Sin mirar atrás

Nacho Duato aspira a ser el primer coreógrafo de Rusia. Foto de Kommersant

Nacho Duato aspira a ser el primer coreógrafo de Rusia. Foto de Kommersant

Tanto en Moscú como en San Petersburgo se han representado esta temporada ballets de Neumeier, Preljocaj, Forsythe, Kylián, Elo y McGreror. Hace tan sólo dos años, cuando Nacho Duato presentó su primer estreno en el Teatro musical Stanislavski y Nemiróvich-Danchenko de Moscú, era casi imposible ver en Rusia a un coreógrafo occidental de prestigio. El triunfo de “Na Floresta” fue el argumento irrefutable para que el ballet contemporáneo se considerase un género “intelectual” y de moda, que garantizase una venta de entradas que no tiene nada que envidiar al Lago de los Cisnes.

No es de extrañar que el director español se convirtiera en el objeto de deseo de las principales compañías de ballet rusas: tanto la del teatro Mariínski como la del Bolshói empezaron inmediatamente a hablar de una posible colaboración con el maestro. Pero el teatro Mijáilovski de San Petersburgo se le adelantó y consiguió que Nacho Duato se convirtiera en su director artístico tras la inesperada ruptura de su contrato en Madrid debido a un conflicto con la administración española. Esta alianza parece extravagante, ya que el ballet ruso no ha conocido directores extranjeros desde los tiempos del francés Marius Petipa, que abandonó la compañía del teatro Mariínski en 1904. Además, el estilo de Duato, en la frontera entre lo neoclásico y lo moderno, parece ajeno al espíritu y a la decoración interior del antiguo teatro imperial. En cambio, este coreógrafo de 54 años está dispuesto a demostrar que todavía es pronto para tal afirmación. En los últimos dos años ha presentado cinco estrenos entre Moscú y San Petersburgo, dos de ellos han sido estrenos mundiales. Además su antigua compañía, la Compañía Nacional de Danza de España, traerá dos obras al Festival Chéjov.

Poco antes del estreno mundial del ballet en un solo acto “Preludio”, en el que las puntas se combinan con los pies descalzos, Nacho Duato contó a Expert por qué no ve diferencia entre lo clásico y lo moderno.

¿Siempre trabaja de una manera tan intensa?


Sí, es mi ritmo de trabajo habitual. Dos, a veces tres, estrenos mundiales al año más siete u ocho obras de reposición. En total salen unos diez ballets.

Usted dijo que no le gustaba trabajar como coreógrafo invitado en compañías ajenas porque la coreografía tiene que sentarle al bailarín como si fuera un vestido. ¿Se ha familiarizado con los bailarines del teatro Mijáilovski? ¿En qué se diferencian de los bailarines con los que ha trabajado antes?

Cinco meses no es un plazo demasiado largo. Aunque, sin duda alguna, durante este tiempo nos hemos podido conocer mejor. En su día sentí quién estaba abierto a nuevas experiencias y quién no. Ahora ya me he dado cuenta de que no estamos haciendo un experimento, sino de que estamos presenciando acontecimientos reales. Con mi último ballet, “Preludio”, quería demostrar que el ballet clásico y el moderno no estaban tan lejos el uno del otro. Lo más importante es crear un producto actual y de calidad.

¿Según usted, hacia dónde tiende la coreografía? ¿Se mantendrá la diferencia entre el ballet clásico y el moderno?

No soy un adivino ni tengo poderes especiales, no sé nada del futuro. Me ocupo del presente y veo qué necesidades existen en este momento. En primer lugar, hay una adecuada combinación entre el baile clásico y el moderno. El ballet no es un pollo congelado que uno pueda meter en el congelador, sacarlo después de un tiempo y esperar que parezca fresco. Si miramos hacia atrás, el Petipa que la gente veía en el escenario hace cien años, no es en absoluto el Petipa cuya coreografía vemos incluso en el teatro Mariínski. El ballet ni siquiera se puede comparar con las artes plásticas: conservado en buenas condiciones, un cuadro durará mucho tiempo produciendo el mismo placer estético. En el ballet todo cambia constantemente: los cuerpos, la manera de interpretar la música, los tejidos de los trajes y los modelos de zapatillas para hacer puntas. Por eso hay que verlo como una esencia que cambia constantemente.

Según se sabe, Balanchine exigió en su testamento que después de su muerte se quitasen del repertorio de los teatros todos sus ballets (gracias a Dios, su voluntad no fue cumplida). ¿Qué piensa del destino de sus obras?

