Una máscara llamada Gógol

Kjell Johansson

Kjell Johansson

Kjell Johansson (Estocolmo, 1941) es una reconocida voz de las letras suecas con una docena de novelas a sus espaldas. "El rostro de Gógol" (editorial Nórdica, traducción de Carmen Montes) es la última parte de la trilogía «sobre seres asustados y solos en esa tierra de nadie que se extiende entre realidad y posibilidad». Para ello, Johansson otea desde la costa sueca a la vecina Rusia –recordemos los orígenes vikingos de la Rus de Kiev- y penetra, taquígrafo en mano, en la cabeza del autor de Soróchintsi, para tomar nota de su voz interior: un escritor dentro de un escritor, tal cual una matrioshka. En este juego de usurpación literario-psicoanalítica, el escritor sueco no sólo se pone en la piel del autor de El capote, sino que también se convierte en su nariz superlativa y «estómago invertido», que tantos sinsabores hizo pasar a su protagonista.

La voz en primera persona arranca en la infancia, patria o paraíso perdido donde Gógol, de niño, es permeable a las fuertes creencias y temores religiosos de la madre, a la actividad teatral del padre, al folclore y las leyendas ucranianas que le abrirán las puertas a la escena literaria rusa, receptiva a los «exotismos». Los zigzagueos mentales de Gógol, más bien la voz que nos lleva de Ucrania al deshumanizado San Petersburgo («donde el propósito de cada palabra y de cada acción es ocultar algo»), pasando por Moscú («Nuestra querida madre Moscú, tenía un buen corazón, un corazón ruso de verdad»), la inspiradora Roma («En Roma volví a nacer. Era otro hombre») y Jerusalén, lugar de revelaciones, constituye el verdadero protagonista de la intrincada tela de araña que es el mundo interior de un artista. «He sido un enigma para todos», escribe en la adolescencia a su madre, una prefiguración de su relación final con el mundo que lo vio encumbrarse y codearse con las más grandes figuras literarias. Johansson arroja luz sobre la controvertida personalidad de Gógol, acalla la música de los instrumentos y transcribe la partitura tal y como se encuentra en la mente del compositor, no en el orden del pentagrama.

El rostro de Gógol es un viaje alucinatorio por la Europa de primera mitad del siglo XIX, en el que despuntan los faros más notorios de la Rusia de aquella época: Pushkin, Tolstói, Dostoievski, Zhukovski o Belinski, cuya Carta a N. V. Gógol aparece como el punto de inflexión que acabaría por despeñarle en el viaje final al abismo. A los episodios más dolorosos se contraponen otros especialmente hilarantes, como el episodio en el que la censura moscovita interroga al autor a propósito de Almas muertas, la primera parte. En él aparece Sneguiriov, el censor de Pushkin y Gógol:

(…)-Por cierto que la idea del relato fue sugerencia de Aleksandr Pushkin –remató Sneguiriov.

Las frentes de todos los censores a una formaron varios pliegues en señal de interrogación. ¿Pushkin? ¿Pushkin? Aquel nombre les sonaba extraordinariamente familiar. (…)

-Pushkin, ¿no era el de Borís Godunov?

Entonces se alisaron las arrugas de las frentes pensativas.

-¡Sí, ése!

-¡El de El pueblo!

-¡¡Oda a la libertad!! –estalló Kojanevski, catedrático de Literatura de la Universidad de Moscú.

Era obvio que la mención de Pushkin no había surtido el efecto esperado.»


Por fortuna, Gógol llevó el manuscrito a los censores de Petersburgo que sí le dieron el visto bueno («Lo que en Moscú se consideraba mentira era verdad en Petersburgo») y, gracias a ello, pudo editarse Almas muertas. Este tira y afloja entre autor y censura se nos revela, leído con distancia, como la historia, grosso modo, de la literatura rusa.

