Principiantes en el arte del pragmatismo

Imagen de Niyaz Karim

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Resulta difícil escribir sobre las características nacionales de cualquier país, pero más aún en el caso de Rusia. Es un país tan vasto que pueden encontrarse docenas de ejemplos para cada una de las generalizaciones que decidamos hacer.

Si hablamos de “la inmemorial disposición a la servidumbre”, el estereotipo negativo más común sobre Rusia, tendremos volúmenes enteros de ejemplos a nuestra disposición. Pero, al mismo tiempo, si recordamos a los combatientes más célebres del mundo en contra la servidumbre, inmediatamente vendrán a nuestra memoria un montón de nombres rusos. Esta es una de las razones por las que ni tan siquiera voy a mentar los estereotipos culturales más zafios, como los que rezan que todos los rusos son todos borrachos o "unos holgazanes".

Esos estereotipos no son ciertos, y no me refiero sólo a los rusos. Pensemos en los polacos, que en su momento fueron el blanco por excelencia de las bromas negativas en el bloque oriental y que en los últimos 20 años han desarrollado la economía más dinámica de Europa Central, superando a los alemanes orientales, supuestamente más diligentes.

Tomemos los puntos más espinosos: el respeto a la ley y a los procedimientos democráticos, las actitudes morales e inmorales hacia uno mismo y los otros. ¿Por qué a los rusos les importan tan poco las elecciones? ¿Por qué tienen tan poca confianza en la justicia y tratan de evitar los procedimientos judiciales a toda costa? Las respuestas simples, es decir, que las elecciones no son completamente transparentes y que la justicia no es independiente, no son suficientes.

A lo largo de nuestra historia hemos tenido épocas en las que han existido los juicios justos y las elecciones libres. Sin embargo, incluso a comienzos de los años noventa, cuando se celebraron las elecciones más transparentes en la historia de Rusia y era posible fundar un propio partido político en cuestión de días, la mayoría de mis amigos no votó.

De modo que me pregunto una y otra vez: ¿Por qué? ¿Es posible que fueran totalmente indiferentes? No. En su mayoría han demostrado ser padres cariñosos, amigos fieles y profesionales responsables. Lo que hace que los rusos desconfiemos de las elecciones es nuestra tendencia a buscar lo absoluto, incluida la libertad absoluta. Recuerdo a un amigo que perdió interés en las elecciones presidenciales porque tenía veinte años y sólo los mayores de treinta y cinco podían ser candidatos. Una anciana me dijo una vez: “¿Para qué sirven las elecciones si no hacen mejor y más feliz a la gente?”

Actitudes de este tipo pueden parecer desastrosas para la mente occidental. En este sentido, podría citar a los franceses cuando dicen: “Los vicios de una persona son una continuación de sus virtudes”. El mundo occidental moderno ve al individuo primordialmente como votante y como consumidor; de ahí la reverencia casi religiosa que se prodiga a las elecciones y la economía de mercado. A los rusos les interesa el hombre en su totalidad. “Bud’ chelovekom” es un dicho típicamente ruso que podría traducirse aproximadamente como “sé humano”, pero que de hecho significa mucho más: sé interesante, sé humanitario, sé libre.

Es notable que ningún juez o abogado haya llegado a ser una autoridad moral en Rusia (Lenin era abogado de formación). En cambio, ha habido por lo menos cuatro escritores que en vida llegaron a erigirse como tal: Tolstói, Turguéniev, Dostoievski y Solzhenitsin. Tal vez sea porque un escritor ve al ser humano como persona y no como un sujeto de derecho.

¿Quiero decir con esto que todo ruso moderno aspira al absoluto? Por supuesto que no. Sin embargo, todavía persiste esta figura tradicional, de buscador de la verdad. La escasa atención que se dedica a la calidad en la televisión, el teatro y el cine provoca una sensación de vacío espiritual en muchas personas,de ahí que se hable mucho de la naturaleza “apática” de la sociedad rusa moderna. Donde más visible es este afán de absoluto es en los revolucionarios rusos, incluidos los disidentes actuales. Vladímir Bukovski, un ex disidente que emigró al Reino Unido en los años setenta, realizó un gesto típicamente ruso al tratar de arrestar a Mijaíll Gorbachov durante su reciente visita a Londres para celebrar su 80 cumpleaños. Para una mente occidental pragmática, los logros de Gorbachov superan las brutales intervenciones militares en Bakú, Riga y Vilnius. En cambio, para Bukovski, cualquier cosa que no alcance el ideal merece un arresto y no una fiesta de cumpleaños.

Esta “lógica despiadada de la mente rusa” (una expresión del siglo XIX) tampoco es indulgente con Occidente. En su libro “Cartas de un viajero ruso”, Bukovski escribió sobre Gran Bretaña: “Uno de mis descubrimientos principales ha sido la monstruosa burocracia occidental y la sumisión con la que la población local la asume. Los funcionarios locales no temen denuncias ya que son más independientes que los rusos. Cuanto más mezquino es aquí un funcionario, mayor es el poder que tiene sobre los demás”.

El predecesor de Bukovski, Alexánder Herzen, emigrado político de Rusia en el siglo XIX, deploraba el “policía interior” agazapado dentro de cada occidental que lo hacía menos libre que un ruso con un oficial a su lado.

El libro de Bukovski está lleno de ejemplos de su lucha contra esta burocracia occidental (cartas escritas al Secretario de Estado estadounidense en apoyo de emigrados rusos a los cuales se negaban visas estadounidenses, etc.) Una actitud un poco idealista, pero muy rusa.

Hay muchos “Bukovskis” viviendo todavía en Rusia; la prensa occidental los transforma en héroes. En muchos casos tiene razón. Se equivoca, no obstante, cuando considera que el Occidente moderno vive de acuerdo con los ideales de Bukovski. ¿Es justo, entonces, que Rusia deba estar a la altura de esos ideales?

En Occidente son maestros del compromiso, pero deberían permitírnoslo también a los rusos y dejar de someternos a una norma diferente, aunque esta haya sido inventada por nuestros propios idealistas.

Dmitry Babich es analista político de RIA Novosti

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