“En los conflictos el hombre descubre lo más grande y lo más miserable de sí mismo y de los demás.”

Ángel Gutiérrez. Foto de su página oficial

Ángel Gutiérrez. Foto de su página oficial

Asturiano de corazón, ruso de alma, Ángel Gutiérrez dirige desde 1972 el Teatro de Cámara de Chejov de Madrid. Este hombre de ojos despiertos lleno de energía juvenil, nos cuenta cómo transcurrió su vida en Rusia. Todo empezó una noche de octubre de 1937, con apenas siete años lo subieron a un barco con destino a un país desconocido. Hoy este niño de la guerra es, en España y en Rusia, uno de los grandes maestros de la escena. Heredero directo del método Stanislavski, dirige una escuela de interpretación por la que han pasado Marta Belaustegui , Fele Martínez o Eduardo Noriega.

¿Y cómo un niño asturiano de seis años se va a Rusia?

Yo no me fui, me llevaron. Había comenzado la guerra y vivía una vida idílica en Pintueles (Asturias). Como decía Juan Ramón Jiménez: como un “niño-dios”. Me llevaron a Infiesto, a mí y a un montón de niños de los pueblos de alrededor para trasladarnos al puerto de Gijón donde nos esperaba el barco que nos llevaría fuera de España. En Gijón ya había bombardeos. Desde la ventana de la enfermería, porque entonces estaba enfermo, podía ver a los milicianos disparando desde los tejados a los aviones. Todo eso sucedió en octubre. Una noche nos llevaron al muelle. Nos dieron un número a cada uno, a mí el número 14, mi número a partir de entonces.

Impresionante…

A los demás niños los vinieron a despedir sus padres y sus hermanos al puerto. Los milicianos se despedían de sus hijos. Les daban abrigos, comida, y besos. A mis hermanas y a mí, no vino nadie a despedirnos. Ellas lloraban y yo con la fiebre que tenía, las consolaba. Fue en ese momento cuando a mí se me olvidó llorar.

Maldita guerra…

La guerra es una experiencia dolorosa pero interesante. Me gusta la paz, por supuesto, pero yo que he pasado primero una guerra y luego otra, agradezco al destino que haya tenido que pasar por esas experiencias. Cuando se lo cuento a mis alumnos, se quedan asombrados, y yo les digo, que ellos también están viviendo otra clase de guerra. Toda la vida es combate. A veces sabes quién es tu enemigo, otras veces, no sabes a quién tienes que enfrentarte. El hombre en los conflictos descubre lo más grande y lo más miserable de sí mismo y de los demás.

¿Cómo fue aquel viaje?

Cuando fuimos a embarcar, a mi hermana mayor la enviaron a cubierta. Mi hermana pequeña que estaba conmigo no la dejaron subir porque tenía cuatro años. Aquel hombre grande que nos daba los papeles me quitó a mi hermana y me ordenó que subiera al barco. A los niños nos instalaron en la bodega. Muchos lloraban, gritaban y vomitaban. Así llegamos a Francia. Mi hermana me encontró por fin en la cubierta durmiendo bajo una lona. Me contó que habíamos llegado a Francia, pero yo no quería ir a ninguna parte y mi hermana se quedó conmigo. Cuando desperté estaba en brazos de un hombre, que me acariciaba y me decía palabras cariñosas que yo no entendía. Estábamos en un barco ruso, el Kooperatsia. Era como un palacio. Teníamos ¡sábanas limpias! Y nos daban de comer, leche, Cola-Cao, algo que nunca había tomado en Asturias. Navegamos por el Mar del Norte hasta el Golfo de Finlandia. Allí un submarino alemán hundió un barco ruso lleno de niños. Nosotros tuvimos suerte cuando desembarcamos en Leningrado (hoy San Petersburgo), nos esperaba una marea de gente como de otro planeta. Cantaban canciones y llevaban muchos globos. Aquellas mujeres de ojos azules y pañuelos en la cabeza nos acariciaban y lloraban. Entonces descubrí lo que era el amor porque en Asturias yo era un niño feliz, pero no había conocido el cariño, ni el amor. El amor lo sentí en Rusia.

Tengo el corazón en un puño. Y cuándo llegó a Rusia, ¿cómo fue su vida?

A los niños nos repartieron por diferentes hospicios, unos en Moscú y otros en Leningrado. Yo estuve en un internado en Leningrado. Éramos 80 o 100 niños y la gente era extraordinaria. Teníamos educadoras rusas que nunca nos castigaron. Comenzó un invierno terrible, de 30º bajo cero. Otro descubrimiento para mí. A veces nos llevaban a visitar a los marinos del Kronstad que nos habían apadrinado, otras veces íbamos a ver a las mujeres de la fábrica de bombones de Leningrado, que lloraban cuando nos veían y nos regalaban unos bombones riquísimos.

