“Los mismos sueños y las mismas pesadillas”

José María Ridao

José María Ridao

El escritor y miembro del consejo editorial del diario El País, concede una entrevista en la que habla sobre diferentes aspectos relacionados con Rusia. Desde cuestiones internas como la caída de la URSS, que vivió en primera persona desde su puesto de diplomático, o las próximas elecciones presidenciales; hasta aspectos internacionales como la relación de Rusia con la OTAN o el desarme nuclear.

¿Cómo valora el camino recorrido por Rusia en estos veinte años? ¿Queda la sensación de una oportunidad perdida?

El final del comunismo no dio paso a un régimen de libertades y, en ese sentido, sí, parece una oportunidad perdida. Es como si, fracasado el experimento comunista, se descubriera que debajo de la Unión Soviética siempre siguió estando la vieja Rusia, cuyas estructuras de poder regresaron de inmediato a la palestra. El desmantelamiento del hispertrofiado Estado soviético por parte de la antigua clase dirigente comunista fue, en realidad, un proceso de refeudalización de Rusia, en el que el poder se fragmentó territorial y funcionalmente. Cuando se habla de la aparición de las “mafias rusas” durante aquellos años se comete un error de concepto al buscar un paralelismo metáforico con Italia. La mafia, en Italia, es un fenómeno parasitario del Estado. En Rusia, las mafias son fragmentos del Estado de los que, en el momento de la privatización, se apoderaron sus dirigentes.

¿Cuáles han sido los avances?

Sin ser una democracia, la situación interna es menos opresiva que durante los años del comunismo. Los ciudadanos rusos gozan de una relativa libertad, cuyo límite se encuentra en el respeto a los intereses de esos grupos, por así decir, feudales. Si ese límite se sobrepasa, una implacable maquinaria represiva se pone en marcha. Rusia, por otra parte, ha conseguido una cierta normalización de su situación internacional, con sus claros y sus sombras. Ya no encarna el liderazgo de ningún bloque enemigo de ningún otro, y eso es positivo para Rusia y para el mundo. Pero esa normalización se ha hecho a costa de cerrar los ojos a la naturaleza crecientemente autoritaria del régimen político ruso.

Usted trabajó como diplomático en la URSS durante 1990 y 1992, ¿cómo vivió el desmoronamiento soviético? ¿Ha vuelto a Rusia desde entonces?

Fue una experiencia contradictoria y hasta cierto punto desasosegante. La primera impresión de quien llegara entonces a la Unión Soviética era que aquello no podía durar. La economía cotidiana funcionaba al margen del sistema oficial, desde el cambio de divisas hasta el abstecimiento de productos básicos. El comunismo, en 1990, era ya un cascarón vacío, y, sin embargo, el discurso oficial en el otro bloque seguía viéndolo como una amenaza de primer orden. Luego, llegó el discurso de Gorbachov que ponía fin a la Unión Soviética y, en el otro bloque, se comenzó a hablar de hambre en Moscú, de hecatombe. Tampoco era exacto, los circuitos económicos paralelos fincionaban desde mucho antes de aquella fecha. De hecho, lo que más me impresionó fue mirar por la ventana de mi despacho en el instante mismo en que Gorbachov ponía fin al experimento social por excelencia del siglo XX: no pasaba rigurosamente nada. El Moscú que he visto en algún viaje posterior no es el que conocí entonces.

Este año se celebra el Año Dual España-Rusia, en tanto que diplomático, ¿cómo valora este hecho?¿Cree que tiene un impacto real en las relaciones entre los dos países?

Siempre es mejor que se realicen este tipo de iniciativas que vivir completamente de espaldas y en la ignorancia. En general, no es el género de diplomacia que me interesa.

Rusia es uno de los miembros de los BRIC, en su opinión ¿cuál es el su papel dentro de este grupo informal?

La presencia de Rusia sugiere la idea de que, por informal que sea el grupo, está relacionado con la necesidad de establecer un nuevo orden mundial. No se puede decir de Rusia que sea exactamente un país emergente. Pero el hecho de que aparezca junto a los emergentes concede una dimensión política a la iniciativa.

En un mundo tan cambiante, ¿cómo puede contribuir Rusia a la estabilidad internacional?

