Ígor Palmin

Bibilioteca de Lenin en Moscú. Foto de Ígor Palmin

Bibilioteca de Lenin en Moscú. Foto de Ígor Palmin

Hasta el 11 de septiembre, en la sede de la Fundación cultural Ekaterina de Moscú, se puede visitar «Past Perfect», un testimonio fotográfico del ambiente artístico moscovita de los años 70 y 80.

En una entrevista reciente con motivo de su exposición en cartel, Ígor Palmin subraya que buena parte de las cosas que le han pasado en la vida, especialmente el convertirse en fotógrafo profesional, ha sido fruto del azar. El entrevistador interpela a Palmin hablándole de la maestría de sus retratos, que nunca se quedan en un simple documento histórico. Palmin no da su brazo a torcer. Advierte: son «primeros planos» conseguidos después de malograr mucho carrete, sin tener una idea clara de lo que iba a hacer. En cualquier caso, si están bien, dice, es más por una cuestión de cariño y respeto hacia los retratados que por una cuestión puramente técnica. De nuevo el azar. Pero saber interpretar el azar no es una cuestión baladí. Sí, su biografía puede parecer «azarosa», de geólogo a reputado fotógrafo. Explica, mediante una bella metáfora fotográfica con sabor a magdalena proustiana, que existen sentimientos «latentes» en nuestro interior que permanecen ocultos hasta que algo externo actúa como «revelador» y los hace visibles. Chechenia, el primer encargo para una editorial francesa, el círculo de pintores «inconformistas»… todas las etapas reflejadas en sus fotografías nos hablan no tanto de un «tema» como de un descubrimiento personal que, al final, han hecho de la cámara de gran formato su fiel compañera.

Yo también descubrí a Ígor Palmin por el azar de Google. Antes de ir a Moscú, y como viene siendo una rutina personal antes de emprender un viaje, busqué series fotográficas que me dieran una primera idea de la arquitectura vanguardista rusa, pues fotografiarla era el motivo de mi visita… y la búsqueda me llevó hasta el mundo Flickr: descubrí un trabajo de una calidad sorprendente cuyo autor se «escondía» detrás de un avatar que representaba una escalera modernista en plano picado, en concreto la escalera de la mansión Derozhinskaia. Fiel a mi costumbre de gozar por anticipado con buenas fotografías sobre el lugar adonde voy a viajar, seguí tirando del hilo y descubrí que la biografía de Palmin iba más allá de la del mero profesional. Le busqué en Facebook y pude ponerle cara: el autorretrato de un hombre mayor que, con el ceño fruncido, mira directamente al espejo, mientras sujeta con una mano el disparador de una cámara técnica. A la vuelta de mi viaje, cuando Ígor Palmin vio algunas fotografías mías de Moscú y Peredélkino que había colgado en la red social, tuvo la generosidad de hacerme llegar una serie suya sobre la dacha de Pasternak, realizada treinta años antes. Era tan poética como el ambiente que se respira en aquel espacio.

No existe manera científica de medir en unas fotografías cuánto nos dicen éstas de la persona agazapada detrás del visor, de la sensibilidad de su mirada. Pero es cierto que incluso en algo tan aparentemente frío como es el análisis fotográfico de una obra arquitectónica, donde prima el control de la luz y la composición, uno puede atisbar ese grado de sensibilidad. Cuando pensé en incluir un artículo sobre Ígor Palmin en este blog, tenía la intención de mostrar su obra en el campo de la arquitectura. Luego descubrí que en la Fundación Ekaterina –conocida en España por el premio que recibió en la última edición de ARCO- se exhibía una amplia muestra de sus retratos, es decir, consagrada a su relevante papel como testimonio, y fue evidente que no podía limitarme a un solo género de su producción artística. Es más, al ver un tipo de imágenes y otras aún percibimos con mayor claridad la «voz» del fotógrafo. Véase a modo de ejemplo una selección de fotografías de la casa Mélinkov, la cual retrata con la misma delicadeza y empatía que a sus amigos artistas.

La importancia de una serie como «Past Perfect» no reside sólo en su valor documental. El legado de Arnold Newman, Cartier Bresson o –más cercano al lector español- Catalá-Roca nos ha regalado imágenes icónicas de los artistas que han moldeado la manera de pensar y sentir el siglo XX: retratos no únicamente valorados por la belleza y corrección formal, sino porque desvelan algo «latente» de sus personalidades, a veces impenetrables. Ígor Palmin se aproxima de un modo muy cálido a sus retratados. Nos los presenta con una frontalidad directa, sin filigranas. Explica que es una herencia de la tradición familiar en las artes escénicas (sus padres eran actores de teatro) y que ha trasladado a sus imágenes esa posición privilegiada del espectador según el cual se ordena todo el espacio teatral. La unidad de estilo que caracteriza a su serie de retratos le aporta, además, otro plus de proximidad: nos convierte en una suerte de testigo omnisciente de una misma mise en scène. Palmin no entiende esta serie como un acto de nostalgia, sino como una forma de mantener el diálogo con toda una generación, representada aquí por sus artistas y pensadores.

El hijo del arquitecto, Víktor Mélnikov (1914-2006), pintor, (foto realizada en 1990)

De su labor como fotógrafo de arquitectura, a la que llegó, según confiesa, después de dar un salto al vacío y aceptar un primer encargo internacional, presentamos una variada selección realizada por el propio autor para «Rusia Hoy». Resaltamos, como si de otro retrato se tratara, la serie sobre la casa de los Mélnikov en Moscú [Krivarbatski pereulok, 17]. Este edificio-icono de la vanguardia rusa ha sido, desde su construcción, la residencia-estudio familiar, hoy en día en poder de la nieta. Mélnikov, después de cosechar grandes éxitos en la Exposición Internacional de París en 1925, recibió un terreno edificable en el centro de Moscú. La planta de tres cuerpos cilíndricos, las ventanas hexagonales y las paredes blancas son detalles reconocibles de la obra más famosa en el ámbito internacional del arquitecto. Mal comprendida en la época, resultó un oasis dentro de la tendencia arquitectónica general, que no pensaba en las necesidades de una familia concreta sino en colectividades. Ígor Palmin, cuando la fotografía, «desvela» todas sus singularidades, no tanto como icono sino como espacio habitado. Con la misma sutileza penetra en los rostros de los escritores Aksiónov, Shklovski o Vladímov, tan lejanos ya y tan cercanos gracias al clic de la cámara de este artista.

PAST PERFECT

Fundación Cultural Ekaterina

Kuznetski Most, 21/5. Entrada por Bolshaia Lubianka.

De 11 a.m. a 8 p.m., excepto domingo.

Metros Kuznetski Most y Lubianka.

www.ekaterina-foundation.ru

Para ver más imágenes de Ígor Palmin: www.flickr.com/photos/Ígorpalmin

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Ígor Palmin (Volgogrado, 1933). Desde la década de 1950 desarrolla su labor como fotógrafo. En 1962, se mudó a Moscú, donde ingresó como técnico de laboratorio fotográfico en la Academia de las Ciencias de la URSS. De 1967 a 1971, trabajó en el departamento de ciencias de la televisión estatal. Pero su amistad con Ernst Neizvestni, Vladímir Nemujin y Oscar Rabin, así como con parte del círculo de artistas «inconformistas», le empujaron a dejar su trabajo oficial y dedicarse profesionalmente a la fotografía. Ha publicado para «Sovietski Judozhnik», «Iskusstvo», «Stroyizdat» y revistas como «Drugoye Iskusstvo», «Tvorchestvo», «Sovietskaia Arjitektura», así como en otras editoriales internacionales.

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