Philippe Quint

Momentos previos al concierto, un hormigueo de expectación recorre la sala. El telón ya está levantado, entre bastidores hay el trajín de siempre y en el camerino del violín solista aún vibran las cuerdas. Cuando todo está en orden, el regidor da la señal de inicio y, arropado por los aplausos del público y de la orquesta, aparece en el escenario el petersburgués Philippe Quint.

Todavía no ha arrancado una nota a su Stradivarius “Ruby” de 1708 pero, sólo con verle situarse en el proscenio, los espectadores contienen la respiración. Quedan atrapados enseguida por su carismático porte, como el de un actor de películas “indie”. Reconcentrado en sí mismo, empuña el arco para ejecutar el “Preludio”, yergue la cabeza sin abrir los ojos e hinche los pulmones con una gran bocanada de aire. Por delante, veinticinco minutos del Concierto para violín n1 de Bruch, uno de los más celebrados, junto con el de Mendelsshon, del repertorio romántico.

 

 

Tuve la suerte de conocer personalmente a Philippe Quint este verano, durante la gira por México de la Youth Orchestra of the Americas: cuarenta días de ensayos y conciertos a lo largo de varias ciudades del país americano, sobre todo del Estado de Veracruz. Me encontraba allí cubriendo fotográficamente la “tournée” de esta orquesta sinfónica y, en mi tiempo libre, me zambullía en la lectura de una novela de Gary Shteyngart (curiosamente también nacido en San Petersburgo) en la que di con una frase que ilustraba a la perfección lo vivido durante el periplo mexicano: «Vayas donde vayas, siempre acabas topándote con Rusia».

 

 

Y así es, Gary, doy fe. En el programa musical de la gira se incluían dos piezas de compositores rusos: una sinfonía de Dmitri Shostakóvich y la «Rapsodia sobre un tema de Paganini», de Serguéi Rajmáninov. En esta última, la ejecución pianística corría a cargo del shanghaniano Jue Wang, entre cuyos múltiples compromisos destaca la colaboración con la Nueva Orquesta Sinfónica de Rusia, dirigida por el gran Yuri Bashmet. Por lo que respecta a Shostakóvich, la obra elegida fue la Décima, estrenada tras la muerte de Stalin, en 1953, y definida como «una tragedia optimista». El segundo movimiento, de expresividad casi salvaje, está considerado el retrato musical del “vozhd”: ante nuestros ojos cobran vida los enormes bigotes negros, los ojos ligeramente rasgados y las sempiternas botas de caña de Stalin.

 

 

Pero volvamos a Philippe Quint. Habíamos dejado al público, expectante, justo antes de la primera nota grave y larga del violín, hipnotizado ante ese solista con aires de actor, dotado de gran magnetismo y con la pericia para imprimir un sello personal, altamente lírico, a todas sus interpretaciones. Como muestra, aquí tenéis un vídeo que hemos editado especialmente para este artículo, en el que Quint interpreta una composición propia y el concierto de Bruch durante la gira de la YOA.

 

 

 

Recientemente, el avispado director David Grubin quiso sacar rédito de sus cualidades y le otorgó el papel principal de su película «Downtown Express». En ella, da vida a un joven emigrante ruso llamado Sasha, estudiante de violín en la academia musical Juilliard, que debe lidiar con su padre, Vadim, cuando se enamora de una cantautora. Según el director es la primera vez que un músico clásico protagoniza una película independiente norteamericana. El equipo de la película conoció a Quint mientras investigaba la vida de la emigración rusa en Nueva York. Cuando le propusieron el papel, decidió aceptar sin pensárselo dos veces: un violinista emigrado ruso interpretando a un violinista emigrado ruso, ¿por qué no? Tal y como él ha declarado, el guión refleja muchos aspectos de su biografía. Al igual que su personaje, abandonó su Rusia natal aún adolescente a fin de instalarse en los Estados Unidos y continuar sus estudios que, de otra manera, se hubieran visto truncados por el servicio militar. Encarnar a Sasha ha sido para el músico revisitar las experiencias a su llegada a Nueva York: un idioma nuevo, una música nueva y también una pedagogía musical nueva.

 

 

 

 

Nominado al Grammy dos veces, el violinista es además fundador y director artístico del Festival de Minería en Ciudad de México. En fecha reciente ha formado el Quinteto Quint, una formación que se dedica a explorar la música de Astor Piazzolla y el tango argentino. De todo esto nos habla en la entrevista que el músico ha concedido a “Rusia Hoy”, justo después de acabar las sesiones de grabación de su último trabajo. ¡Con ustedes, el maestro Philippe Quint!

 

 

-¿Cuál ha sido y cuál es en la actualidad su relación con Rusia?

Voy a Rusia de vez en cuando para visitar a mi madre. Desde que me marché, no he vuelto a tocar allí. Mi infancia transcurrió, en gran parte, entre la práctica del violín y las clases en la escuela. Mis mejores recuerdos corresponden a cuando iba a conciertos, a ballets y al teatro con mis abuelos. Andréi Korsakov fue uno de mis violinistas preferidos y mentores; por desgracia, murió a la edad de 44 años.

 

 

-En su repertorio incluye a una gran variedad de compositores, en especial contemporáneos. ¿Qué debe tener una composición para que se sienta atraído por ella

Sólo un requisito, que la encuentre cautivadora.

