Pentti Sammallahti

Hasta el 19 de junio se expone en el Centro Andaluz de Fotografía una retrospectiva del finlandés Pentti Sammallahti, una de las figuras más interesantes del panorama fotográfico europeo. En ella tiene especial importancia la serie que realizó en Siberia en la década de 1990 y que publicó en formato libro bajo el título A Russian Way y con texto de John Berger. Paisajes nevados y sobrecogedores que deslumbran enmarcados en el árido desierto almeriense.

Solovkí. Mar blanco, 1992

La carretera de la costa que comunica las provincias de Granada y Almería discurre, caprichosa, pegada a la línea de mar, serpenteando entre dos manchas de color difícilmente abarcables para quien se concentra en conducir por la sucesión de curvas: el Mediterráneo y la sierra desnuda de vegetación, como lista para el baño. Los pueblos, en ese paso estrecho, son casas blancas arracimadas que se contentan con unas pocas calles. Al poco de cruzar la frontera provincial, emerge en el paisaje un rasgo distintivo de la tierra almeriense: el plástico, la piel de los cultivos intensivos, que, como una marea detenida, inunda el seco territorio. Apenas llueve, el sol derrama una luz dura, nos acercamos al único desierto árido de Europa.

Ya en la zona del puerto de Almería, cerca del cargadero de mineral conocido como el Cable inglés, se halla el joven Centro Andaluz de Fotografía (CAF). En una de sus dos salas, se exhibe Au bord du monde y penetramos en los paisajes nevados de Buriatia, Tuvá, Kalmukia, Solovkí, pero también de Moscú, que dialogan con los Balcanes, Ucrania, la India o Nepal, en una retrospectiva inédita en España del fotógrafo Pentti Sammallahti (Helsinki, 1950). Si empecé el artículo con una pincelada visual de este borde de Europa, una de las fronteras más abruptas del mundo- es porque la sala, su ubicación, es el contrapunto de las imágenes que se exhiben, su negativo.

Sammallahti es un fotógrafo de esencias que vive en el más absoluto sigilo profesional: cuesta saber de él, apenas se encuentran entrevistas suyas. Fernando Peracho, de la galería barcelonesa Valid Foto, presentó la serie rusa en 2010, con gran éxito de público y ventas. Era la primera vez que se exponía su obra en España, y la galería, fruto del interés despertado, prepara ya una próxima cita con nuevo material realizado en Portugal y España, «pero lo lleva en absoluto secreto», comenta para Rusia Hoy. Peracho descubrió al artista en la exposición inaugural Al gusto de, en la Fundación Cartier, donde el gran maestro francés, antes de morir, seleccionó cien de sus fotografías favoritas. El galerista opina que Sammallahti «está alejado de todas las modas que se dan hoy en fotografía, de grandes formatos y ediciones limitadas. No es un autor muy prolífero y trabaja muy despacio, pero sus fotografías son de una calidad extrema; tal y como titulamos su exposición, Fábula fotográfica, nos adentra en mundos de ensueño». El ensueño es la consecuencia de una esencia técnica muy cuidada, el artista controla todo el proceso, desde la toma hasta la copia final: ésa es la filosofía de la colección Opus que lanzó en 1958, en la que el fotógrafo invitado supervisa todos los aspectos de la edición. Sammallahti ha publicado quince porfolios en Opus, del que el CAF expone The Russian Way (1996) en una vitrina, con texto de John Berger. Pero si nos limitáramos a la parte artesanal no se le haría justicia. Son las predilecciones, aquello que obsesiona al artista, lo que nos devuelve con una mirada unívoca, lo que de verdad le diferencia. Y, en el caso de Sammallahti, es la sintaxis de la nieve en los confines. ¿Quién la habita?

Es en las panorámicas siberianas donde mejor apreciamos el vocabulario de esta figura preeminente de la fotografía europea: un tenso equilibrio entre lo eterno (el paisaje), lo efímero (el hombre), y un tercero, el animal y, en especial, el perro, que parece indicar al fotógrafo el instante decisivo. La figura hipnótica del perro, por centrarnos en el que más presencia tiene en sus fotografías, desempeña un papel que va más allá de lo casual. La elección del texto de Berger como compañía a las fotografías es una declaración de principios de lo que son esos moradores del límite: nos señalan la existencia de un orden de las cosas que, aparentemente, no estaba destinado a nosotros, pero que, de modo fugaz, se nos desvela:

“ (…) La velocidad del cine es 24 fotogramas por segundo. Dios sabe cuántos fotogramas se nos escapan de nuestra percepción cotidiana. Pero parece como si por el lapso de un breve instante, de improviso y desconcertándonos, vemos lo que hay entre dos fotogramas. Descubrimos una parte de lo visible que no estaba destinada a nosotros. (…) Tal vez estaba destinada no sólo a los animales, también a los lagos, los árboles que crecen despacio, los minerales… Nuestro orden cotidiano no es el único: coexiste con otros órdenes. (…) Los perros, con sus patas veloces, olfato agudo y memoria desarrollada para los sonidos, son los expertos naturales de estos intersticios en la frontera. Sus ojos, cuyo mensaje a menudo nos confunde porque es urgente y mudo, están sintonizados tanto con el orden humano como con el resto de órdenes. Tal vez por eso, en muchas ocasiones y por razones distintas, entrenamos a los perros para que nos guíen.”

