El escenario en manos de granujas

El circo "Upsala" de San Petersburgo enseña a niños de familias con problemas a valerse por sí mismosFoto del archivo de prensa

El circo "Upsala" de San Petersburgo enseña a niños de familias con problemas a valerse por sí mismosFoto del archivo de prensa

En el Upsala el tono es duro y exigente. “¡Maldita sea, Misha! ¿Qué es lo que pasa? Te doy exactamente 24 horas. No duermas, no comas: me trae sin cuidado. Si para entonces no tienes dominado el número, no vendrás con nosotros a Alemania, ¿entendido?” La mirada asustada de Misha, de doce años, asoma tras su rubia cabellera. “Y ¿por qué?”, le recrimina Larisa, “¡porque tienes que aprender a ocuparte de ti mismo!”

La directora, ataviada con pantalones bombachos, ya ha tenido bastante. Como pedagoga, no se puede decir que consienta a sus alumnos. Larisa busca la tecla “Play” en el enorme radiocasete negro. Los románticos acordes de un piano inundan la carpa del circo, y Misha, ahora ya más concentrado, bailotea con los otros en pos de la bella Eldara y su paraguas. Sobre ellos resplandecen las estrellas del firmamento.

“Upsala: los granujas vuelan”, se lee en una pancarta que ondea al viento en lo alto, sobre la cúpula de la carpa. Hace algunos meses, el Arca de Noé de Larisa Afanasieva para niños náufragos echó el ancla al norte de San Petersburgo. Tras varios años en busca de una solución definitiva, ya la ha encontrado. “Siempre quise darles un hogar a estos niños”, afirma Larisa.

Malabares en el Metro

El constructor que les ha dado asilo no cobra alquiler a los miembros del Upsala, e incluso les paga la electricidad. Alrededor hay un césped verde y junto a la carpa del circo se encuentra el renovado edificio administrativo. Un aire fresco sopla procedente de un pequeño estanque, en la otra orilla se alza una construcción ecológica: la delegación de Google en Rusia. En un enclave rodeado de calma , la directora de teatro de 36 años trata de darles a los hijos de familias truncadas aquello que más falta les hace: confianza en sí mismos.

Han pasado once años desde que Larisa, junto con su amiga alemana Astrid Schorn, le diera por primera vez unas cuantas bolas a unos niños de la calle y los pusiera a hacer malabares en los pasillos del Metro.

A lo largo de estos años los miembros del Upsala han paseado sus piruetas por Francia, Finlandia y Alemania. El circo sigue la tradición del famoso clown Slava Polunin: los artistas hacen piruetas, juegos malabares y equilibrios, pero sobre todo cuentan historias fantásticas y de pícaros. En total hay sesenta niños y la lista de espera de Larisa es larga.

Afortunadamente algunos “exalumnos” hacen las veces de entrenadores y enseñan el oficio circense a los más jóvenes. Serguéi, de 23 años, incluso se va a presentar a la Escuela de Arte Dramático de San Petersburgo. Estos éxitos son los que animan a Larisa.

El pequeño Danila, un espabilado muchacho de ocho años, es el benjamín. Los mayores lo tratan como si fuera su hermano pequeño. En este momento está intentando graduar a su altura el sillín de un monociclo. Si uno le pregunta qué quiere ser de mayor contesta: “director de circo”. Larisa se lo encontró en un comedor de la Cruz Roja con tan solo cinco años; el padre estaba en la cárcel, la madre muerta, y él viviendo en un orfanato. Larisa conocía de primera mano la situación en ese lugar. “En una ocasión vi a todos los niños sentados esnifando pegamento. ¡Y el director me explicó que a él aquello le resultaba muy práctico!”, relata indignada. Upsala quiere arrancar a los niños de ese círculo vicioso que forman orfanato, colegio especial y prisión.

Independiente y libre

No siempre sale todo bien, a veces “se rompe la cuerda”, como dice Larisa. La gira de este año tendrá lugar por Alemania y Francia y les ha fallado un artista. “Simplemente no se ha presentado a la función, ha dejado a sus amigos en la estacada”, sentencia la directora. Ella ha tenido que aprender a vivir con estas decepciones.

El mayor lujo que se permite el Upsala es su independencia, es decir, no depende en absoluto de los organismos estatales. Aunque se permite a los niños hacer representaciones en fiestas patronales, Larisa no tiene que rendir cuentas a ningún jefe ni rellenar una solicitud para cada bolígrafo.

Recientemente, el Ministerio de Asuntos Sociales les pidió que participaran en un acto de Rusia Unida, el omnipresente partido de Putin. “El momento en que sencillamente dije 'no' fue uno de los más bonitos de mi vida”, explica con una sonrisa.

Más donativos de Rusia

Foto de Itar-Tass

De modo que está buscando patrocinadores constantemente. Al principio Upsala vivía casi exclusivamente de los donativos que llegaban de Alemania. El año pasado, por ejemplo, una mujer de Berlín donó 60.000 €, con los que Larisa pudo renovar el pequeño edificio de oficinas. Actualmente la mitad de los donativos llegan de Rusia. Ni que decir tiene que la directora está enormemente agradecida por la ayuda procedente del extranjero, pero en el futuro quiere valerse por sí misma. “En un país tan rico, tiene que ser posible reunir suficientes patrocinadores”, opina. Los 150.000 $ para la nueva carpa deberían venir de Rusia: “¡Es una cuestión de honor!” En la mesa de al lado se sienta una recaudadora de fondos profesional.

Danila y Maxim, medio metro más alto que ella, imitan ahora a dos maleantes que vagan por las calles. Suena la voz de Garik Sukatchov, que canta con ironía: “Es un hombre de verdad, aquel capaz de alzar su fusil hacia el cielo”, haciendo referencia a quienes sirven en la defensa antiaérea. Estos dos jóvenes con una complexión tan distinta hacen gala de su fuerza. Al final todo acaba en una pelea con otro maleante, por supuesto bailando a lo West side Story.

La escena está sacada del día a día de estos jóvenes, donde se impone es el que golpea primero. Sin embargo, en el teatro se muestran vacilantes, comedidos. Larisa se levanta de un salto y se planta ante ellos con el cuello extendido en señal de provocación: “¿Qué quieres, viejo, eh?” Todos los presentes se echan a reír. “En el teatro no se hace ningún movimiento al 50%”, exclama. “No, sólo al 100%”, la secunda el pequeño Danila. “¡Qué pillín!”, ríe Larisa.

Vídeo sobre el tema

Los artistas hacen juegos malabares y piruetas, pero sobre todo cuentan historias fantásticas y de pícaros.

Danila, el benjamín, de ocho años, lleva en el circo desde que tenía cinco. La directora, Larisa Afanasieva nos cuenta lo difícil que es mantener unido al grupo: “Hace algunos años hubo una grave crisis: durante una gira por Alemania, alguien pagó a los niños unos cientos de euros por su trabajo. Fue un error. A la vuelta comenzaron las preguntas: ‘Y ¿cuánto se ha llevado Larisa?’ Al cabo de unas semanas el grupo se disolvió”.

En 2010, había en Rusia más niños huérfanos que en la Segunda Guerra Mundial: si en la década de 1940 había 678.000, el año pasado, según datos facilitados por la delegada de la Duma Jelena Misulina, la cifra se situaba en 697.000. Dos terceras partes son “huérfanos sociales”, es decir, que al menos uno de los padres sigue vivo, pero no se ocupa del hijo. Casi la mitad de los padres adoptivos proceden del extranjero. Sólo en los últimos 20 años, los padres adoptivos estadounidenses han acogido al menos a 60.000 niños rusos.

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