Españolitos contra soviets

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Lidia (superviviente del cerco a Leningrado) pregunta a su nieta si en España se celebra el fin de la 2ª Guerra Mundial, ya que para ella el 8 de mayo es una fecha muy importante. La nieta, sorprendida por la demanda, le responde que el país ibérico no participó en los combates, y que por lo tanto no entiende que celebren nada.

“Pues sí, es lógico que no lo celebren, pero exactamente por lo contrario, porque lucharon con los fascistas”. La nieta, turbada, le explica a su abuela que en los libros de la escuela no aparece nada de eso. “Porque después cambiaron de bando, pero yo recuerdo perfectamente a los soldados españoles. Escucha, cuando nos evacuaron de Leningrado caímos en manos de las fuerzas fascistas, y de entre todos los soldados, rumanos, alemanes, bálticos… los españoles eran los más simpáticos ¡una vez incluso nos dieron caramelos!”, recuerda. Y así fue. Soldados españoles participaron en la 2ª Guerra Mundial en las listas de la División Azul, una unidad de “voluntarios” que se integró en la Wehrmacht y juró obediencia al Fuhrer. La 250, también conocida como Blaue Division o Einheit Spanischer Freiwilliger, luchó principalmente en Bielorrusia y en la región de Leningrado, el lago Ladoga, Riga y Nóvgorod.

Los combates no fueron una guerra de caramelos, bizcochos y confeti; como relataba Luis García Berlanga con tanta gracia en su biografía, los soldados tenían que perseguir gallinas para poder comer, sufrían un frío carnívoro y cambiaban la letra a canciones patríoticas alemanas por otras más banales y escatológicas.

Este verano se cumplen 70 años de la creación de dicha unidad de combate, compuesta por voluntarios y con la que Franco quería legitimar sus aspiraciones de incorporar Gibraltar y las posesiones francesas en el norte de África. No obstante, muchos claroscuros siguen rodeando la creación, mandato y disolución de la División Azul, por lo que coincidiendo con el 70 aniversario se prepara una película de Gerardo Herrero con Carmelo Gómez y Juan Diego Botto, “Sangre en la nieve”, y se han publicado, además, tres estupendos libros sobre los españolitos que lucharon contra los soviets junto a las tropas Nazis.

- “La División Azul. Rusia, 1941-1944”, (Editorial RBA). Libro en el que el periodista e historiador Jorge M. Reverte analiza cómo se creó y por qué se alistaron los voluntarios.

- “Añoranza de guerra” (La esfera de los libros). Novela del escritor Blanco Corredoira en la que refleja cómo fue la vida en el frente y qué ocurrió con los soldados que cayeron en manos bolcheviques.

- “La división azul. Estructura de una fuerza de combate” (Galland Books). Ensayo histórico-militar del especialista Carlos Caballero Jurado, en el que repasa las batallas más importantes en las que participó la División Azul y explica cómo se integró en la Wehrmacht. Todos estos libros ahondan en cuestiones no resueltas sobre la División Azul, un tema que se volvió escabroso e incómodo para el régimen franquista. “Aun quedan muchas cosas sin respuesta -reconoce Jorge M. Reverte- sobre todo los sentimientos que se trajeron escondidos después de haber visto la barbarie de los nazis. Porque, aunque ellos no participaron en las matanzas, eran los aliados del ejército criminal que estaba arrasando Rusia”.

Entre esos “voluntarios” estaba además su padre, por lo que esta investigación adquirió un carácter muy personal para él. De hecho, fue “el intento de comprender qué llevó a casi 50 mil hombres a luchar a seis mil kilómetros de casa, tras una guerra civil de tres años” lo que más le motivó duranté la escritura del libro.

Pero también hay otras razones que hacen atractivo el tema, como la fascinación por aventuras en tierras lejanas: ”Ya de pequeño me sentía impresionado cuando conocía a algún señor del que me decían que había estado en Rusia; que había ido a luchar a Rusia. El simple nombre es muy evocador”, comparte el escritor Blanco Corredoira.

El nombre de División Azul se lo puso el falangista José Luís Arrese y los primeros 18 mil soldados partieron de Madrid en julio de 1941, con temperaturas de 40º y hacinados en vagones para ganado. Al llegar a la frontera francesa les asearon, les entregaron el uniforme nazi y los enviaron en un tren de pasajeros al campo de entrenamiento de Grafenwöhr, al norte de Múnich, donde los voluntarios aprendieron a utilizar el armamento alemán y juraron lealtad a Hitler.

"Voluntario alegre, que a Rusia te vas, con rancho de hierro para caminar" iban cantando. El 50% de los voluntarios eran en realidad militares de carrera en busca de gloria y ascensos. En el resto de destacados se mezclaban falangistas, estudiantes universitarios y jornaleros sin recursos. Así mismo, las motivaciones para el alistamiento también eran muy dispares, ya que iban desde el anticomunismo, la necesidad de demostrar lealtad al régimen franquista, la pobreza o el querer impresionar a una novia, como relató el recientemente desaparecido Luis García Berlanga.

