Territorios del cuerpo y la identidad

Si hay algo que puede definir a Natasha Lébedeva como artista es que ha sido capaz de crear un lenguaje visual personal para explorar los territorios del cuerpo y de la identidad, siempre desde el rigor técnico y con un amplio conocimiento de los distintos modos de representación contemporáneos. Aunque su soporte actual es la fotografía, la instalación y el vídeo, Lébedeva (San Petersburgo, 1975) posee además una sólida formación en grabado y estampación.

Fue en la ciudad del Neva donde comenzó sus estudios de arte que más tarde completaría en Madrid. Posteriormente, en 2004, se trasladaría a Mallorca becada por la Fundación Pilar y Joan Miró. Lleva más de diez años viviendo en España, por ello considera que su “identidad es europea y plural”. Ha vivido, en palabras del filósofo español Ortega y Gasset, en los polos de Europa y, aunque se haya integrado en España “el legado de la cultura rusa seguirá formando parte de mí. Algunos amigos exageran, dicen que ya no me queda nada de rusa y que soy totalmente española. No es así. A pesar de estar lejos, siempre me quedará la lengua materna, mi lengua, la lengua rusa”.

Desde que reside en España, no ha faltado nunca a la cita anual con la feria de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO) y en la última edición con más razón, cuando el país invitado fue Rusia. “No quería perder una oportunidad para conocer, a pequeña escala, las nuevas propuestas de los artistas rusos, sus galerías o nuevas instituciones –admite Lébedeva–; en las ferias se obtiene una pequeña panorámica de lo que se está gestando en el arte contemporáneo de la mano de comisarios independientes”.

Respecto al arte contemporáneo ruso, Natasha sostiene que ha experimentado una gran transformación en poco tiempo pero observa, en la misma línea que la comisaria independiente Ekaterina Degot, que el mercado del arte contemporáneo en Rusia es muy incipiente. Lamenta, al igual que varios artistas presentes en la feria de Madrid, que desde las instituciones no se dé el impulso necesario a un segmento cultural que en tantos países es un sector económico muy importante. Sin embargo, tampoco quiere dejarse tentar por el fatalismo. “Hay que confiar y dar tiempo, artistas no faltan”, dice. Y añade: “Hay que aunar voluntades y exigir un empeño mayor en la gestión de las políticas culturales”.

Si se le pregunta si está al tanto del Año Dual, sonríe y explica que no sólo está al tanto sino que ha participado; el pasado febrero fue comisaria de la exposición del artista mallorquín Rafa Forteza, su actual pareja, que tuvo lugar en el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo. “Fue una buena experiencia”, resume, “y la exposición obtuvo éxito”. Nos remite a la dirección.

Los universos del retrato

Su última exposición lleva por título “Portraits”, y ha estado presente en la Galería 14 de Palma de Mallorca a lo largo del mes de mayo. Los retratos están organizados en diferentes series; su disposición y formato juegan con el propio espacio físico de la galería, tal y como declara la artista. En la series Ideogramas y Diana está muy presente la pintura. Las obras, de mayor formato, hacen pensar en retratos clásicos. Según palabras del crítico Txema González en las mencionadas series “hay una óptica claramente pictoralista, como si esa fusión entre pintura y fotografía fuera el leit motiv de la artista y su particular homenaje a las experiencias cronofotográficas realizadas en Estados Unidos por Eadweard Muybridge hacia la segunda mitad del siglo XIX y recopiladas en la obra Animal Locomotion”. Aunque Natasha no se limita a evocar épocas clásicas, la exploración del movimiento que aparece en las fotografías interroga la propia naturaleza de la imagen mediante el uso de una técnica depurada. Respecto al proceso creativo y la técnica, reconoce que le da mucha importancia. “Tras hacer las fotos las exploro y aunque pueda tener una imagen preconcebida de lo que busco nunca sé exactamente lo que voy a encontrar. Trabajo con fotografía digital y las retoco mucho. Es un proceso que lleva su tiempo.”

"Diana" de la serie Diana

Otra de las series corresponde a retratos de personas del entorno personal de Natasha Lébedeva. Se mantiene la sobriedad y las reminiscencias clásicas pero el contenido es diferente. El movimiento da paso a un universo de mayor introspección, más cercano a la psicología y la literatura; un espejo dentro de la imagen retrata de nuevo al modelo y en esa deformada imagen surgen rasgos más íntimos. “Como son personas que conozco, la búsqueda del retrato psicológico no surge del vacío. Esta serie se comenzó a gestar en Nueva York, después de que un músico me pidiera una foto para la portada de un disco”.

"Pascal" de la serie Portraits

Por otra parte, la serie que lleva por título Escultóricos se sitúa al final de la galería y tiene un doble componente lúdico. Rompe deliberadamente la sobria tendencia mostrada hasta ese momento y se introduce en un territorio menos introspectivo para avanzar en uno más irónico y alejado de las referencias pictóricas. La propia autora explica que estos retratos dialogan con las esculturas de su pareja, Rafa Forteza; se crea entonces una obra singular que además de tener un lenguaje propio explora los límites entre obras. Natasha comenta el otro aspecto lúdico de esta serie: “Me gusta incluir en todas mis exposiciones algo que rompa claramente con lo demás. Esta es una de las funciones de esta serie. No me gusta que me encasillen”. Es como si en la disposición misma de la exposición mostrara algo que ya palpita en las obras: la complejidad de la identidad, la dificultad por atraparla en unos parámetros lógicos.

"Escultórico" de la serie Escultóricos

Grandes sueños

Merece la pena mencionar la exposición titulada Dreams under construction que presentó en 2010. Esta vez las obras son de gran formato, algunas fotografías miden casi dos metros, y el cuerpo desnudo está muy presente. Pero no es una desnudez estilizada y hedonista sino “que su triunfo no es más que la evidencia de su insignificancia”, tal y como afirma Txema González. Ciertas fotografías muestran iglesias y edificios emblemáticos de la cultura rusa, como son la Catedral de San Basilio o el Kremlin, y debajo de ellos una mujer desnuda, repetida innumerables veces, un mujer cargada de tareas, construyendo de forma colectiva y elaborando una historia injustamente anónima y sin identidad.

"San Basilio" de la serie Work in progress

La propia artista explica que “algunas personas rusas que han visto estas imágenes han pensado que son deliberadamente provocadoras. Claro que quieren provocar una reflexión, pero no han sido concebidas tan sólo para provocar. No es así. Cada una de ellas supone una reflexión acerca de la soledad, de la construcción de la fe, de la identidad femenina o de la propia vida. No hay afán por provocar de manera gratuita. Aunque tampoco puedo decirle a una persona lo que tiene que pensar ante mi obra”.

En sus primeras exposiciones individuales, Natasha Lébedeva tomo su propio cuerpo como campo principal de experimentación, de modo que durante unos pocos años el eje de su obra fue autorreferencial. Fueron la exposiciones Elogio de la carne, Nu y Ubicaciones, donde presentaba grabados y fotografías que, como acertadamente señala la profesora de filosofía Fadela Hebbadj “la fotógrafa concibe en total soledad los más diversos paisajes de un cuerpo a la busca de identidad”. Algunos de las escenas remiten a un universo directamente desgarrador, en los cuales la profesora Hebbadj matiza que “la desnudez remite a un final hacia el que se dirige la artista desvistiéndose constantemente. De este modo, las obras luchan decididamente contra la muerte, contra el final. Se trata de una estricta lucha individual”.

En su página web encontrarán más información: http://www.natashalebedeva.com/

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