La distancia de “Fausto”

Alexánder Sokúrov. Foto de DR

Alexánder Sokúrov. Foto de DR


Fausto de Alexánder Sokúrov ha obtenido el máximo galardón del Festival de Cine de Venecia, clausurado el sábado. Esto es, por una parte, motivo de alegría, pero por otra, demuestra el abismo que existe entre el público general y los jurados de los festivales.

Está claro que la última película de Sokúrov, encuadrada dentro de su tetralogía sobre el poder y la naturaleza del mal (compuesta por las películas Moloch, Tauro y El Sol), se merece el León de Oro. Es una obra sofisticada, profunda y alarmante que ejerce una influencia casi mágica sobre el espectador: repugna, turba y tortura para acabar premiando.

Fausto parece hablar constantemente de la inexistencia del alma, pero al final consigue irritarla y desequilibrarla y dejarnos con una catastrófica sensación: hoy en día, las almas son tan baratas que incluso resulta difícil encontrar compradores, aunque puede que no valga la pena venderla.

Antes de hacer entrega del León de Oro a Sokúrov, el presidente del jurado, Darren Aronofsky, dijo que Fausto era una de esas películas que le cambiaban a uno para siempre. Posiblemente sea verdad, cuanto más tiempo pasa desde el momento de la proyección, más claridad cobran en la memoria sus imágenes: el reflejo de Margarita en la superficie inmóvil del lago, el homúnculo ensangrentado que abre la boca desesperadamente para respirar, o el horrendo desnudo de Mefistófeles.

Por otra parte, la decisión del jurado de premiar a esta cinta rusa ha dejado por enésima vez en evidencia a muchos de los que asisten a estas carreras que son los festivales de cine.

Ciertamente, las películas que participan no se pueden comparar entre sí. El Topo, del sueco Alfredson, un largometraje muy decente aunque no sea una obra maestra se quedó lógicamente sin premios, igual que The Ides of March, de Clooney, y Carnage, de Polanski, que había encabezado las listas de apuestas de los periodistas. Sin embargo, Tomas Alfredson no domina el arte de contar historias peor que Sokúrov el de reflexionar sobre lo eterno. Por su parte, Shame, de Steve McQueen, que parecía la mejor obra del festival, solamente obtuvo la Copa Volpi a la mejor interpretación masculina para Michael Fassbender y el premio FIPRESCI . Sin embargo, a pesar de su carácter provocador, Shame tiene la característica de haber sido rodada no sólo para gustar a los especialistas, sino también a otras personas (aunque éstas tengan que tener algo de preparación o, al menos, cierta experiencia como espectadores). En cambio Fausto es una historia completamente diferente. Se trata de una obra difícil, sin cocesiones, que dura más de dos horas y empieza con una escena de una autopsia. Casi todos los espectadores no relacionados con la crítica cinematográfica lo pasaron realmente mal durante la proyección.



Evidentemente, el jurado no tiene que dejarse guiar por la opinión del público no profesional, y, a su vez, el público tampoco tiene que verse obligado a amar apasionadamente las obras de Sokúrov. Lo que pretendo resaltar es que el abismo entre los espectadores y la gente del mundo del cine cada vez es mayor. Cuando alguien pregunta: “¿Qué tal Fausto?”, la respuesta más frecuente es: “Magnífico, pero será mejor que no la veas”. Parece irremediable la brecha abierta entre “las obras para especialistas” y “las obras para el resto de la gente”. Lo más aplaudido durante el festival ha sido el humor negro de William Friedkin y Roman Polanski. Sin embargo, en la ceremonia de clausura los premios fueron a parar a los directores que hablan de lo eterno. Evidentemente todo esto es hipocresía, pero ¿qué se le va a hacer?



Liolia Smólina es la redactora jefe de la edición rusa de la revista “Empire”


Publicación basada en el artículo “Incomparable” del periódico Védomosti, 12.09.2011, nº170 (2936)

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