”En los últimos días de Junio de 1941 muchos españoles creyeron que alistándose en la División Azul participarían de la gloria de armas que suponía ayudar a acabar con el comunismo. En aquel comienzo de la guerra del este todos creyeron que los ejércitos alemanes desfilarían en unas semanas en la Plaza Roja de Moscú. También es cierto que dentro de un contingente de 47.000 soldados (este es el número aproximado de los que fueron a Rusia en sucesivos reemplazos) hubo muy diversas motivaciones personales: la voluntad de hacer carrera; el escapar del hambre; el ánimo de aventura; el deseo de ganarse una acreditación ideológica para aquellos que habían hecho la guerra española en el bando republicano... De todo hubo. Pero en un primer momento el ideal esencial era el anticomunismo que tanto había crecido a raíz de la guerra civil española”, nos explica Blanco Corredoira.

Mejor morir de un tiro en el frente que de hambre

No todos habían hecho la guerra. Iban a probarse y no intuían lo duro que podía ser el combate. El idealismo, la miseria y el hacerse perdonar tras haber luchado por la república están detrás de la decisión de ir al frente según Jorge M. Reverte, quien recalca la dureza de la guerra y las penalidades que pasaron los soldados de la División Azul, y recuerda que la idea de creación surgió en una reunión mantenida en el hotel Ritz de Madrid por Serrano Suñer, ministro de exteriores, y los falangistas Dionisio Ridruejo y Mora Figueroa. El ejército Nazi aun parecía imparable en el 41 y los voluntarios pensaban que en seguida llegarían a Moscú y volverían triunfantes y entre aplausos a España. Sin embargo fueron destinados al frente de Leningrado y en lugar de los tres meses previstos estuvieron tres años. ”Los voluntarios creían que iban a acabar con el comunismo y se encontraron con que el objetivo era tomar un gran territorio con el que expandir Alemania, convertir en esclavos a los sub-humanos que pensaban que eran los rusos y liquidar a los judíos, primero uno a uno y más tarde en los campos de concentración. Eso ellos no lo vieron, evidentemente, pero tuvieron suficientes indicios para ver qué se estaba haciendo. Asistieron como invitados de segunda clase a una de las mayores canalladas de la historia de la Humanidad”, añade Reverte.

Pero la ayuda del gobierno franquista a Hitler resultó ser cada vez más incómoda y difícil de explicar diplomáticamente, sobre todo una vez que la Alemania Nazi empezó a perder batallas (Stalingrado y Leningrado). Así, a los primeros combatientes que vinieron tras el reemplazo se les recibió como a héroes, mientras que los últimos fueron casi escondidos. Jorge M. Reverte lo explica de esta forma: ”Al principio, en 1941, la prensa hablaba de los voluntarios como los grandes héroes que iban a ayudar a liquidar al comunismo (al que identificaban con Rusia y el judaísmo). Luego, según el resultado de la guerra se fue volviendo favorable a Rusia y sus aliados, la prensa casi dejó de hablar de los voluntarios”.

Durante dos años la División Azul contribuyó al cerco de Leningrado. No obtuvo ninguna gran victoria, y su actuación militar se limitó a pequeños combates locales y a una épica defensa de la posición alemana en Krasni-Bor, en la que la unidad española registró más de mil doscientos muertos, cuatro cientos prisioneros y otros mil heridos en un sólo día: el 10 de febrero de 1943.

Fue también en 1943 cuando el gobierno español decidió disolver la División Azul. Franco entendió que la supervivencia del régimen pasaba por distanciarse de Hitler, ya que el rumbo de la guerra había cambiado y la derrota nazi parecía cada vez más probable. Los aliados ya habían empezado a presionar en Madrid para la retirada de la División Azul, a través del embajador norte-americano y del británico. Así, el 24 de septiembre se aprobó en el consejo de ministros la disolución de la unidad de voluntarios, y una semana más tarde Hitler accedió a la repatriación escalonada de los soldados españoles. Aun así, unos 2 mil combatientes se negaron a volver a España y continuaron luchando junto a los nazis en una nueva unidad llamada ”Legión Azul”.

En total, 47 mil soldados lucharon en las filas de la División Azul; de entre ellos murieron unos 5 mil, 8 mil fueron heridos y 372 acabaron en GULAGs soviéticos, siendo obligados a trabajos forzados. De los supervivientes, 219 fueron repatriados a Barcelona desde Odessa el 2 de abril de 1954, mientras que cerca de 80 prefirieron quedarse en la ciudad ucraniana de Krasnopole. La mitad de los voluntarios que cayeron en combate fueron enterrados en la zona, al resto simplemente se les dio por desaparecidos. A la ferocidad del ejército rojo, hay que añadir la falta de ropa de abrigo adecuada y la temeridad del general español al mando, Muñoz Grandes, quien pretendía ganarse el respeto alemán a base de bajas.

