“En las profundidades hay una ciudad de muertos”

El pasado 10 de julio el Bulgaria naufragó en el Volga. Fallecieron 129 de las 208 personas que iban a bordo. Mientras se investigan los motivos de la catástrofe, los familiares se despiden de las víctimas de esta tragedia rusa.

En el patio de la oficina de médico judicial de Kazán hay mucho ajetreo. Los familiares identifican los cuerpos, reciben un certificado de defunción y un equipo para proceder al enterramiento: un ataúd, una placa y una cruz, si son ortodoxos; unas tablas, una placa y una gasa para el sudario, si son musulmanes. Los coches fúnebres llevan los cuerpos a sus casas, desde donde la procesión funeraria parte hacia el cementerio.

Entra al patio una mujer joven, muy guapa, con un vestido corto de color lila. Lleva la espalda muy recta y sus piernas no flaquean. Dos hombres la sujetan por ambos lados. Entre las manos sujeta una cadenita de oro de la que cuelga una cruz, se apoya en la pared,  manosea la cadenita y de repente se pone a sollozar en voz baja. Es una escena escalofriante. Los hombres que acompañan a la mujer llevan unas perchas con dos trajecitos idénticos: camisas blancas y minúsculos chalecos. Los meten en dos sacos negros. En uno está escrito “Nikita Sabírov”, y en el otro “Daniíl Sabírov”. En la lista de víctimas se puede leer que habían nacido en 2006.

El psicólogo del Ministerio de Situaciones de Emergencia está sentado en un banco junto a un hombre que llora y lo agarra de la mano. Se trata del vecino de Olesia Vedérnikova, que trabajaba en la cocina del Bulgaria. Los parientes de la víctima le han  pedido que les ayudara a recoger el cuerpo. Fue el primer viaje de Olesia, que antes había trabajado en una fábrica de peluches. Como tardaban en pagarle el sueldo decidió ganarse un dinero extra. Fue a trabajar al barco junto con su amiga Ruvina. Ahora Ruvina espera el cuerpo de Olesia al lado de su casa. A diferencia de su amigo, ella se salvó. Cuando el barco se inclinó bruscamente hacia la derecha, a Olesia le cayó encima una cazuela llena de agua hirviendo.

La evacuación de los cuerpos

En la evacuación de los cuerpos del crucero Bulgaria participaron  buzos de toda Rusia. Mientras esperan su turno se entrenan en un centro a orillas del Volga. Ni ellos mismos saben cuánto tiempo pasarán sumergidos. Dicen que allí abajo no se percibe el tiempo. No llevan reloj, se orientan únicamente por el oxígeno que les queda. Durante el transcurso de sus tareas, Konstantín sacó ocho cuerpos a la superficie: “Imagínese a una persona que está dormida debajo del agua, totalmente tensa, o simplemente flotando en el espacio”.

Cuando el Bulgaria empezó a hundirse los pasajeros no tuvieron ninguna oportunidad de salvarse: “Como mucho, podían aguantar unos diez minutos. No era un submarino, no tenía ni una sola bodega hermética especialmente habilitada”.

Yuri Kuzminski, el médico principal del equipo de buzos, afirma que la mayor dificultad  consiste en la poca visibilidad que hay en el lugar del naufragio: el fondo está turbio, hay muchas corrientes como consecuencia de una tormenta reciente. “En realidad, sólo se distinguen objetos a una distancia de medio metro, como mucho. Los buzos se chocan con los cadáveres de forma inesperada”, afirma Kuzminski.

Un capitán que no abandonó el puente de mando

En la aldea de al lado tiene lugar el funeral del contramaestre del Bulgaria, Serguéi Lébedev. Toda su familia trabajaba en el barco: su mujer, Aliona, de cocinera, su hija Dasha de camarera y el hijo Sasha era marinero en prácticas. Se salvaron todos menos el padre. La mujer y los hijos del contramaestre parecen más cansados que destrozados por la pena. Una familia humilde en una casita vieja, una comida de exequias en una pequeña la cafetería  frente a la casa. Un típico funeral de pueblo. Las ancianas rumorean entre la multitud: “Dicen que el capitán no quiso salvarse. Se encerró en su camarote y... adiós”.

No se sabe exactamente cómo murió el capitán. Hasta el último momento intentó corregir el bandazo de estribor que causó el hundimiento del barco y salvar a los pasajeros. Gritaba con todas sus fuerzas: “¡Todos al babor!” El radiotelegrafista del barco quiso transmitir esta orden a través de los altavoces, pero el sistema no tenía electricidad. De los 35 miembros de la tripulación se salvaron 23, mientras que de los 173 pasajeros, sólo 56.

Nikolái Dmítriyev, que trabajó en el crucero Bulgaria como encargado de la discoteca, estaba en el barco con sus dos hijos. El mayor ayudaba al padre cantando y bailando, y al menor  se lo llevaron de polizón. Nikolái y sus hijos estaban echándose la siesta en la bodega, debajo de la escalera, cuando oyeron los escalofriantes gritos de las mujeres en el camarote vecino. Los Dmítriyev salieron medio dormidos de su camarote. El barco ya se había inclinado mucho hacia la derecha. La escalera de la cubierta inferior estaba atestada de gente y los Dmítriyev eran los últimos.

Cuando salieron a la superficie les cubrió una ola, “un muro de agua que iba del suelo al techo”. El padre de la familia se quedó tumbado y cuando abrió los ojos, vio una escotilla justo encima que se abrió un instante después y un marinero que le tendió la mano. “Era Vanka, un buen chico. Siempre salía a cubierta a oír la bienvenida que se daba a los pasajeros. Le gustaban mucho las canciones”, recuerda Dmítriyev. “De no haber sido por él, yo no habría salido. Pero él no sabía nadar...”.

En Kazán

En el puerto fluvial de Kazán hay un “meteorito” amarrado, así es como llaman aquí a los barcos de paseo con hidroalas, que zarpa casi vacío. En la agencia turística de la estación fluvial se lamentan: “La gente está asustada, hace tan sólo una semana había multitud de personas y ahora nos devuelven los billetes”.

El hundimiento del Bulgaria es una tragedia muy rusa: a plena luz del día, en medio del Volga se hunde en tres minutos un barco alquilado por una empresa que ni siquiera figura en el registro de operadores turísticos, con una tripulación incompleta que lleva mucho tiempo sin cobrar el sueldo. Hay dos decenas de pasajeros sin registrar, numerosos familiares de los miembros de la tripulación y el marinero Vanka, al que le gustaba mucho cantar pero no sabía nadar.

La versión completa de este artículo ha sido publicada en la revista Russki Reporter

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