Pero eso fue después, porque el primer año estuve muy enfermo y muy solo. No quería hablar con nadie. Estaba muy afectado, el golpe de la separación de mi madre y de mi pueblo había sido muy fuerte. A mi hermana mayor la llevaron al sur, cerca de Odesa. Yo sólo disfrutaba dibujando y dibujé mucho. Cuando mejoré, me apunté al coro. La música era mi vocación. En la sala donde ensayábamos había un piano de cola, y durante los descansos me escapa a tocar. El director del coro, primer violín de la orquesta de Leningrado, descubrió mi afición y llevó a estudiar piano al Palacio de los Niños.

En verano nos llevaban a descansar a las afueras de la ciudad, a los bosques donde los zares tenían sus palacios. El 29 de junio de 1941 estábamos veraneando cerca de la frontera de Finlandia. Unos jugaban al voleibol, otros ensayaban la canción de Dolores. “Tras tus pasos iremos Dolores, por la senda que Lenin trazó con mano firme y vigorosa empuñando el martillo y la hoz”. Nuestro grupo estaba al lado del río con nuestra educadora que nos leía El Quijote en ruso, y en esto que vienen un montón de niños gritando por el prado muy contentos: “¡Empezó la guerra!” A Tania se le saltaron las lágrimas, nosotros en cambio estábamos felices porque creíamos que por fin volveríamos a España, pensando que los rusos vencerían a los fascistas en un par de días.

Pero no fue así…

No llevaron inmediatamente a Leningrado. A los mayores de 16 años los enviaron al frente porque Dolores (Ibárruri, la Pasionaria) lo ordenó. Había que defender la patria del socialismo y pensaba que era nuestra obligación defender a aquel pueblo que nos había dado tanto. Mi amigo Paco, que era como mi hermano mayor, era de Infiesto, y otros chicos iban alegren, creían que todo pasaría rápido.

Una decisión difícil de aceptar, ¿no cree?

¿Cómo podían ir a la guerra muchachos que no sabían disparar un fusil? Lo cierto es que no los vimos más, a casi todos los mataron los primeros días, también a mi amigo Paco Cruz.

¿Cómo vivieron aquella época terrible?

Los aviones llenaban el cielo, miles y miles, era un enjambre. Un ruido terrible y las bombas… Fue un infierno. Los alemanes cercaron la ciudad. A partir de entonces pasamos hambre. Nos daban a cada uno 300 gramos de pan y dos azucarillos. Cuando nos sacaron del cerco nos llevaron a los Urales donde hacía un frío atroz. Estudiábamos y trabajábamos talando árboles, sacábamos patatas de la tierra o hacíamos ladrillos con la turba del río. Fue una época muy dura. Nos enseñaron a utilizar las armas. Éramos soldados preparados para ir a la guerra en cualquier momento. Teníamos 14 o 15 años...

Pasamos hambre pero ninguno murió por eso, pero sí de tuberculosis y malaria. También estuve a punto de morir, pero la educadora vendió su reloj para comprarme leche y miel en la aldea. Me salvó la vida.

¿Y España, dónde quedaba en todo aquello?

Para entonces pensaba menos en España. Yo iba a echando raíces en esa tierra maravillosa. Se formó la banda del internado, que luego dirigí yo. Dábamos conciertos en los hospitales, en las fábricas. Dibujaba mucho, cada vez más, leía también mucho, pero lo mejor era la música. Mi amigo Dionisio García, que es filósofo y vive en Moscú, tocaba canciones españolas, y nos enseñó muchas canciones rusas. Él no volvió a España, pero nunca perdimos el contacto.

¿Y después?

Al final de la guerra, finales del 43, nos llevaron cerca de Moscú y terminamos el colegio. Estaba cerca la Casa de los Cineastas donde estaban los genios del cine ruso. Quise estudiar cine. Fui al instituto de cine pero no me cogieron porque les llevé dibujos en vez de fotografías. Me recomendaron que estudiara dirección teatral. No podían aceptarme porque tenía 17 años, y no los 18 con los que se ingresaba. Además exigían estudios de interpretación y haber hecho alguna obra, y yo venía del internado y no cumplía con los requisitos. Entonces durante un mes fui cada día con el propósito de convencerlos hasta que uno me acuerdo que dijo: “Habrá que hacer algo con este españolito, que viene cada día.”

La tenacidad tuvo su recompensa.

