Época de incertidumbre y de grandes esperanzas

Entre el 19 y el 21 de agosto de 1991, un grupo de altos dirigentes de la URSS organizó y ejecutó un golpe de Estado que intentó acabar con la ‘perestroika’. Foto de Itar-Tass

Entre el 19 y el 21 de agosto de 1991, un grupo de altos dirigentes de la URSS organizó y ejecutó un golpe de Estado que intentó acabar con la ‘perestroika’. Foto de Itar-Tass

Entre el 19 y el 21 de agosto de 1991, un grupo de altos dirigentes de la URSS organizó y ejecutó un golpe de Estado que intentó acabar con la ‘perestroika’, el plan reformista personalizado en la figura de Gorbachov que perseguía la apertura de la nación. El llamado ‘putsch de agosto’ terminó fracasando, pero los acontecimientos de aquellos tres días minaron la legitimidad del Partido Comunista (PCUS) y el prestigio del propio Gorbachov, desembocando en la posterior desintegración de la URSS. ‘Rusia Hoy’ recopila distintas perspectivas de aquellos acontecimientos a través de la mirada de algunos ciudadanos que vivieron, entre el temor y la ilusión, aquel hecho histórico que abrió las puertas a un futuro renovado, repleto de cambios profundos.

Vera Grant, promotora de conciertos del sello Navigator Records y locutora de radio de la redacción alemana de Stimme Russlands (la Voz de Rusia), tiene 26 años y nació en Moscú. En la actualidad, vive y trabaja en la capital rusa.

¿Dónde estabas en agosto de 1991 y qué recuerdas de esa época?

Vera: Estaba en Moscú, o más bien en las inmediaciones de Moscú, en la dacha de mis abuelos. Nuestra tarea principal en agosto consistía en recolectar patatas, aunque recuerdo claramente que llovía mucho. En aquel momento en el que nadie sabía lo que iba a pasar era especialmente importante recolectar muchas patatas para después almacenarlas. De modo que aquel trabajo rutinario en el que yo tenía que colaborar tenía más sentido que nunca. Cuando íbamos al campo llevábamos siempre un pequeño aparato de radio y escuchábamos constantemente las noticias de Moscú. La tensión era enorme.

¿Sientes nostalgia de los años noventa?

Vera: Nostalgia, ¿de qué? En realidad, todo eso me daba igual; además, he de decir que mis padres se las arreglaron para salir adelante y mantener a flote a la familia. Recuerdo la ayuda humanitaria, los chicles y la limonada, y que era guay si tenías unos vaqueros.

¿Habrías preferido que la historia hubiese tomado otro rumbo?

Vera: Lo que ocurrió, ocurrió. Visto ahora no es ni bueno ni malo. En cualquier caso, considero positivo que se produjeran cambios. Pero, en mi opinión, fue un tremendo error que en aquel momento no se prohibiera el Partido Comunista. De haberlo hecho hoy no tendríamos ese miedo casi neurótico a todo aquello que nos recuerda a la Unión Soviética. Hoy en día no se lucha por algo, sino simplemente se está 'en contra de’. Nuestro lema es: lo más importante es que las cosas no vuelvan a ser como antes.

¿Cuáles son tus sueños para Rusia?

Vera: Deseo que en este país haya transparencia. Como ciudadana de este país me gustaría que una pudiera entender lo que pasa. Y eso empieza con la actualidad. Uno lee noticias que no son más que relaciones de hechos, y debe ser capaz de leer entre líneas y tener unos conocimientos previos para entender lo que realmente está pasando. Eso ocurre tanto en la economía como en la política.

En tu opinión, ¿cómo será Rusia dentro de 20 años?

Vera: Creo que, en 20 años, uno podrá meter un pen drive en la barandilla del autobús, o tal vez eso no sea más que otro de mis sueños para Rusia.

¿Qué es lo que no debería cambiar en Rusia?

Vera: El sistema educativo. Rusia es un país demasiado grande como para tener exámenes de selectividad y de acceso a la universidad unificados. Además, hay una gran cantidad de universidades y no todas pueden tener el mismo nivel. Por otro lado, ni los institutos ni las universidades deberían ser de pago. Asimismo, deberían mantenerse las asignaturas que tenemos actualmente en las escuelas. Mis padres, por ejemplo, estudiaron astronomía en la escuela y es evidente que yo sé bastante menos que ellos. Si me imagino dando un romántico paseo, ni siquiera sería capaz de mirar al cielo y señalar la Osa Mayor. ¿Qué clase de romanticismo puede haber sin estrellas? Por eso estoy a favor de que nuestro sistema educativo se mantenga, al menos, en el nivel actual; entonces, a lo mejor funciona cunde el romanticismo en nuestra aburrida vida cotidiana.

Philipp Bochkov nació en Moscú y estudió Diseño Gráfico y Publicidad. En la actualidad trabaja como director de arte en la fábrica de diseño y arte Flacon, en la capital rusa.


¿Dónde estabas en agosto de 1991 y qué recuerdas de esa época?

Philipp: Estaba en Moscú e iba a la escuela de arte. En aquellos momentos no había clase, ni en los institutos ni en la escuela de arte. Esta última no quedaba lejos de la Casa Blanca (sede del Gobierno). En casa dijeron que había francotiradores en el tejado y toda mi familia se tiró al suelo por si acaso. Yo era aún tan pequeño que apenas llegaba al alféizar de la ventana, así que no tenía necesidad de agacharme. Vamos, que casi no tuve ocasión de percibir esos “aires de cambio” con olor a quemado. A pesar de todo, me interesé por el tema: a los jóvenes la guerra les resulta fascinante.

¿Sientes nostalgia de los años noventa?

Philipp: No. ¿De qué? Fue una época de falsa libertad y falso cambio. Y nada más.