No lo sabía, ¡pero entiendo perfectamente a Balanchine! A mí tampoco me gustaría que mis ballets se siguieran bailando después de mi muerte. No quiero dejar mi trabajo en manos ajenas. Una cosa es pasar indicaciones a los asistentes y controlar su trabajo y el de los bailarines. Pero sin el control del coreógrafo es imposible conseguir que se baile justo como éste quiere.

Según la tradición, en junio las compañías de ballet contratan a nuevos bailarines. ¿En qué se basó a la hora de elegirlos?

Estuve en los exámenes en la Academia Vagánov, vi una clase, y pasados unos días haremos un casting dentro del teatro. Creo que cualquier compañía elige a los bailarines basándose en el mismo principio, independientemente de si se trata de ballet clásico o contemporáneo: tiene que ser gente de gran belleza, con buena técnica y ganas de trabajar. Claro que aquí, en San Petersburgo, todos son muy fuertes en lo clásico, y nuestro teatro se sigue basando en este tipo de repertorios. En mi compañía madrileña no era así. Pero lo más importante es darse cuenta de que ya no hay grandes diferencias entre el baile clásico y el moderno. Se me considera un coreógrafo moderno, pero puedo enseñarle a Katia Borchenko (la primera bailarina del teatro Mijáilovski) cómo hay que mantener las manos correctamente. En mi vida, mi elección es el ballet moderno, pero una “Giselle” bien montada no es en absoluto menos contemporánea que los ballets de Balanchine o que las obras de Paul Taylor. Al fin y al cabo, lo más importante es un baile bonito y correcto. Vi “El Carnaval” de Fokin en el Maríinski y es algo muy moderno. ¡Precioso! Es imprescindible dominar la técnica moderna para bailar eso. Algunos coreógrafos contemporáneos son mucho más anticuados que Petipa.

En San Petersburgo hay muchos ballets. ¿Ha visto obras de sus colegas y rivales?

La verdad es que no he tenido tiempo. Antes de empezar a trabajar aquí, visité tres veces el teatro Maríinski, entre otras cosas porque mi amigo David Hallberg bailó en “El Lago de los Cisnes”. Enfrente del teatro vi la cartelera de otra compañía que también había montado “El Lago de los Cisnes”, ¿pero tendrá sentido ir a verlo después del Mariínski y del Mijáilovski?

Se ha anunciado que su primer estreno para la temporada que viene será “La bella durmiente”. ¿Ha empezado a trabajar con esta obra?

 Llevo pensando en ella desde hace seis meses. A mediados de septiembre empezamos a mirar la coreografía. Escucho la música, hablo con el decorador, con el diseñador de trajes y con el iluminador. Lógicamente, será un trabajo muy intenso porque queremos montar la obra en cinco meses.

¿Por qué ha elegido “La bella durmiente” si para el ballet de San Petersburgo es, digamos, la vaca sagrada, un tema intocable?

Será por esa misma razón. ¡Alguien tiene que tocarla!

¿Ya conoce a su equipo, con quién va a montar la obra?

Primero elijo a Aurora, al Príncipe, a Carabás, y luego a los decoradores. Pero ya los tengo. Sé lo que quiero: un ballet vivo, muy humano, y a la vez que sea un verdadero cuento de hadas. Quiero que sea magia pura, encanto en estado puro.

¿Pero la princesa se va pinchar el dedo con un huso y el príncipe la despertará con un beso?

Claro, si no fuera así, habría elegido otra historia. Tengo intención de reproducir exactamente la historia de Petipa, pero no su coreografía. No va a haber ni un solo paso de la obra de Petipa.

¿Utiliza las puntas en la obra?

Claro, me gustan las puntas, ya he montado obras con este tipo de baile. Pero más tarde, en Madrid no tenía bailarinas que trabajasen de puntillas. Eso exige otra técnica, es otra manera de mantener el equilibrio, otro tipo de dominio del cuerpo. Pero el baile de puntillas es precioso, sobre todo si la bailarina tiene las piernas bonitas. Mi Aurora bailará de puntillas, sin duda alguna.

¿En qué se basa a la hora de montar una obra: en los bailarines, en la música, en su equipo, en sus colegas coreógrafos?

No puedo concentrarme en una sola cosa, es un conjunto de varios factores. En primer lugar, quiero pasarlo bien y disfrutar del trabajo. A pesar de todos los nervios, angustias y preocupaciones, vivo con el ballet. Es lo más importante en mi vida.

Usted ha pasado la mayor parte de su vida artística en Madrid. ¿Le ha costado mucho entrar en el mundo del ballet de San Petersburgo?

