Una nueva clase de emigrantes en Rusia

Foto de Kommersant

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Si te subes a uno de los taxis clandestinos que tanto abundan en Moscú, es muy probable que el taxista sea un joven centroasiático, o moldavo, que acaba de llegar a la ciudad y no sabe cómo llegar a la Plaza Roja ni a ningún otro lugar.

Los inmigrantes de las antiguas repúblicas soviéticas no necesitan visado, y se cuentan por millones los que buscan trabajo en Rusia, sea este legal o ilegal. Las empresas rusas, por su parte, no han perdido tiempo en utilizar esta mano de obra barata.

El Servicio Federal de Migraciones (SFM) estima que durante el 2011 llegarán a Rusia alrededor de 1,7 millones de personas, para trabajar legalmente, y que al menos otros tres o cuatro millones se encuentran trabajando sin documentos.

No es difícil reconocer a estos nuevos inmigrantes en las calles. Son los jóvenes que barren la nieve cada día y recogen la basura, o los obreros que construyen los nuevos rascacielos de vidrio y acero. Son las jóvenes que atienden un puesto de verdura en los mercados, limpian baños públicos y pasadizos subterráneos y empujan carritos de niño en los parques.

Bajid Asilbekulu tiene veintiún años y ha llegado desde Osh, Kirguistán, para trabajar limpiando un mercado de Moscú por 15.000 rublos al mes (370 euros). Comparte habitación en una pensión cercana al mercado con más de doce compatriotas. Bajid ha adaptado su nombre al ruso y se hace llamar Boria y tiene la intención de regresar a Kirguistán en diciembre, pero "si no hay dinero, volveré a Moscú."

La inmigración procedente de las antiguas repúblicas soviéticas, en particular las de Asia Central, se ha visto impulsada por la pobreza de los países de origen y el atractivo que ejerce la creciente prosperidad de Rusia, donde hay una fuerte demanda de mano de obra barata, sobre todo en las grandes ciudades como Moscú.

No parece que esta demanda de mano de obra vaya a disminuir en el futuro próximo. La población de Rusia es de unos 143 millones de habitantes, pero en 2050 esta cifra podría verse reducida en 40 millones, según algunos estudios de demografía.

“Cada año Rusia pierde un millón de ciudadanos sanos”, señala Lidia Grafova, defensora de los derechos humanos y asesora de una comisión gubernamental sobre políticas migratorias.

Según Viacheslav Postavnin, antiguo subdirector del Servicio Federal de Migraciones y presidente del Fondo de Migraciones Siglo XXI, la economía rusa va a necesitar otros 30 millones de inmigrantes para el año 2030.

“Si no hubiera emigrantes, el metro cuadrado [de propiedad inmobiliaria] costaría el triple, y las carreteras el doble”, declaró Postavnin durante una rueda de prensa el pasado mes de mayo. “Los emigrantes generan el 10% del PIB”.

A principios de año, el SFM anunció que se ha propuesto facilitar el proceso de inmigración, aumentar el número de residentes regularizados y simplificar el proceso de la ciudadanía para quienes deseen establecerse en Rusia. Por su parte, Konstantín Romodanovski, director de la agencia de migraciones, señaló que su deseo es erradicar la corrupción, ya que los emigrantes tienen que pagar sobornos a menudo al adentrarse en la ruta burocrática.

“Es difícil avanzar con los papeles sin pagar sobornos”, afirma Grafova. Una de las medidas que se están considerando es establecer un nuevo servicio de pasaporte-visado en la estación de Kazanski de Moscú, destino de los trenes procedentes de Asia Central. En un entorno sin complicaciones, los emigrantes podrían obtener inmediatamente los permisos que necesitan.

El año pasado, el presidente Medvédev modificó la normativa de obtención de visados para facilitar la llegada a Rusia de especialistas preparados y sus familias. A pesar de la medida, los funcionarios creen que el país sólo va ser capaz de atraer a la mitad de los inmigrantes cualificados que necesita.

Reacción violenta contra los emigrantes


Grafova afirma que la actual tendencia gubernamental, caracterizada por una mayor apertura, es consecuencia de los conflictos entre distintas etnias y el deseo de hacer frente a una creciente xenofobia, a veces incluso sangrienta.

A pesar de la crisis demográfica que sufre el país, la liberalización de la política migratoria despierta por lo general sentimientos ambivalentes. Según una encuesta realizada por la agencia Politex, entre el 6 y el 8% de los moscovitas opina que el estado debería establecer estrictos controles sobre la inmigración. Aunque el 57% de los encuestados afirma que la ciudad necesita trabajadores extranjeros.

Olga Kirsanova, mujer de la limpieza de 52 años en un hotel de Moscú, explica la hostilidad hacia los inmigrantes. “Hay más delincuencia, además se quedan con todos los trabajos”, afirmó. “Entiendo que no se puedan cerrar las fronteras, pero hay que limitar la entrada”.

Según los expertos, Rusia no hace lo suficiente para fomentar la tolerancia a nivel de educación pública. Además, el estado tampoco ofrece suficientes programas de integración. En este sentido, se han hecho algunas de las recomendaciones para mejorar la situación, consisten en impartir clases gratuitas del idioma e instruir a los emigrantes en temas relacionados con la cultura y las leyes de Rusia.

“Hay algunas iniciativas, pero son muy limitadas”, señaló Alexánder Verjovski, que analiza las agresiones a los trabajadores emigrantes en el Centro de Información y Análisis SOVA, una organización no gubernamental con sede en Moscú. Según Verjovski, las agresiones a los emigrantes siguen siendo frecuentes, pero el número de asesinatos ha disminuido gracias a las condenas impuestas a los miembros de varias pandillas racistas.

Verjovski y otros colaboradores señalan como los patronos explotan a menudo a los nuevos inmigrantes y que estos necesitan conocer sus derechos sin temor a represalias por parte de las autoridades.

Abror, de Uzbekistán, no ha querido decirnos su nombre completo porque su situación laboral actual no está clara. Ha trabajado tres años en la construcción y ha ahorrado lo suficiente como para comprarse un coche. Afirma que más de una vez lo han estafado con el salario. Pero comenta que ha espabilado, , y ahora conduce un taxi sin licencia en Moscú.

“Cuando empecé con esto sólo sabía decir en “izquierda”, “derecha” y “todo recto”. Hoy en día Abror se defiende en ruso perfectamente, y añade con orgullo: “aprendí a hablar con toda la gente que se subía al taxi”.

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