Rusia sigue siendo una potencia nuclear , la segunda después de Estados Unidos. Su papel es decisivo para que el mundo avance hacia la desnuclearización o se precipite en una nueva proliferación, distinta y mucho más peligrosa que la de la Guerra Fría. Entonces, la existencia de interlocutores reconocidos y de un lenguaje compartido evitó la catástrofe. En la nueva proliferación, no existe ni una cosa ni la otra.

El año que viene hay elecciones presidenciales en Rusia. Parece que Putin volverá a presentarse. ¿Cómo valora este hecho?

La presencia de Putin en las presidenciales del próximo año sería, sencillamente, un fraude. Retrospectivamente, se trataría de una declaración en toda regla de que Medvédev ha sido un títere y, mirando hacia el futuro, convertiría a Putin en el nuevo señor de Rusia. Tal y como se plantean las elecciones desde la irrupción de Putin en la política rusa, el problema no es de libertad sino de opciones. En la Rusia de Putin, las elecciones son libres, pero solo para votar a un partido. En vez de reprimir la libertad, Putin reprime las opciones, y por esta vía consigue dar una apariencia democrática a un régimen que no lo es.

¿Cree que la situación en el Cáucaso Norte puede ser un motivo para la desestabilización del país?

En el Cáucaso, Putin ha actuado a cara descubierta, amparándose en el discurso de la guerra contra el terror que decretó Bush. Si ese discurso desaparece, algo que dependerá de la continuidad o no de Obama en la Casa Blanca, Putin tendrá más difícil encontrar una coartada para sus acciones en el Cáucaso, pero no creo que deje de actuar a cara descubierta si la situación se deteriora. A corto plazo, más que desestabilizar, el conflicto puede radicalizar el régimen de Putin.

A su vez, la situación entre Rusia y Georgia es extremadamente delicada, ¿cómo puede la comunidad internacional maniobrar para rebajar el nivel de tensión?

Al invadir Georgia, Rusia infligió con un solo movimiento una humillación a esta antigua república soviética y otra a la Alianza Atlántica. Desde el punto de vista de la Alianza, habría una conclusión que extraer: afirmar una y otra vez el carácter defensivo de una organización militar acaba siendo inexorablemente percibido como una amenaza por quien no forma parte de ella. Una Alianza en permanente búsqueda de los riesgos para los que debería servir de instrumento, o por decirlo sin rodeos, una Alianza en permanente búsqueda de enemigos una vez que desapareció aquel frente al que fue constituida, puede ser una fuente de inestabilidad.

¿Cómo valora el hecho de que Rusia vaya a organizar una serie de eventos deportivos de relevancia internacional en los próximos años?

Forma parte de la normalización de su posición en el mundo a la que antes me refería. Si no hay contestación política antes de la celebración de esos eventos, la situación interna en la que se encuentre Rusia en esos momentos quedará convalidada por la comunidad internacional. El listón del silencio internacional ante las arbitrariedades del régimen de Putin subirá unos centímetros o unos metros, ganando nuevos espacios de impunidad.

En tanto que novelista, ¿hay algún autor ruso que lea con especial interés?

De los clásicos, todos, sin excepción. De los más recientes, me llamó la atención Arkadi Bábchenko. Su novela “La guerra más cruel” demuestra que, en efecto, debajo de la Unión Soviética estaba Rusia, pero también que debajo de Rusia están sus hombres y mujeres, que tienen los mismos sueños y las mismas pesadillas que en cualquier parte del mundo.

José María Ridao (Madrid, 1961) es escritor y diplomático. Licenciado en Derecho y Filología Árabe. Forma parte del consejo editorial del diario El País y es colaborador de la Cadena Ser. Participa activamente en la vida intelectual española como conferenciante, articulista y tertuliano. Ejerció la labor diplomática en Angola, Guinea Ecuatorial, Francia y la Unión Soviética. Afirma que gracias a ello conoció países y culturas que no habría conocido de otra manera. Entre otras experiencias, considera que el periodo angoleño lo marcó profundamente y además asistió a la desintegración de la URSS, en la que estuvo destinado entre 1990 y 1992. De 2004 a 2006 fue embajador ante la UNESCO, año en que presentó su renuncia. Desde entonces se dedica a la escritura. Como escritor ha explorado con éxito ensayo y novela, figurando entre sus obras “Mar Muerto” (2010), “Contra la historia” (2009), “Por la gracia de Dios” (2008), “Elogio de la imperfección” (2006), “Dos visiones de España” (2005), “La paz sin excusa” (2004), “El pasajero de Montauban” (2003), “El mundo a media voz”(2001).

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