La crisis bielorrusa asfixia a los trabajadores

La cola en una de las tiendas de alimentación tras el anuncio de la devaluación del rublo bielorruso en 56%. Foto de Itar - Tass

La cola en una de las tiendas de alimentación tras el anuncio de la devaluación del rublo bielorruso en 56%. Foto de Itar - Tass

Disfrazado de minero, con documentación falsa e intentando poner mi mejor cara de trabajador bielorruso, accedo a las instalaciones de una de las grandes minas de extracción de minerales que rodean la pequeña ciudad bielorrusa de Soligorsk.

Desciendo dos kilómetros bajo tierra cubierto por una oscuridad total y acompañado de 28 hombres más, hombres a los que la actual crisis bielorrusa está obligando a trabajar por tres veces menos de lo que ganaban hace un año, salario con el que han de hacer frente a unos precios que, en ocasiones, se han multiplicado por cinco.

Hasta aquí he llegado de la mano de un hombre que trabaja en esta mina desde hace más de 30 años, y al que, por motivos de seguridad, llamaré Iván. Hace ya cinco años que debería estar jubilado, pero los 90 dólares de la pensión no le permiten ni siquiera pagar los gastos mínimos de luz y agua de su apartamento. Iván se mueve con una facilidad pasmosa por los oscuros pasillos de esta mina, conduce por las galerías un coche de fabricación alemana, y me enseña con orgullo la que ha sido su segunda casa durante gran parte de su vida. La crisis le afecta, aunque se esfuerza en mantenerse fuerte y digno : “trabajaré hasta que me muera, no hay otra solución”, afirma categórico mientras me deslumbra con el foco de su casco. Iván se está jugando el puesto al colarme en la mina, pero quiere que vea que su trabajo vale más que 250 dólares. Aquí, el hombre extirpa minerales de las entrañas de la Tierra, y lo hace con gran peligro para los mineros, y con una merma importante de su salud. “Ahora trabajamos para poder comer, pero si no venimos a trabajar, otros lo harán”. La posibilidad de declararse en huelga no entra dentro de los planes de Iván y de sus compañeros.

En la mina trabajan mayoritariamente hombres maduros, algún jóvenes y muchos jubilados. Como reconoce en las galerías otro minero: “aquí trabajan muchos pensionistas, con sus pensiones no se puede hacer absolutamente nada. Era así antes, es así ahora y así será mañana”.

La devaluación del rublo ha dejado los salarios de estos trabajadores que se juegan la vida bajo tierra, en cifras ridículas, y es especialmente irritante en este caso. La mina, de propiedad estatal, vende en dólares la mayor parte de su producción a China, por lo que no está ingresando menos por su trabajo, aunque si está pagando menos a sus trabajadores, que reciben sus salarios en la devaluada moneda nacional.

El hundimiento del rublo bielorruso tiene gran parte de la culpa de que Iván y su familia lo estén pasando mal. Su sueldo se ha depreciado junto con la divisa nacional, pasando de un salario digno, que rondaba los 1500 dólares, a percibir apenas 250. La esposa de Iván, a la que llamaremos Yulia, reconoce que su hija, emigrada en Rusia, les ayuda a subsistir: “sin el dinero de nuestra hija y sin los productos de la dacha no tendríamos comida en la mesa”. Y bien cierto es, la mesa de esta familia tiene todo lo que da su dacha. De hecho, éstas vuelven a ser, como en tiempos de la Unión Soviética, un importante apoyo para redondear las cuentas de las familias.

Las constantes devaluaciones del rublo bielorruso frente a las tres divisas predominantes en el país: el rublo ruso, el euro y el dólar, han generado además un mercado negro lleno de especuladores y gente desesperada por conseguir divisas y venderlas al día siguiente a mejor precio. De modo que el mercado negro es, en la Bielorrusia rural, el único mercado posible. En los bancos de Sologorsk no hay a la venta ni un solo dólar, y , junto a las cabinas de cambio, revolotean ancianos y ancianas que montan guardia durante todo el día para ofrecer a los vendedores de divisas un precio mejor que el que daría el banco. Efectivamente, al percatarse de que soy extranjero, me veo rodeado por varios ancianos que desean comprar mis euros. El banco me los compra a 7000 rublos cada uno, ellos llegan a ofrecerme 11500.

La caída a los abismos del rublo ha arrastrado a toda la economía. Los precios, fijados por el dólar, se han multiplicado, y los salarios, fijados en rublos, se han quedado en nada. Una joven bielorrusa afincada en España y de visita en Soligorsk, a la que llamaremos Tamara, también ayuda a su madre. Tamara ha traído euros en metálico, ya que es una misión imposible tratar de comprarlos en un banco de esta ciudad. “Ahora aquí con 100 euros (más de un millón de rublos) puedes hacer lo que quieras”. La cuenta del restaurante donde Tamara, su familia y yo comemos mientras hablamos de la crisis, ha ascendido a 60.000 rublos, algo menos de 6 euros, una cantidad irrisoria para un europeo, una cifra importante para la madre de Tamara, que cobra 800.000 rublos.