La presencia animal tan marcada en A Russian Way no debe extrañarnos. Los animales pueblan tanto las fábulas ancestrales como la literatura de los grandes nombres rusos. El cocodrilo de Dostoievski, Corazón de perro y El Maestro y Margarita de Bulgákov, Las aventuras de un mono de Zóschenko, El león de Zamiatin, la mula de La carretera de Grossman, diferentes pasajes en Relatos de Kolimá de Shalámov, La dama y el perrito o La gaviota de Chéjov, son ejemplos de que el animal ha tenido un papel importante tanto en el imaginario como en la vida cotidiana rusa. Pero tal vez el que mejor recordamos y que mejor casa con las fotografías de Sammallahti sea el poema en prosa de Turguéniev titulado, precisamente, El perro (1878).

Solos, mi perro y yo, en esa habitación… Fuera ruge feroz una terrible tormenta.


Mi perro reposa frente a mí, mirándome fijamente a los ojos.

Yo también le miro a los ojos.

Parece como si quisiera decirme algo. No habla, no tiene el don de la palabra, es incapaz de comprenderse a sí mismo, pero yo sí le comprendo.

Comprendo que, en este instante, en él y en mí anida un mismo sentimiento, que no hay diferencia entre ambos. Somos idénticos, y en el interior de cada uno de nosotros arde y se consume la misma trémula llama de la vida.

Hasta que un día se nos eche encima la muerte, agitando sus frías e inmensas alas…

Será el fin.

¿Quién entonces podrá determinar cuál de las dos llamas fue la que ardió en cada uno de nosotros?

No, no son un hombre y un animal cruzándose una mirada…

Son dos pares de ojos idénticos, fijos los unos en los otros.

Y cada par de ojos, el del hombre y el del animal, es el reflejo de una vida que se aferra, temerosa, a la otra.

(Traducción María Sánchez Puig)

Cuando ese cruce de miradas, además, se produce en los paisajes nevados siberianos, todo parece quedar ungido por una pátina de irrealidad desconcertante. El enfrentamiento del hombre contra la naturaleza tiene uno de sus cuadriláteros en Siberia, una vastedad que acongoja y doblega. El frío es, además, metafísico y por eso el animal cobra un protagonismo tan relevante: es el único capaz de transmitir calor a tanta inmensidad. Uno de nuestros viajeros más eruditos, el escritor y catedrático de Estética Rafael Argullol, describe Siberia por teléfono a su madre después de un recorrido en el transiberiano, que leemos en Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010):

«¿Cómo es Siberia? Un lugar al que Dios olvidó ponerle fronteras, un espacio que amasa tanto tiempo que parece convertirse en la patria de la eternidad. En un sitio así las emociones se dilatan y los pensamientos se deforman, faltos de límites. En Siberia la cotidianeidad se descuartiza, se desangra hasta dar paso a la abstracción. (…) Siberia es inmensa y simultáneamente cabe en la palma de la mano.»

Alain D’Hooghe, comisario de la muestra, también hace hincapié en ese dramatis personae de pobladores sin rumbo, en las casas a punto desmoronarse, que nos producen la sensación de estar situados en el borde del mundo, más allá del cual sólo existe el vacío.

Ésta es una buena ocasión para conocer el CAF, un centro muy dinámico que ha promovido una relación estrecha con otros centros nacionales de fotografía. Juan Carlos Asín, jefe de producción del CAF, nos comenta que la relación con la fotografía rusa ha estado presente en los veinte años de vida de la institución y, sin ir más lejos, mostrará una retrospectiva con el título Suspense del fotógrafo y cineasta ruso Tim Parchikov, en colaboración con la Casa de la Fotografía de Moscú, del 19 de septiembre al 20 de noviembre de 2011. Sobre la presente exposición añade que «hay muchas formas de acercarse a la realidad a través de la fotografía, y que la de Pentti es una de ellas: arriesgada y cargada de oficio y experiencia. Que hay quienes construyen una escenografía y quienes salen a su encuentro y la logran recoger sin intervenir, sin manipularla». Los amantes de la fotografía, y de la fotografía sobre Rusia en particular, tienen un lugar de encuentro en el CAF.

El arquitecto catalán Óscar Tusquets decía que el «paisaje no existe hasta que alguien no lo pinta». Los paisajes siberianos «pintados» por Sammallahti son una ventana abierta a una de las caras más difíciles de asir de la cultura rusa.

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