Sí, sí que la tuvo. El director artístico me escuchó recitar una fábula española de Samaniego y otra fábula rusa. Yo recitaba en español con mucho temperamento, y el director, que no entendía nada, y me veía declamar con aquella gravedad se rió mucho. Luego recité otra fábula rusa sobre un cuervo y un zorro, y después un texto de Gogol. Se me ocurrió recitar el monólogo de Laurencia de Fuenteovejuna. Ellos se quedaron asombrados viendo a un chaval de 17 años declamando un monólogo de una mujer… Yo no había caído en eso, a mí me gustaba el monólogo, lo que decía, porque me llenaba el alma. Me aceptaron y terminé mis estudios con mención de honor. Fue una etapa maravillosa.

Supongo que en esta etapa descubrió a Chéjov.

Mi trabajo de final de curso fue sobre Chéjov. Desde muy temprano me enamoré de Chéjov, de sus relatos, después de su teatro y de su forma de pensar. Me invitaron al teatro de Chéjov, el primer teatro que dirigió en su vida. Me imbuí del espíritu de Chéjov en la ciudad de Taganrog. Estuve en la casa, en su biblioteca, y por las calles por dónde él caminaba. Para mí fue algo único. Allí hice teatro durante 3 años. Luego me invitaron a hacer teatro en Lituania un grupo de universitarios amigos de aquella época de estudiante.

Chéjov y Stanislavski, otro de sus maestros, tuvieron una relación muy fructífera.

Stanislavski creó el Teatro del Arte de Moscú y fue el inventor del único método que existe para la formación técnica del actor. Todos mis maestros fueron sus alumnos. Yo heredé de primera mano el método de Satanilavski y Meyerhold. El Teatro del Arte descubrió a Chéjov como dramaturgo. Él había fracasado en San Petersburgo, donde no habían entendido su obra donde los personajes todos son héroes. En San Pertersburgo, La gaviota había sido un fracaso estremecedor y Chéjov fue internado en un hospital. Sin embargo en Moscú, esta misma obra fue aclamada por el público y le enviaron un telegrama a Chéjov, que estaba en Yalta, contándole el éxito. A raíz de aquello la amistad de Chéjov y Stanilavski fue duradera. Escribió El tío Vania, Las tres hermanas, y El jardín de los cerezos, y sus obras viajaron por toda Europa.

En el Teatro de Arte estrenamos El tío Vania. Fue emocionante, porque vinieron mis maestros, mis alumnos, el público me aclamaba. “Ángel, tú eres el mejor director de teatro ruso, tú amas más a Rusia que nosotros”. Lo mismo pasó en Yalta. Me considero un director ruso. Me considero ruso y asturiano. Asturiano porque allí abrí los ojos al mundo, pero el alma y la conciencia me la despertaron en Rusia.

Y un día decidió volver a España…

Vine a España en los años 70 porque no soportaba aquel régimen tiránico y la corrupción, que existía en Rusia. Hubo un cambio de mentalidad. La verdad la buscábamos por nuestra cuenta, y no porque no las contara nadie. Se nos abrieron los ojos al mundo verdadero. Los ideales no los habíamos perdido, vivir para el otro y amar al otro. De eso hablábamos hasta la madrugada con grandes poetas amigos míos como Tarkovsky. Fueron años del deshielo como lo llaman y años de resurrección. Éramos jóvenes, amábamos con pasión y queríamos salvar Rusia. La situación por entonces se hizo insostenible, perseguían a los poetas y a los intelectuales.

El teatro de Cámara de Chéjov comenzó su andadura 5 años después de su llegada a Madrid y por él lleva luchando 32 años con grandes dificultades…

Los actores trabajan gratis. Son alumnos míos que trabajan por amor al arte y porque me tienen mucho cariño. Pero es verdad que necesito ayuda, así tampoco se puede resistir. El teatro es para el público, para los españoles, y para la gente que viene de otras partes del mundo. Me siento como un embajador ruso. He pensado varias veces pedir ayuda a Medvédev y a Putin.

En la escuela de interpretación que dirige han pasado actores que hoy son famosos.

Sí, en la escuela tengo a Marta Belaustegui, una alumna muy buena. Han estado también Fele Martínez, Eduardo Noriega, Carmelo Gómez e Imanol Arias.

Y el Año Dual ¿se ha olvidado de su teatro?

(Ángel asiente con decepción) El talento es el mayor tesoro de un país. Y los políticos no hacen caso al teatro. No se preocupan de cómo resistimos. En Madrid sólo interesa el teatro escaparate que recibe subvenciones millonarias. He escrito a todos los ministros y sólo me recibió Jorge Semprún cuando era ministro. Lo conocí en París con Juan Goytisolo. Me dijo: “Me gustó mucho tu carta, Ángel, pero hoy he presentado mi dimisión”.

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