Hoy tengo un estreno aquí, en el teatro Mijáilovski; mañana, precisamente en Madrid, en el Teatro de la Zarzuela, y pasado mañana, en Núremberg. Pero ahora no estoy pensando ni en Madrid, ni en mis bailarines de España. Al abandonar la Compañía Nacional de Danza de España, dejé de pensar en Madrid y pasé a concentrarme en lo que ocurre aquí y ahora. Abandoné mi casa natal de Valencia a los 16 años, y desde entonces he cambiado muchas veces de lugar de residencia. He estado viajando constantemente de un sitio para otro. De Estocolmo, donde bailé en el Cullberg-ballet, a Holanda, donde trabajé alrededor de diez años en el Teatro Neerlandés de Danza. Conocí a mucha gente, cambié de vivienda y de amigos. Cada vez que me iba de un sitio a otro, me planteaba nuevos objetivos y no volvía a acordarme del pasado. Creo que en Madrid no se han portado muy bien conmigo, pero intento no pensar en ello, porque si comparamos mis compañías podríamos decir que en Madrid tenía un pequeño caballito, ¡y aquí tengo un caballo enorme!

¿Participará en la preparación de la gira de la Compañía Nacional de Danza de España por Moscú, donde asistirán al Festival Chéjov?

Traerán a Moscú obras que yo monté en Madrid. Mis asistentes siguen trabajando en la compañía. Aunque no he pasado por allí desde hace un año. Me llamaron para que asistiera a los ensayos, pero les dije que no. Me llamaron para la rueda de prensa, y les dije que no. Me invitaron al estreno, pero volví a decir que no. Ya no dirijo la compañía madrileña. Ellos siguen bailando mis ballets, pero yo no tengo nada que ver con ellos. Tienen los derechos de mis obras hasta julio, así que estas obras se podrán ver por última vez en Moscú.

En España ha invitado a montar obras en su compañía a William Forsythe, Jiří Kylián, Mats Ek …

¡Son los mejores, absolutamente los mejores en el mundo del ballet, mis tres coreógrafos preferidos!

¿No tendrá la intención de darles la oportunidad de montar obras también en el teatro Mijáilovski?

¿Por qué no? Tengo planes, pero de momento tengo que preparar a nuestros bailarines para que puedan trabajar con Jiří, Bill y Mats Ek. Son maestros de los que he aprendido mucho. Quiero que mis bailarines trabajen un par de años conmigo para que después puedan enfrentarse a maestros de esa categoría.

Los coreógrafos rara vez confiesan su amor por otros coreógrafos. ¿Por qué estos tres precisamente?

¡Es que nos odiamos! (Se ríe.) Obviamente, es broma. Para mí, sin duda alguna, el primer lugar lo ocupa Kylián. Con él trabajé nueve años en el Teatro Neerlandés de Danza (Nederlands Dans Theater). Fui uno de sus bailarines preferidos, el solista principal. Me montó “La historia de un soldado”, entre otras obras. Fue él el que me dio la posibilidad de montar mi primer ballet, “El Jardí tancat”. Más tarde, cuando él, Hans van Mannen y yo trabajamos como coreógrafos en NDT, lo hicimos mano a mano. Me encantan Mats Ek y Bill Forsythe, valoro mucho su trabajo creativo. Para mi vocabulario coreográfico también tienen importancia otros coreógrafos, pero éstos son los más importantes. Ahora hay muchos coreógrafos que tienen montados uno, dos o tres ballets muy interesantes, y la gente dice: “¡Qué talento tiene este tío!”, pero hay muy pocas personas capaces de trabajar como estos tres, manteniendo un nivel tan alto durante cuarenta años, habiendo creado su propio teatro, su escuela, su propio lenguaje coreográfico. Es en lo que consiste el verdadero arte de un maestro.

En este medio año, ¿le ha dado tiempo a ver la ciudad, aparte del teatro Mijáilovski?

San Petersburgo es una ciudad muy bonita. Conozco la Catedral de Kazán, el Hermitage y el Museo Ruso. Aunque ya he visitado tantos museos y tantas iglesias que no es lo que más me interesa. Me gusta pasear por la ciudad y sentir su mágica atmósfera. Puede que hace diez o veinte años venir aquí hubiera sido duro para mi. Pero ahora, gracias a Internet tengo la posibilidad de estar en contacto con mis amigos. No hablo ruso, pero cada vez más gente a mi alrededor habla inglés. Me gustan las noches blancas y tener muchas flores alrededor. En Madrid no les prestaba atención porque allí hay flores todo el año. Aquí se convierten en algo especial. Si un hombre mediterráneo no ha huido del invierno de San Petersburgo, ya no tiene nada que temer en Rusia.

¡Créame, en mi Valencia natal a veces he pasado mucho más frío!

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