Faldas de leopardo y controles de acceso

Salir de fiesta por la capital. Foto de Max Avdéev

Salir de fiesta por la capital. Foto de Max Avdéev

Tacones, alcohol y piel desnuda: en ningún lugar la noche es tan excesiva y consumista como en Moscú. Surgen constantemente nuevas tendencias capaces de poner las pistas de baile patas arriba.

Sábado noche, 00:00

Una cálida noche de junio a las puertas de la elegante discoteca Rai (“Paraíso”), en el solar de la legendaria fábrica de chocolate de Krasniy Oktiabr (Octubre Rojo). Por la carretera que discurre a orillas del río Moscova avanza una procesión de potentes BMW y Ladas destartalados. Glamurosas muchachas con vertiginosos tacones, la mayoría de ellas apenas supera los 18 años, se pavonean en dirección a la puerta del Rai, el mayor club de Moscú. Vladímir, responsable del “control de acceso”, detiene a una joven a la entrada. “¿A dónde va?”, pregunta. “Mi amiga y yo queremos entrar en la sala VIP”, responde ella, segura de sí misma y con la cabeza bien alta. “Sólo si habéis reservado mesa”. El día antes, su novio ha pagado los 1.250 € que cuesta la reserva, de modo que puede pasar junto con su amiga, ataviada con una falda de leopardo y tacones de aguja. Los clubes se financian con las reservas de mesas en la zona VIP (entre 200 y 5.000 €) y los ingresos procedentes de la venta de bebidas.

Madrugada del domingo, 4:38

Amanece. A la puerta del Rai los clientes regatean con los conductores de los taxis ilegales. La fiesta en el club Rooftop no ha hecho más que empezar. La ubicación es similar: una fábrica abandonada a orillas del río. Sin embargo, el ambiente es completamente distinto. En lugar del “control de acceso” hay lista de invitados; en lugar de una decoración kitsch, viejos muros de ladrillo. Musicalmente mandan los estridentes ritmos techno. Los clientes son unos diez años mayores que los del Rai, la mayoría supera los 30, las elegantes y llamativas faldas de leopardo y los vertiginosos tacones de aguja de las mujeres escasean. Un vodka con Red Bull cuesta trece euros. Hoy toca Pan Pot, un dúo techno de Berlín. Finalmente, poco antes de las cinco, Tassilo se pone a los mandos de la mesa de mezclas. La muchedumbre toma aliento al unísono y se abandona al ritmo minimalista. Es la segunda vez que Tassilo pincha en el Rooftop. Según dice, “en Rusia la escena techno es relativamente joven, pero evoluciona muy rápidamente. ¡Moscú y San Petersburgo están a tope!”

A finales de los años noventa abrieron sus puertas los primeros grandes clubes en Moscú. La clientela, ávida de marcha y consumismo, no dudó en subirse al tren. Bailar hasta bien entrada la mañana estaba de moda, cualquier fiesta que se preciara iba acompañada de gogós y MC (maestros de ceremonias), el público adoraba las sorpresas: desde glamurosos ángeles contoneándose hasta jaulas con tigres de verdad que se movían por la pista. Aunque esta tendencia no podía tener mucha continuidad: surgían clubes constantemente, pero era habitual que acabaran cerrando al cabo de uno o dos años. Algunos se incendiaron misteriosamente: a principios de 2008 ardió el Djagilew, poco después el Studio 54 moscovita, dos años más tarde el Opera.

Actualmente las fiestas han perdido ese halo de extravagancia. La gente ha bailado hasta hartarse y ahora quiere un entretenimiento discreto y sofisticado. En lugar de seguir la tendencia que marcan los clubes, prefieren ser ellos quienes llevan la voz cantante. La gente escoge sus fiestas online a través de comunidades y redes sociales. “Antes las fiestas eran mucho más coloristas, intensas y desenfrenadas”, afirma Andréi Sailer, cerebro musical del Solyanka. Este club es el que marca la pauta entre los jóvenes más modernos y los “neoyuppies”. Este local no fue de los que cerró al cabo de un año. Mientras otros siguen una línea comercial, en el Solyanka el concepto es diferente: “Lo más importante es la música, con la que queremos atraer a gente auténtica”. Auténtica significa inteligente y con buen rollo, la vestimenta es secundaria. Aunque tampoco se mojan en cuanto a la música: “Como bien indica el nombre del local, Solyanka, somos como la sopa rusa, en la que uno echa todo lo que encuentra”, ríe Andréi.

Los propietarios se han fijado una meta a largo plazo: “Queremos crear un club que tenga también proyección internacional”. Nadie quiere tener nada que ver con locales como el Rai: “En esos locales sólo se trata de dinero y chicas ligeras de ropas. Nosotros, en cambio, buscamos a esos moscovitas que quieren algo especial”.

Todo el fin de semana bailando en Moscú

Cada jueves se celebra la fiesta Ministry of Sound en el club Arma 17.

Vida nocturna en Moscú: Rusia Hoy le invita a conocer la noche moscovita

CLUB: SOHO ROOMS

MÚSICA: HOUSE POPERO

El estereotipo de la vida nocturna moscovita: oligarcas, rubias de bote y caviar negro al ritmo de un mal house. El control de acceso es estricto: quien quiera entrar en este glamuroso zoo debe parecer muy rico, y serlo, pues un vodka cuesta 20 €.

CLUB: ROOFTOP

MÚSICA: MINIMAL, TECHNO

El “techo del mundo” se encuentra a orillas del río Moscova. La música es de lo mejorcito, el público con aire decadente y distendido. Hay marcha hasta por la tarde a precios exorbitantes (cócteles a partir de 15 €). A quien entra en bancarrota, el barman, Andréi –una atracción en sí mismo, con incontables piercings y tatuajes–, le llena la copa gratis.

CLUB: ARMA 17

MÚSICA: HOUSE, TECHNO

El club europeo de Moscú. El control de acceso es moderado, se paga entrada. Las figuras del techno Marco Carola y Ricardo Villalobos pinchan a menudo en este local. El equipo de sonido Funktion One hace estremecerse la nave industrial de esta antigua fábrica de conservas.

CLUB: SOLYANKA

MÚSICA: DESDE NEW WAVE HASTA SCHRANZ

En este bastión de la escena alternativa, jóvenes de 18 a 22 años repasan toda la historia de la música del siglo XX. Se puede pasar de un tema monótono y sensiblero a una sesión de techno duro, la muchedumbre celebra cada fiesta como si fuera la última de su vida. El glamour y la sofisticación son tabú.

CLUB: PROPAGANDA

MÚSICA: DEPENDIENDO DE LA FIESTA

Incombustible desde 1997. Por el día es un restaurante, a las 23:00 se quitan las mesas y se baila hasta la extenuación. El “Propka” abre todos los días y siempre está hasta los topes. El control de acceso es justo y las bebidas alcohólicas son baratas.

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