Nuestra Maya: una vida dedicada a la danza y la música

Maya Plisétskaya y Vladímir Vasíliev (1980). Foto de Alexandr Makárov/Fotosoyúz

Maya Plisétskaya y Vladímir Vasíliev (1980). Foto de Alexandr Makárov/Fotosoyúz

En los Estados Unidos no permitieron que Plisétskaya bailase hasta el año 1959, y después sólo lo haría unas pocas veces antes del colapso de la Unión Soviética. Los estudiantes de danza, como quien suscribe, seguimos con mucho interés los avatares de la danza soviética y los ocasionales exilios. Sin embargo, Plisétskaya y su amado marido, Rodión Shchedrin, nunca salieron para quedarse.

Mayormente la veíamos en películas borrosas.

Cuando fue a Hartford, Connecticut, en la década de los setenta, mi inagotable maestra de danzas fue la primera en comprar entradas. La noche en que actuó ante nosotros Lllovía a cántaros. Suspiré profundamente cuando vi el grand jeté de Plisétskaya, la apertura de 90° en el aire que es el mayor símbolo de la danza clásica autóctona. Mis compañeros y yo estábamos convencidos de que se había propulsado de un trampolín desde fuera del escenario. Se mantuvo en lo alto durante un segundo, desafiando tanto a la gravedad como al tiempo.

Entonces me di cuenta de que con mi tripita y mis piernas paralelas no tenía posibilidades. Sin embargo, visualizar su belleza me hizo más fuerte. Cuando finalmente dejé la danza a los veintitantos años y comencé a escribir sobre ella, Plisétskaya constituía para mí la visión de la perfección misma. Su Carmen resultó demasiado sensual para los censores; su cisne moribundo sólo se tornaba más perfecto actuación tras actuación; su Anna Karenina era extremadamente original.

Posiblemente Maya Plisétskaya sea la bailarina clásica más importante del siglo XX. Su carrera, de unas seis décadas de duración, se contrapone a su infancia. Su familia era judía y estaba integrada por reconocidos artistas, bailarines y actores. Durante la Gran Purga de 1937-38, su padre fue detenido y asesinado, y su madre, enviada al gulag. La tía de Plisétskaya tuvo visión de futuro y la determinación necesaria para continuar con el entrenamiento diario en danza clásica de Maya durante la guerra.

Foto de Alexándr Makárov/Fotosoyuz

En el año 2006, tuve la oportunidad de ver a Plisétskaya interpretar un solo de Béjart de tres minutos de duración creado para su 80° cumpleaños. Sus seguidores esperaron con entusiasmo durante horas fuera del palacio del Kremlin mientras controlaban sus pasaportes.

La pieza se llamó "Ave Maya". Béjart había creado una metáfora para ella en la que sus brazos aún pueden hacer volar a este cuerpo.

Maya Plisétskaya (1953). Foto de Itar-Tass

Cinco años después, voy a volver a verla. Plisétskaya estará en Nueva York el próximo mes junto a Shchedrin para la presentación del Ballet Mariinski en el Festival del Centro Lincoln que tendrá lugar del 11 al 16 de julio. El Mariinksi interpretará piezas insignes de Plisétskaya/Shchedrin: "Anna Karenina", "El caballito jorobado" y "Carmen Suite".

En su autobiografía, la bailarina explica por qué nunca se exilió. Hubiera significado dejar también a su marido, ya que la KGB no les permitía viajar juntos. En su lugar, ganó las batallas que luchó contra los censores y bailó mejor que nadie.

La escena del ballet "La gaviota", 1980. Foto de Alexándr Makarov/Fotosoyuz

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