Occidente versus Oriente

La confusión conceptual sobre la economía global que  se ha desarrollado en los últimos años en Oriente y Occidente. Imagen de Niyaz Karim

La confusión conceptual sobre la economía global que se ha desarrollado en los últimos años en Oriente y Occidente. Imagen de Niyaz Karim

En la ceremonia oficial de apertura del Foro Económico Internacional de San Petersburgo el pasado 17 de junio, quedó en evidencia la confusión conceptual sobre la economía global que se ha desarrollado en los últimos años en Oriente y Occidente . En la apertura de este Foro, Elvira Nabiúllina, ministra de Desarrollo Económico y Comercio de Rusia, explicó que el liderazgo mundial está trasladándose hacia los mercados emergentes debido a sus elevadas tasas de crecimiento y también por el hecho de que los países desarrollados de Occidente poseen economías anémicas y se enfrentan a una elevada tasa de deuda.

Muchos inversores occidentales comparten también este pensamiento. Por ejemplo, Jim O’Neill, el economista de Goldman Sachs que acuñó la sigla BRIC en 2001, ha manifestado que el término “mercados emergentes” ha quedado desactualizado debido al crecimiento actual y potencial de esos países y al cambio del poder económico desde Occidente hacia Oriente. En los últimos años, especialmente a partir de la crisis económico-financiera mundial, “el resto” no sólo ha afianzado su superioridad económica sobre “el mundo occidental”, sino también su superioridad moral.

Así y todo, a pesar del éxito que China ha alcanzado en los últimos treinta años, sus niveles de desarrollo, estándares de vida y tecnología distan mucho de los de Occidente. Independientemente de lo rápido que puedan estar desarrollándose, los mercados emergentes se encuentran a décadas —tal vez, siglos— de distancia de los países avanzados. Por definición, no están desarrollados y registran bajos niveles de democracia, estado de derecho y gestión empresarial, así como altos índices de corrupción y degradación ambiental.

Tomando como punto de referencia la renta per cápita, muchos son pobres o extremadamente pobres, y todos se enfrentan a gigantesco desafíos de desarrollo, desde el cambio climático,la falta de agua o problemas de urbanización y demográficos, hasta la probable escasez de productos básicos y aumento de precios que en un futuro podrían obstaculizar el crecimiento. Por lo tanto, si bien existen ventajosas posibilidades comerciales y de inversión en los mercados emergentes, alcanzar los estándares occidentales no será tarea fácil para los países del grupo BRICS, los “Próximos once” o “N-11” (países que el banco de inversión Goldman Sachs presentó en 2005 como economías promisorias), de su equivalente el CIVETS o de cualquier otro conjunto que los bancos de inversión denominen mediante estas u otras siglas.

El presidente ruso Dmitri Medvédev, quien habló inmediatamente después de Nabiúllina, admitió la existencia de este peligro y anunció que la corrupción continúa siendo un problema acuciante y que el país ya no estaba construyendo un capitalismo de Estado. Aunque tal enfoque había sido necesario para restaurar el orden tras el caos de los noventa, ya no tenía razón de ser. De hecho, la soberbia y el analfabetismo económico de Rusia durante los años de inversiones especulativas entre 2000 y 2008 llevaron a la adopción de políticas erróneas, cuyos efectos el país estásufriendo todavía.

En el editorial semanal que escribía para la agencia de noticias RIA Novosti durante el primer semestre de 2007, advertí que Rusia estaba corriendo muchos riesgos al no diversificar su economía, al promover políticas exteriores y energéticas agresivas, al depender del constante aumento del precio de la energía y al acrecentar los niveles de deuda empresarial. Cuando aparecieron las primeras señales de la crisis económica mundial, Putin cometió exactamente el mismo error que el ministro de Finanzas de Alemania, Peter Steinbrück. Ambos políticos se regodearon con la idea de que la crisis era un problema lejano, exclusivamente anglosajón y que no afectaría a sus países. Ninguno logró entender que una caída de Estados Unidos golpearía a las exportaciones europeas, lo cual a su vez afectaría a los sectores energético y metalúrgico de Rusia e, inmediatamente, al sector financiero de todo el mundo.

En consecuencia, Rusia tardó mucho en reaccionar ante la crisis y perdió un tiempo valioso. Putin y Rusia ahora se jactan de haber evitado los disturbios que tuvieron lugar en las calles de Grecia y España, pero la solución adoptada —al igual que en China— fue puramente occidental, es decir, se incurrió en gastos financiados mediante déficit presupuestario: política creada por un anglosajón (John M. Keynes) y divulgada por otro (Gordon Brown) como la mejor solución durante la crisis. Como ha sucedido tantas veces en la historia, Occidente provoca grandes problemas pero casi siempre también encuentra la solución. ¡Más aún en el caso del liderazgo económico de los mercados emergentes! Mucho antes de la crisis, Rusia ignoró por completo varias advertencias acerca del alto riesgo de su economía, continuó con su capitalismo de Estado y fue incapaz de eliminar el exceso burocrático y la corrupción, en pleno crecimiento económico. Por lo tanto, Moscú perdió la mejor oportunidad en décadas de diversificar su economía durante los buenos años, hasta 2008, y ahora se enfrenta al desafío mucho mayor del crecimiento y el desarrollo en un entorno mucho más hostil y repleto de riesgos, tanto en los mercados desarrollados como en los emergentes.

