriba por la ladera de la montaña, hacia el collado. El viejo oso no echó a correr. Avanzó lentamente por la ladera. El animal hacía ostensible su presencia atrayendo hacia sí el peligro; él, el macho, sacrificaba su vida por salvar a la compañera, la alejaba de la muerte, cubría su huida. Filátov disparó.

Relatos de Kolimá. Volumen II. La orilla izquierda.

Editorial Minúscula, S.L., 2009. Traducción de Ricardo San Vicente

Viacheslav Ogryzko es editor jefe del periódico Literatúrnaya Rossiya (Rusia literaria)

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