Casadas con la inmigración

El número de mujeres inmigrantes trabajadoras en la capital rusa aumenta constantemente. Foto de Ria Novosti

El número de mujeres inmigrantes trabajadoras en la capital rusa aumenta constantemente. Foto de Ria Novosti

Hoy en día, según la organización “Migración y Ley”, las mujeres suponen un 40 % de los trabajadores inmigrantes de Moscú, y su número crece cada año. La mayoría de ellas procede de países de Asia Central.

“Según nuestros pronósticos, es una tendencia creciente”, cuenta Mavzuná Adbualíyeva, coordinadora del proyecto de partenariado estratégico para la promoción de los derechos y la ampliación de las oportunidades de las mujeres trabajadoras inmigrantes en Rusia, de la organización “Migración y Ley”. “La inmigración tiene rasgos femeninos. La mayoría de las inmigrantes, alrededor del 50%, procede de Kirguistán, mientras que las menos numerosas son las procedentes de Tayikistán”, confirma la directora del Centro de Estudios sobre Inmigración, Elena Tiuriukánova.

Según Adbualíyeva, la mayoría de las mujeres que vienen a Rusia están casadas. “Principalmente son mujeres abandonadas por sus maridos. Los hombres que se marchan a trabajar a Rusia para ganar dinero fundan aquí una segunda familia y se olvidan de la mujer y de los hijos que se quedaron en casa. Los maridos dejan de enviar dinero, y las mujeres se ven obligadas a mantener a sus padres e hijos. Van a Moscú a trabajar, en la mayoría de los casos, ilegalmente”, cuenta Adbualíyeva. Es lo que le ocurrió a Zamira, uzbeka de 30 años. Su marido se fue a Moscú hace un año. “Primero me llamaba una vez a la semana, luego una vez al mes, y al final dejó de llamar y de mandar dinero. En febrero me llegó una carta de parte de un amigo suyo diciendo que mi marido ya tenía otra mujer y que no le esperara más. Tengo tres niños pequeños, mi padre está inválido y debo mucho dinero”, cuenta Zamira. Entonces, pidió prestada una cantidad y se fue a Moscú. Se puso a trabajar como limpiadora en una cafetería al lado de la estación de metro Chístie prudý y alquiló una cama en un piso compartido. El marido de su compañera de piso, Madina, se quedó en su pueblo natal, en Kirguizia. “Tiene las piernas fastidiadas, no podría trabajar mucho, y yo soy muy fuerte. Así que decidimos que mi marido se quedara con los niños y yo fuera a trabajar. Total, soy una fiera y el sustento de la familia”, se ríe Madina, de 26 años.

“Es una tendencia interesante. Las mujeres inmigrantes que tienen a sus maridos en casa constituyen alrededor del 10% del total de las mujeres inmigrantes,” comenta Abdualíyeva. En la mayoría de los casos sus maridos se lesionaron trabajando en Rusia y ahora son inválidos.

Según el presidente de la Unión de Tayikos de Rusia, Abdullo Dovlátov, se trata de un grupo social apartado en Moscú, muy frágil y vulnerable. Los datos del Centro de Estudios sobre Migración demuestran que las mujeres inmigrantes que trabajan en la capital rusa ganan casi la mitad que los hombres, el 14% se encuentra con el problema de los impagos y al 20% los dueños de los locales les pagan menos de lo apalabrado. “Las mujeres son maltratadas o engañadas por los jefes en más ocasiones que los hombres. Suelen estar asustadas y no tienen ningún tipo de derecho. Además, muchas veces sufren violencia por parte de sus propios compatriotas. Los hombres descargan el estrés que supone ser un trabajador inmigrante en Moscú sobre ellas,las pegan y maltratan”, cuenta Abdualíyeva. Por otro lado, muchas tienen estudios. Estos datos se confirman con la información obtenida por el Centro de Estudios sobre Migración del Instituto Demográfico para el año 2011: el 70% de las inmigrantes tienen estudios universitarios o profesionales. “Muchas trabajaron en sus países como maestras, profesoras o enfermeras. Cuando una mujer viene a Moscú a ganar dinero, su estatus social baja considerablemente”, dice Abdualíyeva. Por ejemplo, Zamira estudió filología. Habla muy bien ruso y me recita de memoria fragmentos de la obra de Calderón. “En mi biblioteca en Uzbekistán no voy a ganar tanto dinero como en Moscú haciendo de fregona”, explica Zamira. Su sueño es volver a casa cuanto antes. “Echo de menos a los niños, no es natural para una mujer estar lejos de sus hijos”, se queja.

Los hijos son el mayor problema de las mujeres inmigrantes. Durante el embarazo y el parto les resulta sumamente difícil obtener ayuda en Moscú. Los dueños de los pisos se niegan a alquilar habitaciones a mujeres con niños y los empresarios, al enterarse de que la contratada se ha quedado embarazada, suelen rescindir el contrato laboral. “Las mujeres se ven obligadas a abandonar a sus hijos”, comenta Madina Yuldásheva, directora de “Mamá, encuéntrame”. Se trata de la única fundación en Moscú que presta ayuda integral a las mujeres inmigrantes con niños, que se encuentran en una situación de exclusión social. “Estamos haciendo todo lo posible para que las madres puedan quedarse con los niños. Les ayudamos a buscar trabajo y les facilitamos una vivienda en albergues sociales. En dos años, los empleados de la fundación pudieron convencer a 29 mujeres para que no abandonaran a sus hijos. “Se necesitan programas especiales para apoyar a las mujeres inmigrantes. De momento, hay muy pocos, mientras tanto la inmigración femenina seguirá creciendo,” explica Tiuriukánova.

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