Eco de una época dorada

Aléxei Venedíktov, redactor jefe de la emisora Eco de Moscú, habla de la radio y la libertad. Foto de Itar-Tass

Aléxei Venedíktov, redactor jefe de la emisora Eco de Moscú, habla de la radio y la libertad. Foto de Itar-Tass

En agosto de este año se cumplen veinte años del intento del golpe de estado que tenía como objetivo conservar la URSS. Como consecuencia del fracaso del Comité Estatal de Emergencia (GKCHP, en sus siglas en ruso), en lo alto de las barricadas callejeras se levantó la bandera de la Rusia democrática. Boris Yeltsin llegó al poder, un líder romántico y carismático. Además de un nuevo país, surgió un nuevo sistema mediático. Brian McNair describe el período de las primeras privatizaciones, entre 1990 y 1992, como “la luna de miel” en las relaciones entre las autoridades y los medios de comunicación. La emisora de radio Ejo Moskví (Eco de Moscú) se convirtió en uno de los pilares de la libertad de expresión. El redactor jefe de la emisora Alexéi Venedíktov cuenta cómo esta emisora se las ha apañado para conservar el espíritu de aquella “época dorada” del periodismo ruso durante dos décadas.

En junio de 1990 Gorbachov firmó una ley sobre la prensa que permitía la apertura de emisoras privadas. A mis amigos de las emisoras estatales les resultaba odioso seguir haciendo propaganda oficial, así que decidieron optar por otra alternativa. Hicimos los trámites para dar de alta la emisora y obtuvimos el registro número uno. Eso fue el 22 de agosto. Mis amigos me llamaron y preguntaron: “¿Estás en Moscú? ¿Tienes vacaciones? (Entonces trabajaba de profesor en un colegio). ¿Puedes estar una semanita con nosotros?” Les dije: “Es que no escucho la radio, no tengo ni idea de lo que es y no entiendo como puede funcionar sin cable. Pero iré, ¿por qué no?”. Cuando fui me preguntaron: “¿Conoces a alguien en el departamento de educación?” Les dije: “Sí, al jefe del departamento, que me ha otorgado muchos premios”. “Llámale, hazle una entrevista el 29 de agosto”. Esa fue mi primera entrevista en Eco de Moscú.

Esta radio surgió como una fuente de información alternativa. Era el año 1990 y en la Unión Soviética se estaban desarrollando una serie de procesos que los medios de comunicación oficiales no reflejaban. Tan sólo un mes después de la fundación de la emisora, el Consejo Presidencial se planteó la necesidad de cerrar esta peligrosa radio. Habíamos sido los únicos en informar que en septiembre las tropas estaban acercándose a Moscú. Así que la administración se vio obligada a justificarse y dijo que el ejército no iba más que ayudar a recoger la cosecha. Gorbachov se indignaba: “¿Pero cuál es esa emisora pirata que se permite decir lo que no tiene que decir?” En aquella época estábamos en la calle Nikólskaia, a doscientos metros de la muralla del Kremlin. Fue la primera vez que fuimos atacados por la administración moscovita. Así es como fuimos ganando renombre poco a poco.

En agosto de 1991 primero me enviaron al Soviet de Moscú, al estado mayor de la resistencia y luego a la Casa Blanca, la sede del gobierno. Como era una persona políticamente instruida y había leído mucho no tenía problema para saber a quién tenía que entrevistar. Cuando una persona conocida como Luzhkov pasaba junto a mí yo gritaba con mi enorme micrófono, de unos cuatro kilos: ¡Yuri Mikháilovich! Lo cierto es que para un profesor de historia es muy fácil trabajar con información. Cuando viene la persona a la que voy a entrevistar, la clasifico como si fuera un alumno. Hay una serie de categorías. Veo a Putin y me doy cuenta de que he tenido a dos alumnos así en cada clase. Bueno, durante el golpe de estado me pasé dos días enteros en la Casa Blanca. Hay que tener en cuenta que en aquella época no había teléfonos móviles. Al tercer día, al volver de la Casa Blanca tras una noche de locos me encontré en la entrada con uno de mis colegas hablando por teléfono y me dice: “¿Quieres salir en directo?” Me tiende el teléfono. El caso es que nos habían cortado la señal, pero nuestros ingenieros, como el legendario artesano ruso Levshá, habían metido tres cables por aquí y otros dos en los dientes y nos conectaron a través de un teléfono. Es decir, emitíamos nuestros programas a través de un telefonillo.

En 1994 quedó claro que había que dejar de hacer cosas de aficionados y crear un negocio serio. El público esperaba más calidad, pero los equipos técnicos eran viejos, los salarios muy bajos y no podíamos contratar a nadie. Empezamos a buscar inversores. Finalmente encontramos dos grupos. Se trataba de los banqueros Weiner, de Chicago y del grupo de Gusínski, que acababa de adquirir NTV. Los Weiner nos daban más dinero pero exigían tener el control sobre la política de la redacción. Gusinski nos daba menos pero decía: “Que los periodistas elijan al redactor jefe”. Fue entonces cuando decidimos escribir en los estatutos que los periodistas debían elegir al redactor jefe, mientras que el consejo de accionistas se limitaría a aprobarlo. Es decir, los accionistas no pueden ser los que designen al redactor jefe sin preguntar a los periodistas, tal y como había ocurrido en NTV. Por eso vendimos el paquete de acciones a Gusinski, que cumplió con todas sus obligaciones.

Más tarde, Eco de Moscú y NTV pasaron a estar controladas por Gazprom Media. Conocía todos los detalles, me entrevisté con Voloshin y con Putin. Entendía que las autoridades habían tomado la decisión de controlar la política editorial de todos los canales de televisión y de radio. Primero NTV, luego ORT. Este proceso de una nacionalización encubierta era consecuente. De la misma manera actuaba también la policía tributaria, los tribunales de arbitraje, etc. No se trataba de una acción accidental sino que estaba coordinada. Me daba perfectamente cuenta de que detrás de todo aquello había una decisión política. Ellos cogían rehenes, metían en la cárcel a un inversor tras otro. ¿Qué puede hacer uno en contra de eso? Nada. Por eso decía a mis compañeros que teníamos que seguir trabajando como si no pasara nada, que si venían y nos cerraban, ya nos enteraríamos. También les decía que mi tarea era pensar en estas cosas y la suya trabajar. A los que están arriba les comuniqué: “No nos vamos a meter en vuestra política, pero si cometéis errores, os criticaremos”. Putin escuchó y el resultado es que nosotros criticamos. En realidad mi accionista no es Gazprom sino Vladímir Putin. Ellos me dijeron: “Tu accionista está en el Kremlin. Vosotros nos aportáis beneficios económicos, pero no nos interesan los temas de organización”. En agosto del año 2000 tuve una entrevista con Putin y me dijo claramente que el redactor jefe era el que tenía la responsabilidad de todo lo que pasaba en la emisora. Aunque también saben que para que todo funcione Eco de Moscú tiene que tener una determinada reputación. Hillary Clinton o Barack Obama no darían una entrevista a una emisora de Gazprom. Pero sí que lo hacen en una emisora independiente. E Expliqué esto de una manera muy clara tanto a Senkévich como a Putin y me parece que ellos conciben Eco de Moscú como un negocio, en el sentido amplio de la palabra.

Versión abreviada a partir de la entrevista de Elena Vánina, Afisha

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.