“Sí, somos rusos. No, no bebemos vodka”

Los hábitos de consumo cambian más rápido que los tópicos. Foto de Ria Novosti

Los hábitos de consumo cambian más rápido que los tópicos. Foto de Ria Novosti

Hace mucho que las grandes multinacionales cruzaron las fronteras estatales. Además, los procesos de migración han convertido a la mayoría de los países industrializados en un multicolor mosaico étnico. Pero a pesar de la tendencia general hacia “la torre de Babel”, se mantienen las particularidades culturales, a veces incluso de forma deliberada. Así ocurre, por ejemplo, con las bebidas y platos típicos de cada país.

Seríamos capaces de describir en una sola frase a las características típicas de otros países. Todo inglés come avena y toma té a las cinco de la tarde. A un francés le encantan las ancas de ranas, acompañadas de un vino de Burdeos. Casi cualquier alemán devora obligatoriamente salchichas y entiende de cerveza. ¡Qué decir de los españoles y su facilidad para tocar la guitarra y bailar! Si pensamos en el ruso de a pie, hay muchas posibilidades en cuanto a comida típica, pero en lo que respecta a las bebidas alcohólicas no hay ninguna duda: vodka o samogón (aguardiente casero). Este es uno de los tópicos internacionales que nos acompañan, se supone que a ninguno nos gusta tomar bebidas de menos de 40º.

Los hábitos de consumo de productos tienden a ser conservadores y cambian lentamente. Los desplazamientos pueden hacerse visibles pasadas varias generaciones, pero lo importante es que sean posibles.

El crecimiento de la clase media influye de manera considerable en la transformación de la cesta de compra. Empiezan a aparecer, primero de forma esporádica y luego como algo habitual, los alimentos que antes se consideraban de clase alta, exóticos o lujosos; tal y como ocurrió con las frutas tropicales y las verduras importadas fuera de temporada. Sociólogos y analistas de mercado señalan una correlación directa entre el crecimiento del poder adquisitivo de los ciudadanos y el cambio de la estructura del consumo de alcohol, con una tendencia al aumento del consumo de cerveza, vino y bebidas alcohólicas ligeras.

Ya en el año 2000, la empresa ROMIR, dedicada al estudio de la opinión pública, señaló tras realizar una de sus encuestas el cambio de actitud de los rusos hacia las bebidas alcohólicas ligeras, y a la cerveza en particular. Entre los ciudadanos mayores de edad encuestados en 40 territorios de la Federación de Rusia, más de la mitad (el 60 %) bebe cerveza con más o menos frecuencia. Entre ellos, el 30% declaró que la consume en ocasiones señaladas, el 15%, de vez en cuando y el 15 % restante, con regularidad. El resto (el 40 %) respondió que nunca bebía cerveza.

En cuanto a las preferencias en función del sexo, la cerveza es una clara opción masculina (alrededor del 70%). Sin embargo, el porcentaje de mujeres consumidoras aumenta constantemente.

Sin embargo, fuera del país se sigue manteniendo el tópico del ruso bebedor de vodka. La autora de este artículo ha tenido la oportunidad de observar las miradas de sorpresa de sus interlocutores extranjeros a la hora de afirmar: ”Sí, soy rusa. No, no bebo vodka”. En ese momento el interlocutor muestra claros indicios de extrañeza. Una de dos, o ésta no es rusa, o bien no quiere confesar la verdad.

Malcolm Munro, el consultor independiente en relaciones públicas que elaboró la estrategia de relaciones públicas del gobierno británico, señala que la participación en las conferencias del Instituto de Strelka, el pasado mes de julio, supuso un desafío personal que le permitió enfrentarse cara a cara con los tópicos existentes sobre Rusia. Según su impresión personal, la trillada idea del ruso bebedor de vodka es aplicable a la generación anterior, y no a la cosmopolita juventud actual.

Los cambios ocurridos se reflejan claramente en los índices de mercado de los últimos años. En 2007-2008, la Federación de Rusia ocupaba el tercer puesto a nivel mundial en cuanto a producción de cerveza, detrás de China y Estados Unidos. Aunque en 2009 Brasil se colocara por delante y bajaramos al cuarto puesto, la capacidad de mercado, según los datos de la empresa Kirin, se valoraban en casi 10,489 mil kilolitros. Pero ya sabemos que muchas veces los datos macroeconómicos reflejan una situación demasiado general, bastante alejada de la realidad cotidiana.

Los hábitos del consumidor ruso se reflejan mejor en el índice de consumo de cerveza per cápita. En 2007, el director del grupo Baltika, Antón Artémiev, señaló que el consumo medio en el país se acercaba a 70 litros por persona, y en Moscú y San Petersburgo a 90-100 litros. En 2008 y 2009, Rusia ocupó el 22º y 23º puesto respectivamente en el ránking mundial. Por ahora estamos muy lejos del consumidor medio de la República Checa (143,2 litros al año) o Alemania (109 litros al año).

Según Antón Artemiev, nada impide a los rusos consumir la misma cantidad de cerveza. Aunque el camino tiene bastantes dificultades. La crisis ha provocado cambios en la coyuntura del mercado: algunos han vuelto a las bebidas más fuertes, y a otros, han prescindiendo del alcohol. Los impuestos sobre la cerveza han aumentado mucho en los últimos dos años, y hace un mes el presidente firmó la llamada ley antialcohol, que equiparaba la cerveza a las otras bebidas alcohólicas. No nos más opción que esperar que tan drásticas medidas estatales ayuden a conformar una cultura de consumo de alcohol entre la población que no amenace su salud ni influya en la esperanza de vida.

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