El “Woodstock ruso”

Aire de libertad en las ”Colinas Vacías”

Aire de libertad en las ”Colinas Vacías”

En el “Woodstock ruso”, numerosas personas buscan lo que no encuentran en casa: amor, libertad, creatividad.

Este año el largo viaje hasta las colinas “vacías” ha merecido la pena. En este festival al aire libre que se celebra al sur de Moscú se reunieron, bajo un sol radiante, multitud de personas hartas de la sociedad de consumo.

El sol acaba de salir sobre el bosquecillo de abedules, la niebla matutina permanece aún suspendida sobre la pradera mientras los más madrugadores comienzan a salir de sus tiendas. Junto a un tipi indio hay un hombre sentado, tiene la cabeza rapada, el torso desnudo, las piernas cruzadas y los brazos entrelazados. Permanece tieso como una vela como si quisiera tocar el cielo, hacia allí apunta también un cartel que hay a su lado con el lema: “Búscate a ti mismo”.

Algunos metros más allá hay un colorido puesto de madera; tras la barra una muchacha con largas rastas y un vestido de colores. Vende té Pu Erh y bolas de coco vegetarianas. Tumbado sobre la hierba, un pasota de aire apacible ronca con el símbolo de la paz afeitado en la cabeza. Bienvenidos a las “Colinas Vacías” (Pustyje Holmy), la fiesta del amor, la tolerancia y el contacto con la naturaleza.

Vacaciones del capitalismo


Cada año, en torno al 12 de junio, cuando el resto del país celebra el “Día de Rusia”, abigarradas caravanas provistas de sacos de dormir, tiendas, guitarras y tambores se ponen en camino desde Moscú y San Petersburgo, Ucrania y Bielorrusia. Su destino es la región de Kaluga, unos 200 kilómetros al suroeste de la capital. La novena edición del Festival contó con un sol radiante y una cifra record de asistentes que rondó las 40.000 almas.”Colinas vacías” no tiene prácticamente nada que ver con la vida cotidiana: la gente pasea y se baña desnuda, no hay policías, ni rastro del paisaje urbano o de la contaminación que cubre las grandes ciudades. Aunque lo más importante en la Rusia neocapitalista es que el Festival no tiene un propósito comercial: no se paga entrada, no hay patrocinadores ni publicidad. Los grupos de Rusia, Bielorrusia y Ucrania tocan gratis.

Semanas antes de que dé comienzo el Festival arrancan los preparativos. Los voluntarios montan escenarios y puestos de comida. El recinto del Festival se extiende sobre un paisaje idílico a orillas de un riachuelo, si bien se encuentra muy lejos de cualquier fuente de electricidad. Es necesario instalar generadores y tender cables eléctricos, los equipos de sonido deben transportarse en carros. Conviene reseñar que en algunos de los escenarios, la acústica es sensacional. Todo esto es posible gracias al trabajo de 500 voluntarios. “Toda esta fiesta resulta tan fascinante porque esta gente lo hace con entusiasmo y amor, y este espíritu se transmite también a los asistentes. Ellos perciben su autenticidad”, afirma Andréi Shvirblis, uno de los organizadores.

Rock celta y jazz ruso


Los organizadores tienen que adelantar tres millones de rublos (75.000 euros) cada año. Tratan de conseguir este dinero a través de donativos y el alquiler de puestos, así como con conciertos benéficos celebrados en Moscú.

En opinión de Shvirblis, el Festival es consecuencia de los avances políticos y económicos de la última década: “Por un lado, ha aumentado el bienestar. Por otro lado, acude mucha gente que está cansada del consumismo y que busca alternativas y nuevas perspectivas de vida”.

El propio Shvirblis es responsable de prensa de la Cámara Rusa de Representación Civil. Cada mañana acude a la oficina con traje y corbata. Sin embargo, cuando llega la época del Festival coge un martillo y clavos y sale al encuentro de la naturaleza. Hay siete escenarios en total y la música se prolonga hasta la madrugada. La variedad es la norma; desde ritmos celtas y música étnica rusa hasta jazz y rock, pasando por música electrónica. Lo que todos estos músicos tienen en común es que pocos de ellos pueden verse en la MTV. También se organizan talleres sobre todos los temas imaginables: tambores, acrobacias con fuego, decoración de pasteles, cerámica rusa tradicional o animación con arena. Los voluntarios han creado hasta un jardín de infancia, ya que muchos de los asistentes traen a sus hijos.

Ni drogas ni carne


Este año los activistas medioambientales han montado su propio café vegetariano. En el arco de la puerta que conduce a su campamento se puede leer: “Ni alcohol, ni drogas, ni carne”, además de una invitación a no olvidar que se debe clasificar la basura, este llamamiento se sigue a rajatabla en todo el recinto, algo nunca visto en Rusia. El alcohol y la marihuana se consumen a raudales. La “vieja guardia” del Festival, la mayoría menores de 30 años, se queja de que acuden muchos hippies de fin de semana: “En sus lugares de origen son directores de oficina, aquí se quitan los zapatos y se pasean sobre una alfombra de flores con varillas de incienso y amplios vestidos lavados en lejía”, comenta Shvirblis, que, en principio, hace exactamente lo mismo. No obstante, eso no afecta en absoluto a la idea básica del evento que consiste en “recordarle a la gente que, en esencia, se trata de actuar de forma creativa y pensar libremente”.

Al amanecer aún hay gente en la zona de música étnica cantando y bailando en torno a una fogata con largas túnicas. Un joven con trenzas y una falda verde los mira entusiasmado. Dentro de una semana, este abogado volverá a su oficina en Moscú.

Más fotos en: "Colinas Vacías 2011: misión cumplida"

CUADRO INFORMATIVO

Rock en medio de la naturaleza: la variada cultura rusa de los festivales al aire libre


La historia de los festivales al aire libre en Rusia se remonta a los años sesenta, cuando en 1968 se fundó el Festival de Grushinsky. No hubo de pasar mucho tiempo para que más de 100.000 asistentes se reunieran en Samara, en plena naturaleza, para escuchar a los cantautores más importantes del país. A principios de los años ochenta, se prohibió durante seis años.

En los últimos años, aficionados al jazz, rock, tecno o la música folk han organizado decenas de festivales al aire libre y casi cada fin de semana desde mayo hasta otoño se celebra alguna fiesta al raso. El mayor de todos ellos es el Festival de Música Rock de Nashestviye, que se celebra a principios de julio no muy lejos del pueblo de Bolshoye Savidovo. Desde hace diez años reúne a los mejores grupos de rock de Rusia y ofrece a más de 100.000 amantes de la música tres días inolvidables. Los fans de la música electrónica prefieren la República de Kazantip. Lo que en 1992 comenzó como una competición de windsurf en la península de Crimea se ha convertido en un colosal festival al aire libre con fines comerciales, y no sólo para los ucranianos. Las “Colinas Vacías” (Pustyje Holmy), en cambio, es el mayor festival hippie al aire libre no comercial de la Federación Rusa.

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