Un mundo agrietado

No se puede sobrevalorar la importancia del 11-S pero tampoco desestimarla. Imagen de Niyaz Karim

No se puede sobrevalorar la importancia del 11-S pero tampoco desestimarla. Imagen de Niyaz Karim

En vísperas del 10º aniversario del 11-S, Fiódor Lukiánov, redactor jefe de la revista Rossíya v Globalnoi Polítike (Rusia en la Política Global), comparte sus reflexiones acerca de la tragedia que asoló al mundo.

Hace diez años, cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las torres del World Trade Center en Nueva York, pareció que el mundo, tal y como lo conocíamos, se había derrumbado. Naturalmente, no llegó a derrumbarse, pero sí quedó agrietado.

No podemos infravalorar la importancia del mayor atentado terrorista en la historia del planeta, pero tampoco hay que sobreestimarla. El 11 de septiembre de 2001 acabó con algunas ilusiones surgidas tras finalizar la guerra fría, pero surgieron otras que, sin embargo, no han durado mucho. Entre los errores que se esfumaron aquella fatídica mañana, estaba la impresión de que con la destrucción del “Imperio del Mal” soviético, la humanidad había llegado a un terreno llano,pleno de seguridad, estabilidad y bienestar. Aunque surgió otro error, parecía que había llegado la hora para que EE UU dejara de lado los convencionalismos y empezara a reorganizar el planeta según sus propias ideas y normas.

Los acontecimientos de hace una década, se convirtieron, por una parte, en el catalizador de los procesos que habían empezado en los años 90, y por otra, en la quintaesencia de los conceptos y fenómenos que definen la política actual.

Detrás del ataque contra de EE UU había una organización transnacional no gubernamental, es decir, un tipo de organismo cuyo auge había sido aclamado como el pistoletazo de salida de la era liberal. Pero resultó que una organización no gubernamental no necesariamente tenía que ser Amnistía Internacional, también podía ser Al-Qaeda. Además, el ataque pudo verse en directo por televisión, simbolizando de alguna manera el triunfo de la sociedad abierta en la que se depositaron tantas esperanzas después de la caída de los regímenes totalitarios. Estados Unidos se había erigido como la única superpotencia mundial, pero esta nueva amenaza era más peligrosa porque no procedía de un estado competidor, sino de una fuerza incomprensible surgida de no se sabía dónde. Sin embargo, precisamente esta circunstancia permitió demonizar al terrorismo internacional y convertirlo en una amenaza sistemática, es decir, estructural para la política mundial. Se había conseguido la amenaza que faltaba después de la autodestrucción de la Unión Soviética.

Las esperanzas no se cumplieron. Un peligro difuso, escondido dentro de una comunidad musulmana ajena, no pudo cumplir el papel de eje en las relaciones internacionales. La aniquilación de Osama Bin Laden, que ha sido uno de los pocos éxitos clamorosos de Barack Obama, demostró que aquella personificación del mal universal no era más que un personaje secundario, aunque pintoresco, de la escena política global.

Lo que resultó más pernicioso fue que aquella amenaza sistemática en la que no se llegó a convertir el terrorismo internacional, se identificara con el islam. En cualquier caso, la década tras el 11-S se ha caracterizado por el brusco crecimiento de la desconfianza mutua entre Occidente y el mundo islámico. Por mucho que se declare que el problema no está en el islam, sino en el extremismo, la percepción real sale constatemente a la superficie, tanto en los lapsus de los políticos, como en los resultados de las elecciones europeas o en la praćtica política.

Bin Laden provocó que la única superpotencia mundial llevara a cabo una política militar que, pasados diez años, muchos consideran estratégicamente incoherente, demasiado cara y destructiva para el fortalecimiento de la posición estadounidense. Las guerras surgidas a raíz del 11-S, las de Afganistán e Irak, no parecen tener fin, y los objetivos de las mismas, independientemente de lo que hubieran sido inicialmente, se sustituyeron hace mucho por la continua táctica de minimizar las pérdidas.

Por otro lado, es un hecho indiscutible que el ataque demostró la estabilidad de la sociedad norteamericana y su fuerza política. Sin embargo, la unión nacional ante aquella tragedia inaudita y un enemigo desconocido resultó ser el preludio de un gran cisma, de una polarización de la sociedad que empezó a agravarse rápidamente desde mediados de los años 2000.

Obviamente, no sólo se trata de terrorismo. Hacia finales del siglo ХХ, EE UU alcanzó la cumbre de su éxito social y económico, así como su potencial internacional. “Los despreocupados años 90”, cuando la procedencia de las manchas en el vestido azul de Monica Lewinsky atraía más atención de los americanos que la guerra de Yugoslavia o las explosiones en las embajadas de Kenia y Tanzania, fueron sustituidos por los amenazadores “años cero”. La incertidumbre se iba agravando poco a poco y coincidió con el aumento de fenómenos alarmantes en la economía. La necesidad de pagar las cuentas, tanto en el sentido literal como en el figurado, acumuladas desde la época de Reagan, estalló con la crisis de 2008-2009 que, por lo visto, ha sido el preludio de una quiebra inevitable del paradigma de desarrollo.

Así las cosas, resultó que el enemigo principal no estaba fuera, sino dentro, en el corazón del estilo de vida consumista americano y, por consiguiente, mundial. No es una casualidad que la euforia producida por la aniquilación de Bin Laden no le durara a Obama más que un par de semanas, tras las cuales la atención de los electores volvió a centrarse en los problemas del desempleo, el bajo crecimiento económico y un sentimiento general de “no ir en la dirección correcta”.

El terrorismo internacional no fue la causa, sino la consecuencia (no única y, probablemente, no la más importante) del desajuste global que acompaña la desintegración del antiguo orden mundial. Ningún “cruel malhechor” al estilo de Bin Laden, por mucho que lo desee, podrá menoscabar la estabilidad internacional de la misma manera que una serie de decisiones equivocadas del presidente de los Estados Unidos, la canciller alemana o incluso el director de la Reserva Federal, o el Banco Central Europeo.

El siglo pasado, con sus pasiones y sus desmanes, terminó el 11 de septiembre de 2001, cuando una fuerza nacida como consecuencia del desfase del orden mundial se dio a conocer. En Rusia son muy populares los comentarios que aluden a la formación de Osama bin Laden por la CIA, sin embargo, estas acusaciones no explican nada. Y es que las acciones del líder de Al-Qaeda no se basaban en lo que le hubieran enseñado sus monitores de Langley en la época de lucha contra el comunismo, sino en la lógica del siglo XXI, una época en la que el peso de la balanza internacional se está desplazando de Occidente a Oriente y en la que predominan formas políticas más arcaicas que las ideologías del siglo XX, es decir, las ambiciones nacionalistas y el renacimiento religioso.

Tanto el propio Bin Laden como la organización creada por él se van a convertir en elementos periféricos del desarrollo histórico mucho antes de lo que nos pudiéramos imaginar en septiembre de 2001. Pero habrá otras personas que lucharán por la misma causa, desbancar a Occidente del pedestal del control mundial, con otros medios. En ocasiones incluso sin darse cuenta de ello.

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