El día que cambió la historia

Stalingrado. Foto de Ria Novosti

Stalingrado. Foto de Ria Novosti

“Muy bien, estamos en manos del destino”, pensó, y comprendió que prefería morir antes que ver a Rusia derrotada. (…)

(…) Es necesario reflexionar sobre qué debió de soportar y experimentar un hombre para llegar a considerar la muerte inminente como una alegría.

Vasili Grossman Vida y destino

El 24 de junio de 1945 el mariscal Zhúkov pasaba revista a caballo en la Plaza Roja de Moscú al desfile de la victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi. Habían transcurrido casi cuatro años exactos de guerra y se habían perdido aproximadamente 27 millones de vidas soviéticas antes de poder llegar a esa escena. Un esfuerzo ímprobo, poco conocido en España, y aún hoy mal valorado en nuestro país con respecto al papel clave de Rusia en la derrota del fascismo.

Con la Operación Barbarroja, el ataque por sorpresa desatado por Hitler el 22 de junio de 1941, comenzó lo que la historiografía rusa y soviética conoce como la Gran Guerra Patria. Éste fue, incluso dentro de la masacre generalizada de la II Guerra Mundial, el más cruel conflicto bélico que haya conocido la humanidad; una guerra racial e ideológica, una guerra de exterminio, como la calificó el historiador británico Laurence Rees en su libro sobre la contienda, con una fiereza desconocida en otros escenarios de la guerra y en cualquier otra época. Lo primero que impresiona es la magnitud de las cifras: cuatro millones de soldados alemanes y aliados atacaron en un solo día en un frente terrestre de 1800 kilómetros, el mayor de la historia; se llegaron a tomar millones de prisioneros por parte de los dos bandos; hubo ciudades como Leningrado (hoy San Petersburgo) que soportaron un cerco de casi 900 días. Esos datos esconden el sufrimiento inconcebible de todo un país, la URSS, cuyos habitantes padecieron el prejuicio nazi que los consideraba racialmente inferiores, Untermenschen (infrahumanos), y por tanto legítimos objetos de toda violencia. Esta violencia fue especialmente dañina en la retaguardia, donde los alemanes aniquilaron a propósito a partisanos, comisarios políticos o civiles sin distinción en una mezcla represiva que segó millones de vidas humanas con un encarnizamiento sólo superado por el exterminio sistemático que sufrieron los judíos en el Holocausto.

Las primeras semanas de la guerra fueron un desastre para los soviéticos: retiradas sin orden que eran auténticos derrumbes, dudas en la dirección de la guerra por parte de un asombrado Stalin, pérdida de miles de kilómetros cuadrados de territorio ocupado diariamente por la Wehrmacht… Las circunstancias en las que el Ejército Rojo se enfrentó a la invasión fueron dramáticas. Como todos los componentes de la sociedad soviética sus miembros resultaron dañados por efecto de la colectivización forzosa o las demás medidas estalinianas de los años treinta. Pero además el Ejército estaba especialmente afectado por las purgas de 1937, que junto a figuras como el mariscal Tujachevski terminaron con miles de oficiales ejecutados o encarcelados. Además, la autosuficiencia de Stalin fue suicida. A pesar de que tenía suficientes indicios, gracias a sus servicios de inteligencia, de que Alemania estaba planeando atacar la URSS nunca quiso creer que Hitler fuera a vulnerar el pacto germano-soviético de no agresión, firmado por Von Ribbentrop y Mólotov el 23 de agosto de 1939, una semana antes de comenzar el ataque nazi a Polonia. Este enjuague diplomático, amén de sumir en el desconcierto al movimiento comunista internacional, supuso el reparto de Polonia y los países bálticos entre las dos dictaduras y, para Stalin, una garantía de supervivencia de su régimen.

Hitler, por su parte, sólo quería ganar tiempo para lanzar todas sus fuerzas contra lo que consideraba el centro del judeobolchevismo, la Unión Soviética. Eso fue lo que hizo cuando tuvo las manos libres en Europa Occidental, que ocupaba y dominaba en su totalidad a partir de 1940, con la excepción del aislado Imperio Británico, que solo sobrevivía.

La clave de la victoria final soviética, además de en la competencia de sus soldados, estuvo en el esfuerzo colectivo, en la guerra popular contra el invasor. Tras frenar a los alemanes en el invierno de 1941 a las puertas de Moscú y Leningrado, el punto de inflexión estuvo en Stalingrado, una ciudad que, a costa de una determinación inimaginable y mucha sangre, resistió entre junio de 1942 y febrero de 1943 al VI Ejército alemán, lo derrotó y cambió así el signo de la guerra no sólo en el frente oriental, sino en todo el mundo. A partir de entonces el avance soviético durante dos años barrió a los nazis del territorio de la URSS y de toda Europa Oriental en un conflicto sangriento que terminó con la toma de Berlín en mayo de 1945, finalizando así la guerra en el continente. La conflagración se había llevado por delante, además de a los citados ciudadanos soviéticos, a millones de habitantes eslavos, magiares, rumanos y, por supuesto, judíos de toda la zona. En los últimos meses de la guerra los alemanes sufrieron un trato cruel, proporcional al que ellos habían infligido a las poblaciones de los territorios que ocuparon al principio del conflicto.

El papel de la URSS en la derrota del fascismo fue, pues, definitivo, y sólo la ignorancia o los prejuicios ideológicos pueden explicar que en España y en otros países conozcamos y valoremos más a Eisenhower o Montgomery que a Zhúkov o Yeremenko; y que todo el mundo haya oído hablar del Día D, pero no de la Operación Bagratión, que supuso para la Alemania nazi en 1944 su peor derrota terrestre en toda la guerra, sufrida ante el Ejército Rojo. Después de la guerra, los ciudadanos soviéticos, a pesar del nivel de destrucción de su país, estaban moralmente bien preparados. Tras sufrir la locura de las purgas de los años treinta, el esfuerzo para derrotar a un rival tan implacable como la Alemania hitleriana en unas condiciones tan duras les concedió una gran confianza en sus posibilidades. Fue así como la URSS se convirtió en superpotencia durante las siguientes décadas de la Guerra Fría. La publicación en España en los últimos años de novelas como Vida y destino, de Vasili Grossman, cuyas citas abren este artículo, nos ha acercado a los horrores de una guerra que nos resulta lejana, pesar de que en ella combatieran españoles como voluntarios falangistas en la División Azul, o aunque la sufrieran aquellos niños de la Guerra Civil que se habían refugiado en la URSS.

Julián Díaz Rodríguez es historiador y periodista. Ha trabajado en El País. En la actualidad colabora con varios medios de comunicación.

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