¡Superad las barreras!

¿Cuál será el camino que escoja Rusia ante el radical cambio de paradigma que ha traído consigo el siglo XXI? ¿Será lo suficientemente fuerte como para recorrerlo sola? ¿Querrá aliados, los necesitará? Se trata de una decisión importante, ya que Rusia ha sido, como mínimo desde Pedro el Grande, un factor determinante en Europa además de haberse visto profundamente afectada por la evolución de los acontecimientos en el Viejo Continente.

La distancia o la colaboración con Europa es una decisión que compete a ambas partes, pero sobre todo Rusia.

El mundo del mañana estará definido por el auge de las grandes economías emergentes, tales como China, Brasil e India. Ni Rusia ni Alemania, ni Europa ni América se librarán de las consecuencias y todo el orden mundial quedará trastocado. El nuevo orden económico mundial tampoco respetará el sistema político global y el actual reparto de poder.

Ya es palpable hoy en día: si hasta hace unos años el G8 era aún un grupo importante, en el que los estados industrializados occidentales y Rusia se reunían de modo informal para hablar sobre la situación del mundo y las decisiones que era necesario tomar, la última cumbre celebrada en Deauville, no se puede considerar tan relevante, dado que faltaban algunos actores esenciales. Ahora, en lugar del G8 ha aparecido el G16, con países emergentes de varios y continentes. Si queremos hablar del futuro de las relaciones entre Europa y Rusia, debemos tomar como base este nuevo marco. Surgen entonces algunas preguntas importantes.

Ya no se tratará del consumo per cápita, al que tan acostumbrados estamos. Les digo aquí quiénes estarán a la cabeza: aquéllos que desarrollen y posean la tecnología necesaria como para dar el salto que plantea el nuevo escenario. Es por eso por lo que Alemania ha optado por abandonar la tecnología nuclear.

Rusia es un proveedor energético de vital importancia para Europa, tanto en el sector petrolífero como en el del gas natural, y, por lo que respecta a Europa y a la Unión Europea, continuará siéndolo en el futuro. La producción europea, principalmente en el Mar del Norte, está en franco retroceso. Y lo más probable es que la demanda de gas aumente, en estos momentos es más baja debido a la crisis económica que sigue afectando a algunas regiones de la Unión.

Sin embargo, el planteamiento europeo parte de la base de que lo mejor que se puede hacer es garantizar la seguridad del suministro diversificando las fuentes de abastecimiento, es decir, no teniendo una dependencia excesiva de un único proveedor. Eso no quiere decir que se vaya a reducir la cuota rusa, sino todo lo contrario, aumentará.

Una colaboración más estrecha y profunda con Rusia redundaría en beneficio de ambas partes. Las relaciones son intensas y abiertas, pero están muy lejos de haber alcanzado su mejor nivel posible.

Huelga decir que dicha cooperación debe basarse en intereses y valores compartidos, y no en el concepto de las áreas de influencia. Los intereses deben manifestarse abiertamente, al igual que los valores.

Gracias a la experiencia europea hemos aprendido a considerar lo importante que es señalar abiertamente tanto los intereses comunes como los posibles conflictos. Una vez hecho esto se emprenderán negociaciones con el fin de alcanzar compromisos y acuerdos.

Los principales conflictos están relacionados con los vecinos comunes, es decir, con los estados soberanos situados entre Rusia y la UE y más concretamente en el futuro del denominado orden postsoviético. El futuro de Ucrania es objeto de acalorados debates entre ambas partes y como no, el porvenir de los “conflictos congelados”; ya hemos experimentado cuán rápidamente un conflicto congelado puede convertirse en uno candente.

Al mismo tiempo, veo un gran potencial económico, social y político si nos tratamos con honestidad y abordamos abiertamente los conflictos de intereses existentes. No cabe duda de que el engranaje de las economías puede ser de gran ayuda a este respecto. Aunque continuamente oigo decir que se ponen trabas a las inversiones directas de Rusia en Europa. Un ejemplo de ello fue la frustrada adquisición de Opel por parte de Magna.

El problema radica en las diferencias de valores normativos y en la desconfianza existente en Europa, que se manifiesta a través del callado rechazo a tales inversiones.

La UE no sólo se basa en intereses, sino también en valores comunes que son fundamentales para el afianzamiento de nuestra propia identidad. Cada avance en materia de legalidad, independencia de la justicia, división de poderes y derechos humanos tendrá consecuencias positivas para la colaboración económica, ya que contribuirá a disipar esa desconfianza.

Por otro lado, observo también que no se llevan a cabo todos los progresos posibles en la cuestión de los visados. Considero que la postura de los europeos, sobre todo la de los alemanes y algunos otros, es extremadamente miope.

La experiencia nos demuestra lo importante que es el intercambio, no sólo de bienes e ideas, sino también de personas. Es reseñable que un grupo de personas, los trabajadores altamente cualificados, han logrado algunas mejoras en ambas direcciones.

El siguiente paso sería la eliminación de visados, algo que no será fácil desde el punto de vista de las fronteras y de los controles de entrada. Sin embargo, lo considero factible si tenemos como telón de fondo la experiencia vivida en Europa.

Precisamente en tiempos en los que existe el riesgo de que un pequeño partido xenófobo llegue a formar parte del gobierno de algún país de la Unión Europea, y decida reinstaurar controles de fronteras con visos electoralistas, es cuando cobra una vital importancia apostar por la superación de barreras.

Este artículo se basa en la conferencia titulada “El futuro de las relaciones entre Europa y Rusia” pronunciada el 30 de mayo en el Instituto Alemán de Historia de Moscú por Joschka Fischer .

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.