El escritor Blanco Corredoira comenta para RBTH en qué condiciones estuvieron recluidos en Rusia los soldados de la División Azul; ”Los prisioneros españoles fueron sometidos por el régimen de Stalin a un trato muy singular: por un lado se les mantuvo incomunicados con España.

Fueron de los pocos prisioneros de guerra que no pudieron mandar ni recibir cartas de los suyos. Pero se les mantuvo relativamente agrupados, de forma que no cayeron en manos de los blatnoi y otras bandas de hampones. Casi siempre en lagers o campos de trabajo para prisioneros de guerra. Llegaron, eso sí, a convivir con "los otros españoles", los prisioneros republicanos españoles (aviadores, marinos, niños de la guerra española) que habían caído en desgracia y eran perseguidos por el régimen. Juntos, los españoles, hicieron causa común. Protagonizaron sonadas huelgas de hambre, como en Borovichi en 1951. Se les retuvo en la Unión Soviética más tiempo del admisible. Sólo a partir de la muerte de Stalin se suavizó el trato y se agilizó la repatriación”.

Y añade Corredoira: ”La vuelta a España tuvo el carácter de una resurrección. Las imágenes de la llegada al puerto de Barcelona en el barco fletado por la Cruz Roja, el Semíramis, son muy emocionantes porque muchos de aquellos hombres habían sido dados por muertos. El recibimiento fue espectacular, pero luego tuvieron que rehacer su vida. Se encontraron una España muy mejorada pero que ya estaba en la órbita de los Estados Unidos. El régimen no hizo gestos que pudieran incomodar a los nuevos aliados. Y, en general, aquellos hombres no quisieron hablar de la guerra, trataron de olvidar”.

Empatía hispano-rusa

No obstante, resulta curioso que la mayoría de los historiadores coincidan en el fácil entendimiento entre españoles y rusos, y eso a pesar de las penurias y de encontrarse en una guerra tan cruenta. En este sentido Jorge M. Reverte explica que ”la impresión humana fue muy positiva. Todos volvieron hablando de los campesinos rusos (sólo conocieron a campesinos) como gentes maravillosas, aunque ignorantes. Les impresionaban las condiciones de vida en esos lugares que pasaban tantos meses enterrados bajo la nieve. Les impresionaba mucho el arte bizantino de las iglesias ortodoxas. Novgorod, las cúpulas de su catedral... Y les impresionó de una forma brutal los palacios de los alrededores de Leningrado. El paisaje, sin montañas, de los inmensos bosques y lagos les acababa por parecer monótono”. También Blanco Corredoira es de esta opinión, y recuerda que ”hay cientos de libros de memorias. Ello evidencia que la experiencia impresionó mucho a los españoles. La enormidad del paisaje; el incomensurable rigor del invierno; la profundidad de sus bosques...; la dureza y pobreza de la vida rural en Rusia; la belleza de su música; la bondad de sus gentes; el carácter pacífico de los prisioneros soviéticos; la fácil convivencia con la población rusa. En su mayoría mujeres, ya que muchos hombres estaban movilizados. Puedo asegurar que el español llegó a amar al pueblo ruso. Existe una atracción, un respeto y un cariño que se mantiene. Creo sinceramente que somos los dos polos y refugios sentimentales de Europa, y como tal nos atraemos”.

Para más información tenemos los tres libros recomendados y una sala en el Museo del Ejército español, recientemente abierto en el Alcázar de Toledo.

Para la División Azul también se compuso una canción, con letra de Agustín de Foxá y José María Alfaro, y música de Juan Tellería. El himno fue interpretado por primera vez en el Teatro Calderón de Madrid el 8 de diciembre de 1941.

Con mi canción
 la gloria va


por los caminos del adiós, 


que en Rusia están


los camaradas de mi División.

Cielo azul


a la estepa desde España llevaré, 


se fundirá la nieve 


al avanzar, mi capitán.

Vuelvan por mi


el martillo al taller, 


la hoz al trigal. 


Brillen al sol 


las flechas en el haz


para ti,


que mi vuelta alborozada has de esperar 


entre el clamor 


del clarín inmortal.

En la distancia queda


gozo del hogar 


con aires de campanas, 


vuelo de la paz.

Resuenan los tambores; 


Europa rompe albores, 


aligerando nubes


con nuestro caminar.

Con humo de combate 


yo retornaré, 


con cantos y paisajes


que de allí traeré.

Avanzando voy; 


para un mundo sombrío


llevamos el sol; 


avanzando voy 


para un cielo vacío 


llevamos a Dios.

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