La situación en la capital bielorrusa, Minsk, es similar, si bien en algunos bancos, muy pocos, aún venden divisas, por lo que los trabajadores pueden asegurar sus salarios comprando dólares, aunque perdiendo gran cantidad de su poder adquisitivo.

Aquí, nada más montar en el taxi, ya me ofrecen comprarme toda la moneda extranjera que lleve encima, en este caso rublos rusos. Los dólares son los mas deseados, ya que el euro es demasiado caro. El rublo ruso no es lo más buscado, pero cualquier cosa vale para deshacerse de los rublos bielorrusos. En Minsk encontramos afortunados que, desde antes de la crisis, tenían fijado su salario en dólares. Este es el caso de Anna, que, hasta hace poco consideraba su salario de 400 dólares como un salario muy bajo, y que ahora, por arte de la devaluación, cobra mucho más que su marido, que recibe el sueldo en rublos, y que antaño le duplicaba el sueldo.

Bielorrusia puede por lo menos felicitarse de que la carestía de alimentos y de toda clase de productos que sobrevino hace medio año, tras la primera devaluación, haya quedado atrás. Ahora las estanterías de las tiendas y supermercados de la capital y la provincia vuelven a estar repletas, aunque pocos se pueden permitir los altos precios. Y es que, ante el temor de una segunda devaluación, que sí se produjo, los bielorrusos se abalanzaron a comprar antes de que los precios volviesen a dispararse, y dejaron temblando tanto las estanterías de los supermercados como los concesionarios de coches.

La otra cara de la moneda de esta crisis la encontramos en los empresarios, tanto bielorrusos como extranjeros, que cobran sus exportaciones en dólares y pagan a sus empleados en rublos bielorrusos. Así, un empresario español al que llamaremos Ramón, tiene ahora, gracias a la crisis, un ahorro muy importante en salarios. “Les pago lo mismo que antes pero me resulta casi tres veces más barato”.

La crisis económica va, como no podía ser de otra manera, íntimamente unida a la crisis política que vive el país, aunque esta cara de la crisis sea mas difícil de ver, ya que el régimen de Lukashenko ha conseguido anular las críticas mediante el miedo y la propaganda. Nadie en su sano juicio nombrará a Lukashenko en público, y de ser así lo hará en voz baja y, a buen seguro, ganándose la desaprobación de sus compañeros de charla. Para ello se utiliza la expresión “nuestro Presidente”. Según una creencia popular, al nombrar a Lukashenco por teléfono saltan las alarmas, ya que hay un programa destinado a detectar dicho nombre. La paranoia es real y afecta a todos los sectores de la sociedad.

La prensa, por otro lado, cumple su función. Todo está bien, no hay crisis, y el rublo pronto volverá a su sitio. A su vez, el régimen ha empezado una campaña publicitaria de exaltación del amor patrio, y todas las ciudades y pueblos bielorrusos están plagados de carteles de ciudadanos sonrientes o veteranos de la Segunda Guerra Mundial , junto al lema “Unidos, somos Bielorrusia”, o bucólicas escenas pastoriles junto al slogan “Amo Bielorrusia”.

El gobierno trata con estas campañas de capitalizar el sentimiento de consternación surgido tras el atentado en el metro de Minsk, en la estación de Oktiabrskaya, el 11 de abril de 2011, y en el que murieron 13 personas, sacudiendo violentamente a la pacífica y tranquila sociedad bielorrusa. El pueblo, incrédulo ante aquel cruel atentado contra civiles, sin reivindicación ninguna y, aún menos sin justificación alguna, sintió más que nunca desde su creación hace ahora veinte años, la unidad nacional, algo que no es ajeno al poder.

La investigación de aquellos atentados se cerro tras la detención de dos personas que, según las autoridades, admitieron su responsabilidad, aunque no trascendieron ni sus nombres ni las motivaciones de la acción terrorista. Según el gobierno, los atacantes se proponían “desestabilizar el país”. Ante la falta de una versión oficial convincente, la rumorología comenzó a funcionar: una de las versiones apunta directamente al KGB bielorruso, que habría tratado de generar miedo en la sociedad para luego afianzar su poder deteniendo a los “culpables”. Otra versión apunta a servicios secretos de algún país “amigo” de Lukashenko, que habría hecho el trabajo sucio al Presidente con la connivencia del KGB, para culpar después a la de por sí machacada oposición política.

Sea como fuere, fue precisamente la oposición política a Lukashenco la que sufrió el primer envite del KGB, en forma de detenciones, confiscaciones de material y acusaciones de terrorismo sin fundamento alguno. Tras los atentados, los periodistas del diario digital Charter-97 se exiliaron a Vilinus, ya que en Minsk sólo les aguarda el calabozo, mientras que el líder opositor Alaksandr Łahviniec realiza su trabajo desde Varsovia, para poder actuar más libremente.

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.