¿Habrías preferido que la historia hubiese tomado otro rumbo?

Philipp: No. Así son las cosas en este país: tras la aparente igualdad nunca hay nada.

¿Cuáles son tus sueños para Rusia?

Philipp: Supongamos que, metafóricamente, este país es un trozo de carne de vaca. Espero que al final acabe en la parrilla y se convierta en un suculento y estupendo filete en su punto. Porque tal y como está ahora mismo, no es posible que continúe así.

En tu opinión, ¿cómo será Rusia dentro de 20 años?

Philipp: Espero no llegar a saberlo. Procuraré no estar aquí. Aparte del pasaporte, considero que no tengo nada en común con este país y, para ser sincero, tampoco quiero tenerlo. Nada va a cambiar, y si lo hace sólo será a peor.

¿Qué es lo que no debería cambiar en Rusia?

Philipp: Nuestro sistema educativo no debería cambiar bajo ningún concepto. Es lo único que nos queda.

Ilya Poliveev tiene 26 años y nació y fue a la escuela en Magadán. Estudió Filología en San Petersburgo y en la actualidad trabaja de estilista en Moscú.


¿Dónde estabas en agosto de 1991 y qué recuerdas de esa época?

Ilya: Estaba en Magadán, acababa de volver de vacaciones con mis padres. Recuerdo el rostro totalmente pálido de mi madre, sentada ante nuestro televisor Rubin viendo las noticias. Cada vez que intentaba preguntarle algo lo único que decía, con voz temblorosa, era que permaneciera en silencio. Su mirada era de total desconcierto y estupor, pues no se sabía lo que iba a ocurrir. Ya entonces comprendí con total claridad que estaba ocurriendo algo muy importante y, a la vez, terrible. Recuerdo multitud de imágenes de las noticias: la Casa Blanca con manchas negras a causa del fuego, y la expresión en el rostro de Gorbachov era muy parecida a la que veía en el de mi madre.

¿Sientes nostalgia de los años noventa?

Ilya: En realidad no. Aunque, gracias a los esfuerzos de mis padres, no percibí muchas de la penurias de aquella época. Lo digo en el sentido de que tuve una infancia estable. Mi padre era marino y a menudo me traía juguetes de Japón. Pero, en realidad, no hay nada que ahora despierte en mí un sentimiento de nostalgia.

¿Habrías preferido que la historia hubiese tomado otro rumbo?

Ilya: Creo que hay muchas cosas que salieron mal. Pero las cosas fueron como fueron. Al menos, tuvimos la oportunidad de empezar de nuevo; fue una especie de tabula rasa.

¿Cuáles son tus sueños para Rusia?

Ilya: Desearía que en este país no hubiera país esos extremos: muy pobre o muy rico, muy bueno o muy malo. Dar con el justo medio para que la gente no pierda el contacto con la realidad. También sueño que un día la gente pueda expresar abiertamente su opinión y no tenga miedo. Hoy en día la gente tiene miedo de decir lo que piensa.

En tu opinión, ¿cómo será Rusia dentro de 20 años?

Ilya: Sinceramente, no me lo puedo imaginar. Me da miedo hacerlo.

¿Qué es lo que no debería cambiar en Rusia?

Ilya: La formación universitaria, y también la escolar. Tanto en el instituto como en mis estudios posteriores he tenido la ocasión de adquirir una cantidad increíble de conocimientos. Realmente intentaron desarrollar nuestra personalidad y convertirnos en personas honradas y trabajadoras.

Vera Kokorina, de 26 años, nació en Magadán. Estudió inglés, ruso y música en San Petersburgo. En la actualidad, es propietaria del hostal Tapki, en San Petersburgo.


¿Dónde estabas en agosto de 1991 y qué recuerdas de esa época?

Vera: Sí, estaba en Magadán y recuerdo nuestro televisor, en blanco y negro con imágenes de la Casa Blanca llena de humo y tanques. Naturalmente, yo no entendía lo que estaba pasando. Recuerdo que, en esa época, mi abuela me prohibió contar las innumerables anécdotas sobre política que había escuchado en la guardería.

¿Sientes nostalgia de los años noventa?

Vera: Bueno, puedo decir que el único sentimiento de nostalgia que tengo es de la época anterior a 1991: la cálida y agradable sensación del hogar. Y es que hasta 1991 en casa siempre hacía calor; y, después, hacía un frío glacial en otoño e invierno. Recuerdo que dormíamos vestidos y nos tapábamos con muchas mantas, creo recordar que a veces incluso con tapices.

¿Habrías preferido que la historia hubiese tomado otro rumbo?

Vera: No lo sé. Siempre he lamentado que mi madre fuese profesora de música en una escuela y no una mujer de negocios. Si los acontecimientos se hubiesen desarrollado de otra manera, tal vez habría tenido ocasión de serlo, quién sabe...

¿Cuáles son tus sueños para Rusia?

Vera: Que todos sean felices. Que las cosas en Magadán no vayan peor que en San Petersburgo. También en lo que respecta al nivel de vida y al nivel cultural.

En tu opinión, ¿cómo será Rusia dentro de 20 años?

Vera: Por desgracia, no me lo puedo ni imaginar.

¿Qué es lo que no debería cambiar en Rusia?

Vera: El sistema educativo. Me indigna que el gobierno tenga previsto suprimir la formación escolar y universitaria gratuitas y hacer que la gente pague por todo. Además, me parece el colmo que numerosas asignaturas importantes se eliminen o que dejen de ser obligatorias. Prefiero educar a mis hijos por mi cuenta, en casa. Enseñarles yo misma matemáticas, física, literatura e historia que mandarlos a un colegio de los que proliferan actualmente en Rusia.

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