Ahora los inversores elogian a Medvédev por sus esfuerzos reformistas pero, en realidad, muchas de sus iniciativas, tales como una mayor privatización o el cese de los ministros gubernamentales de los consejos de dirección de las compañías estatales, no hacen más que revertir políticas anteriores que nunca tendrían que haberse adoptado. Por el momento, el Foro de San Petersburgo ha vuelto a demostrar la pobreza de pensamiento en políticas económicas del Gobierno ruso y la deformación estructural de su economía. Como suele suceder, se hizo hincapié en los grandes proyectos y en acuerdos con empresas internacionales, especialmente del sector energético, que suelen tener acceso al Gobierno. Sin embargo, las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), la columna vertebral de las economías avanzadas, no pueden mantenerse en Rusia debido a la gigantesca burocracia y corrupción. Dirigiéndose al Foro, Medvédev mencionó la necesidad de impulsar las PyMEs y la iniciativa privada, pero el problema es que los expertos de Rusia han oído este tipo de planes ambiciosos con anterioridad —por ejemplo, durante la perestroika de la década de 1980—. El resto del mundo suele pensar que el Estado ruso es muy fuerte, pero, en realidad, en ocasiones ni siquiera logra llevar las cosas a la práctica. La resistencia burocrática, la apatía y la completa incompetencia socavan muchas políticas gubernamentales y dificultan el crecimiento, problema que data de hace siglos y que hundió las iniciativas reformistas de Gorbachov. La televisión estatal suele mostrar a Medvédev y Putin dirigiendo incluso detalles de la administración de algunas compañías, ejerciendo su influencia sobre funcionarios y empresarios a fin de lograr sus objetivos o, peor aún, quejándose de que los funcionarios no han hecho su trabajo como corresponde. Lo que en realidad sucede es que las órdenes directas del presidente o del primer ministro no siempre se ejecutan, ya a nivel de gabinete o de gobierno.

La política impulsada por Medvédev de modernización tecnológica también es problemática. Una vez más, la historia aclara en cierta medida el problema. A pesar de su capacidad militar y su nivel educativo, la Unión Soviética fue hasta cieto punto incapaz de lograr la producción en masa; una de las muchas razones que explican este fenómeno es que se concentró en formar excelentes especialistas, pero no se preocupó de contar con generalistas capaces de manejar problemas complejos relacionados con diferentes áreas del saber. En la actualidad, Rusia se esfuerza por alcanzar altos niveles de tecnología avanzada y es el segundo mayor productor de graduados de escuelas de negocios en el mundo. Pero muchos empresarios rusos no quieren o no necesitan niños prodigio de las mejores escuelas de negocios porque en esta extraña economía resultan sobrecualificados para lo que se demanda. Desafortunadamente, el Gobierno se obstina en permanecer ciego a las posibilidades de la baja tecnología.

En el Foro peterburgués se anunció que Rusia y Estados Unidos aplicarían importantes cambios en el régimen de visado entre ambos países, en parte para facilitarles la vida a los empresarios. Esto parece un paso adelante —y de hecho lo es—, pero vuelve a reflejar poca amplitud de miras por parte de las autoridades rusas. Rusia posee una fantástica combinación de deslumbrante belleza natural y un legado cultural extraordinario, a pesar de lo cual sigue presionando a la Unión Europea y a otros para obtener reciprocidad en el visado, en lugar de desarrollar el turismo y atraer empresas mediante la concesión de visas en todos los puntos de acceso en sólo minutos. Moscú e equivoca al pensar que eso implicaría un signo de debilidad, incompatible con su visión de sí misma, como una gran potencia comparable a Estados Unidos y otros países avanzados. Hay una gran paradoja en todo esto. Está claro que Occidente está atado de pies y manos por sus problemas económicos actuales, pero estos no son nada en comparación con los que sufren los países en desarrollo. Los países avanzados aún pueden contar con lo mejor del mundo en ciencia, investigación, tecnología, diseño y productos; sus empresas no dejarían pasar la oportunidad de aprovechar entornos de inversión favorables en los mercados emergentes para incrementar el flujo de efectivo en sus balances. Moscú haría bien en declarar que Rusia está totalmente “abierta a los negocios” y en fomentar esa posición, en lugar de continuar frenando su propio desarrollo económico.

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