 

 

-Hablando de compositores, la música llega a su vida a través de su familia, en especial de su madre Lora Kvint.

Mi madre es una pianista y compositora de formación clásica. De hecho, es una de las compositoras más populares y queridas de Rusia. Su nuevo musical, “Yo soy Edmundo Dantes”, basado en “El conde de Montecristo”, se estrenará en enero de 2012.

 

 

 

 

-También le interesan otras disciplinas artísticas. Dentro de pocos días se estrena en el festival de cine de Woodstock la película “Dowtown Express”, en la que interpreta el papel protagonista de un violinista llamado Sasha, que tiene numerosos puntos en común con su vida. La película se anuncia como la historia de un «creador artístico en tiempos de crisis e incertidumbre económica». Por esa difícil coyuntura también pasó Rusia, su país de nacimiento, en los años noventa. Han transcurrido veinte años y nos encontramos inmersos en otra época de «crisis e incertidumbre». ¿Cómo encara estas situaciones un creador artístico?

El argumento de “Dowtown Express” no está basado en mi vida, pero, en cierto modo, la refleja de muchas maneras. Las crisis económicas siempre afectan, en el ámbito mundial, a todas las esferas. Pero la mayoría de artistas nunca lo ha tenido fácil… Hay mucha gente que comparte la opinión de que el arte no debería tener una remuneración económica o bien muy poca, sin tener en cuenta que, para la mayoría de artistas, el talento es con frecuencia su único medio de subsistencia y, por tanto, debería estar adecuadamente retribuido. Los grandes recortes presupuestarios en las partidas destinadas al arte, que se han producido en varios países, son un indicativo elocuente de lo difíciles que son los tiempos que corren.

 

 

- La crítica le define como un violinista que combina a la perfección sentimiento y virtuosismo. ¿Cómo ha sido su experiencia en el campo de la composición?

Hasta el momento he compuesto muy pocas obras. “Downtown Express” es la tercera película en la que he acabado contribuyendo con mi propia música. Me gusta experimentar con diferentes formas de arte, pero el violín sigue siendo mi prioridad. Tiendo a estar siempre insatisfecho con mis interpretaciones, así que es difícil para mí juzgar cómo toco o cómo me ve el resto de personas.

 

 

-¿Cuál es su relación con América Latina? ¿Qué opinión le merece la música de otros géneros procedentes de los países latinos?

La música latinoamericana y la española ocupan un lugar muy especial en mi vida. Me encantan los ritmos apasionados y las hermosas líneas melódicas. Recientemente he creado el Quinteto Quint, dedicado exclusivamente a explorar la música de Astor Piazzolla, de quien soy admirador desde hace muchos años.

 

 

Foto de Marta Rebón

 

-¿Podría contarnos cuáles son las características del instrumento que toca?

El violín que toco es obra de Antonio Stradivari, fabricado en 1708, y se conoce con el nombre de “Ruby” (rubí) debido a su barniz rojo. Se ha rumoreado que Pablo de Sarasate tocó este instrumento, aunque la única prueba que queda de ello es una nota manuscrita de Pablo, en la que afirma que este violín tiene un tono muy hermoso y es uno de los mejores instrumentos. La relación con un violín es muy parecida a una relación humana y, sin duda, tiene un aspecto demoníaco.

 

 

-¿Qué diferencia existe entre tocar obras del repertorio clásico e interpretar música de contemporáneos?

Sería estupendo escribir un correo electrónico a Bach y preguntarle sobre cuáles eran sus intenciones particulares para interpretar su música, pero tenemos la suerte de contar con maravillosos compositores contemporáneos, con quienes he colaborado en muchas ocasiones. Es una responsabilidad muy grande y excitante aportar nueva música al mundo. Trato de explorar la nueva música en la medida de lo posible.

 

 

- Háblenos un poco de la Orquesta Juvenil de las Américas (YOA).

La YOA es un proyecto fantástico que consigue unir a personas. Unidad es lo que falta en este mundo y, cada vez que alguien lleva a cabo una iniciativa para unir a la gente, el mundo se convierte en un lugar mejor. La YOA es una orquesta dinámica, joven y llena de energía con la que me ha encantado trabajar.

 

 

-¿Cuáles son sus planes en el futuro?

Acabo de finalizar (¡ayer mismo, de hecho!) la grabación de Conciertos de Bruch y Mendelssohn y las Romanzas para violín de Beethoven en lo que será mi debut en el sello Avanti Classics, que saldrá a la venta la próxima primavera. Seguiré desarrollando mi banda, el Quinteto Quint. Hay muchas ideas que estoy madurando, pero ahora todo es cuestión de tiempo.

 

 

-Si alguien quisiera escuchar su discografía, ¿por qué obras le recomendaría que empezara?

El concierto para violín de Korngod, La Campanella (Paganini-Kreisler), “Red Violin Caprices” de Corigliano, “Tango Lullaby” de Virgil Thomson, “Serenade” de Bernstein y “Solo Sonata” de Miklós Rózsa.

 

 

-Por último, dígame, quién es su músico preferido y cuál es su máxima en el trabajo.

De entre todos los músicos me quedaría con David Óistraj. 

Mi máxima es tomar riesgos inteligentes ahora para evitar reproches en el futuro.

 

 

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