La cubierta de "El rostro de Gógol"

El ocaso del escritor se arrastra hacia un ojo de huracán en el que realidad y ficción se confunden constantemente, categorías, éstas, que son el material de construcción del libro, tanto de la voz interior de Gógol como de la relación de sus contemporáneos con su literatura: «Gógol es el maestro del arte real. Este poeta de la realidad será el escritor ruso capaz de ocupar el lugar de Pushkin», afirma Belinski; pero Gógol sostiene que «no hay pueblo que sueñe más que el ruso. Ninguno siente tanta vergüenza de sus sueños». Esta colisión brutal, la secreta alquimia entre lo fantástico y real, es el enigma que persigue a Gógol desde los cuentos populares ucranianos hasta que prende fuego antes de morir al manuscrito de la segunda parte de Almas muertas… Los manuscritos sí arden. Los miedos y el rechazo acaban por vencer a su privilegiada mente. Johansson cierra el libro con una descripción fría y quirúrgica de los últimos días de suplicio de Gógol, el duro tránsito que sufrió su cuerpo antes de extinguirse: «Los viandantes que pasaban por el bulevar Niktiski oían el estruendo de los alaridos que atravesaban las ventanas de la casa del conde Tolstói». Es el único momento en el que el autor sueco sale de la cabeza de Gógol para despedirse, ya como simple observador, de un cuerpo enfermo, de una mente enferma.

Ilustración de "El capote"


El visitante de Moscú puede visitar la casa donde ocurrió esto último, pues se ha convertido en un museo abierto al público. También podrá admirar, frente a la entrada, la escultura sentada que, de su figura, esculpió Nikolái Andréiev, aupada por un pedestal donde destacan en relieve todos los personajes de su producción. Tras la lectura de El rostro de Gógol, la obra escultórica parece encajar especialmente bien con la personalidad del autor, aunque bien es conocida la reacción que provocó tan atormentada figura en Stalin. El Vozhd –caudillo- la sustituyó por otra de estilo soviético –de pie y desafiante-, realizada por el escultor Nikolái Tomski. Este episodio sobre la escultura de Gógol, al que incluso le persiguieron los debates post mórtem, aparece en Una saga moscovita de Vasili Aksiónov:

«En otoño de 1943 empezaron a retirar las tablas que protegían los monumentos de Moscú: la línea del frente había retrocedido a una distancia considerable. La triste nariz de Gógol pendía de nuevo en el antiguo bulevar Prechístenski. En el estado actual de la guerra nada amenazaba la ciudad, ni por tierra ni por aire. El monumento disfrutaría de una seguridad total hasta 1951, cuando Stalin refunfuñó con desdén, dirigiéndose al monumento: «¡Qué abominable nariz antisoviética tiene este escritor!», después de lo cual fue inmediatamente retirado del pedestal y encerrado a cal y canto, donde su nariz, sumida en constantes sueños de evasión y en los tormentos de arrepentimiento, se cubriría de polvo hasta 1959, es decir, hasta el momento de su renacimiento. Libre de su cautiverio, la estatua rehabilitada descubrió con asombro que su lugar ahora lo ocupaba una figura ancha de hombros, extremadamente viril, eso es, su sueño de juventud hecho realidad, esa misma Nariz que paseaba con tanta seguridad por la Perspectiva Nevski en 1839, durante los breves días de su huída».


Las dos narices se encuentran hoy cercanas, casi vecinas y resultan una metáfora involuntaria del experimento de Kjell Johansson: la fricción entre cómo creemos que somos y cómo se ve que somos.

La misma editorial, Nórdica, en su colección de clásicos ilustrados, ha editado una versión de El capote a cargo de Víctor Gallego e ilustrada por Noemí Villamuza.

La cubierta de "El capote"

Ilustración de "El capote"


Aquí puedes leer las primeras páginas de El rostro de Gógol:

http://www.nordicalibros.com/upload/pdf23022011110706.pdf

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